El reverso de la “camiseta artesanal” de México: subcontratas y precariedad de mujeres indígenas
Sobre el papel, una de esas historias que arrojan algo de esperanza en un mundo gris: una gran marca como Adidas se da la mano con una empresa mexicana con fuerte carácter social, Someone Somewhere, para emplear a mujeres indígenas artesanas de la localidad mexicana de Naupan, en el estado de Puebla. Mediante técnicas tradicionales, estas tejen de forma primorosa, entre otras prendas relacionadas con el Mundial, la segunda equipación del Tri, una imponente camiseta negra que rápidamente se convierte en éxito de ventas. Todos ganan: Adidas, que logra vender sus camisetas; Someone Somewhere, que consigue promocionarse a nivel mundial; y las propias artesanas, que reciben a cambio de su trabajo el pago que se espera de trabajar para una marca internacional.
Por ganar, ganan hasta los compradores, que pueden espantar cualquier atisbo de mala conciencia gracias a un QR que, bordado en cada prenda, permite acceder a la historia de quien la tejió. Pero el relato oficial tiene una trastienda donde nada es tan bonito.
Hace un mes, la activista Luz Valdez, con cerca de un millón y medio de seguidores en redes sociales, dio la voz de alarma. En un vídeo que acumula ya en TikTok más de tres millones de visualizaciones, Valdez, que se remite a testimonios de artesanas de Someone Somewhere que reclamaron anonimato, denuncia salarios de entre 25 y 35 pesos a la hora, por debajo de SMI, que se sitúa en la mayor parte del país en los 40 pesos, cerca de los dos euros. Según los testimonios que ha recopilado, al cabo del día, las bordadoras reciben unos 14 euros por unas camisetas que Someone Somewhere vende en su web a 80 euros la pieza. Hay prendas más caras, como jerséis y sudaderas, que se van a los 150 euros. Valdez explica que la empresa mantiene a la mayor parte de las trabajadoras como proveedoras, no como empleadas de plantilla, lo que le permite a la compañía ahorrarse el pago de la seguridad social, las pagas extra de Navidad y verano y las bajas laborales, por no mencionar otros muchos derechos laborales como la sindicación que se pierden por el camino.
Esto, a pesar de que las trabajadoras prestan servicio en los términos fijados por Someone Somewhere, que exige la entrega de una camiseta cada dos horas a pesar de que algunas artesanas han revelado que pueden llegar a tardar en bordarlas hasta ocho. A ello contribuye de manera decisiva el haber tenido que aprender a tejer con las modernas técnicas exigidas por Adidas: nada de bordados tradicionales. Las exigencias se producen además en un horario específico y en un lugar que no es otro que la Casa de la Cultura de Naupan, un espacio público que Someone Somewhere ha convertido en su taller particular.
Someone Somewhere, una empresa que opera desde hace 14 años con comunidades rurales en México, no ha respondido a ninguno de los intentos de contactar de elDiario.es. Sí contestó a la propia Valdez en un comunicado en el que, en efecto, confirmó que compra las piezas a la Organización Mujeres Unidas Chakalxochitl, que hace las veces de intermediaria y posibilita no tener que contratar a las artesanas. Estas, explica la empresa, usan la Casa de la Cultura de Naupan “por tratarse de un espacio céntrico y accesible”. Las bordadoras, defiende la compañía, están inscritas en IMSS Bienestar, la institución mexicana que brinda atención médica a quien no cuenta con el respaldo de la Seguridad Social. La firma también admite que trabajan con técnicas que tienen poco de tradicional, pero que lo hacen para que las artesanas tengan “nuevas posibilidades de innovación”. Sobre los salarios que paga, ni una palabra.
Algo más rotunda fue la respuesta que le llegó a Valdez a través del The New York Times. Someone Somewhere abrió hace unas semanas las puertas de su taller para que, en un amplio reportaje, el prestigioso rotativo pudiera preguntar a 25 mujeres sobre sus condiciones laborales: “La opinión en el lugar fue unánime: la remuneración era justa, el horario era flexible, la ubicación era conveniente y, por ahora, el trabajo era constante”. Algunas evidencias, sin embargo, obligan a poner en cuarentena algunas de estas afirmaciones de las trabajadoras consultadas. Sobre la remuneración, el propio The New York Times cuenta que las artesanas presentes en la sala hablan de un salario por encima del SMI, aunque evitan dar la cifra concreta.
Pero, por otro lado, testimonios anónimos proporcionados al medio estadounidense por Valdez cifran su sueldo por hora en Someone Somewhere en unos 12 pesos, unos escasos 60 céntimos de euro, menos de un tercio del SMI nacional. Sobre el horario flexible, el canal mexicano Imagen Televisión recogió con nitidez en un reportaje (minuto 1’ 35’’) un cartel que especifica el horario de las trabajadoras: de ocho de la mañana a una de la tarde para quienes hacen cinco horas y de ocho a cuatro para quienes hacen la jornada completa.
La ley, por encima de la opinión
Una de las críticas más recurrentes que se ha hecho estas semanas a la denuncia de Valdez es que, aparentemente, muchas de las trabajadoras consultadas por los medios parecen contentas. No les faltan motivos: el proyecto de Adidas y Someone Somewhere les garantiza trabajo, como poco, mientras dure el Mundial, y un sustento que, aunque no les cambia la vida, les permite vivir sin tener que migrar.
Pero la ley está por encima de sentimientos y opiniones. “El debate se ha centrado en la compensación económica de las artesanas, un aspecto importante, pero deja de lado la naturaleza de la relación laboral entre Someone Somewhere y las bordadoras”, explica por WhatsApp a elDiario.es Fernando Rubio, director comercial de Pulso Salud México, empresa especializada en salud laboral. En el país norteamericano, explica, al igual que sucede en España, la relación laboral entre empresa y trabajador la da la realidad pura y dura, no lo que consideren las partes. Esto quiere decir que si hay subordinación, hay relación laboral, lo que trae consigo obligaciones en cuanto a salario mínimo, seguridad social y normativas de prevención de riesgos y salud.
“Con la información pública a la que hemos tenido acceso, el propio reportaje [de The New York Times] detalla elementos que justifican una revisión de esta relación: la capacitación proporcionada por la empresa, la imposición de estándares de calidad externos, la ejecución de trabajos sobre diseños preestablecidos, la asignación de bonificaciones ligadas al desempeño y, en ciertos casos, una remuneración vinculada al tiempo de trabajo. Si bien ninguno de estos elementos, de forma aislada, prueba la subordinación, su conjunto sí amerita un análisis jurídico exhaustivo”, analiza el experto.
Y no es que lo que propone Someone Somewhere en colaboración con Adidas sea tan novedoso que no exista encaje jurídico. De hecho, recuerda Rubio, el modelo de remuneración por pieza a trabajadores que operan fuera de las instalaciones de la empresa, tan característico de la industria textil y la producción artesanal, es tan antiguo que la Ley Federal del Trabajo de México le dedica un capítulo desde hace décadas: el trabajo a domicilio.
Pero para que se dé deben concurrir dos condiciones: primero, que la remuneración no sea inferior a la de un trabajo similar dentro de la empresa (artículo 323); segundo, que el trabajo se realice sin vigilancia ni dirección inmediata de quien proporciona el trabajo (artículo 311). “Si hay algún tipo de vigilancia, la ley es explícita: dicho régimen especial deja de aplicarse y se rige por la relación laboral ordinaria”. En este caso, la empresa ha reconocido capacitar, establecer estándares de calidad y organizar el espacio de trabajo: “Esto difícilmente encaja incluso en la figura más flexible que la ley mexicana contempla para este tipo de producción”, ahonda Rubio.
Entonces, ¿es bueno o es malo que existan proyectos así? Para Rubio, para Valdez y para muchos de quienes estos días han analizado sobre la situación de las artesanas de Naupan, se trata de una falsa dicotomía. Rubio lo zanja así: “Es perfectamente posible que este proyecto haya mejorado la vida de muchas mujeres en comparación con sus alternativas anteriores. Reconocer esto no implica renunciar a la exigencia de que dicho desarrollo respete plenamente sus derechos. México necesita más proyectos que generen oportunidades económicas en zonas rurales. Sin embargo, es fundamental que estos no se basen en esquemas que transfieran los costos laborales, de seguridad social o de salud ocupacional a las propias trabajadoras”.
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