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La vuelta de Olga y Javier a una casa en el epicentro del fuego: “Tardaremos 20 o 30 años en recuperar la zona”

Olga Azaola y Javier Sánchez, vecinos de La Iglesuela del Tiétar, que han visto su casa presa de las llamas

David Vázquez Baciero

Iglesuela del Tiétar —
29 de julio de 2026 21:52 h

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Un suelo ennegrecido revela lo que ocurrió: dos grandes lenguas de fuego que, gracias a la sangre fría y la fuerza de voluntad de los agentes y los voluntarios que lucharon contra la catástrofe, no se tocaron por apenas 20 metros.

Esto es lo primero que se han topado este miércoles en la localidad toledana de La Iglesuela del Tiétar Olga Azaola, una trabajadora en cooperación internacional de 56 años, y Javier Vázquez, un carpintero de 62. Recién aterrizada desde Nuakchot, capital de Mauritania, era la primera vez que Azaola acudía a la casa, después de que su hogar fuera pasto de las llamas. Para Vázquez, que ha pasado estos días con su hermano en el barrio madrileño de Carabanchel, sin embargo, era la segunda: la Guardia Civil se apiadó de él y le permitió acercarse este martes para dar de comer a unas gallinas que, creía, no habrían sobrevivido al fuego. Por eso, ella va descubriendo y él confirma:

—¡Se han quemado lirios!

—¡Si solo fuera eso!

Las cinco gallinas, para sorpresa de todos, siguen vivas a pesar de hallarse escondidas en una caseta de madera ubicada bajo un pino: no podían tener más papeletas para arder. Alguien se preocupó, además, de alimentarlas: “No le podemos estar más agradecidos a quienes cuidaron de la casa. Querríamos saber quiénes fueron”, comenta Azaola. Porque la vivienda de la pareja también sigue en pie. Y eso, a pesar de que se encuentra en la trayectoria de dos fuegos, uno que amenazó desde la parte trasera y otro que penetró en el patio por la puerta principal. El taller de Vázquez, sin embargo, es otra historia.

Olga Azaola y Javier Sánchez, vecinos de La Iglesuela del Tiétar, que han visto su casa presa de las llamas

Ubicado a mano izquierda según se accede al patio, los agentes no pudieron hacer nada por salvarlo. Hoy, la estructura es un amasijo informe de hierro y ladrillo. En su primera visita, Vázquez solo se atrevió a mirar de reojo. Y eso que la situación no le pilló por sorpresa: en un vídeo de apenas tres segundos grabado por las cámaras que había en el interior, se puede ver las llamas entrar.

En su retorno al lugar, Vázquez al fin se acerca. Lo hace con el aplomo de quien ya se ha levantado de varias crisis. Lanza incluso alguna broma: “Al menos, tengo chatarra para vender”. Pero se impone el balance: un taller destruido que contiene aluminio fundido, alargadores quemados y máquinas como su escuadradora, un mecanismo que en los talleres de carpintería se usa para cortar linealmente y en escuadra, inservibles. En total, calcula, una pérdida de entre 50.000 y 60.000 euros. Es un golpe para Tinglao, la empresa de carpintería que dirige él mismo. Llegó a tener 14 empleados y ha diseñado y fabricado muebles, entre otros muchos clientes ilustres, para el arquitecto Norman Foster, premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2009.

Porque, aunque se define como carpintero, Vázquez pertenece en realidad a la estirpe de los antiguos ebanistas, artesanos expertos en madera. Por eso, pocos mejores que él para explicar algunos de los males que asolan la zona: “Estamos rodeados de un pino resinero que antiguamente servía para hacer corcho. Pero, desde que el corcho se empezó a sacar del petróleo, este pino quedó abandonado. Su madera, como mucho, solo vale para hacer palés. Y es un árbol muy inflamable”. Como resultado, ya había algo que no cuadraba: a pesar de vivir en pleno monte y a escasos metros del Tiétar, Vázquez se veía obligado a importar la madera de calidad desde Madrid. Ahora, se confirman los peores augurios: el pino resinero ha sido, junto con la arizónica con que muchos dividen las parcelas, el combustible perfecto.

“Cuando compramos la casa, le pedimos permiso a un agente forestal para talar los pinos resineros de nuestro patio. Nos dijo que, por él, como si los talábamos todos”, recuerda Azaola. En lugar del pino resinero, Vázquez plantea que en la zona deberían abundar robles, castaños, fresnos y encinas. Su diagnóstico, mientras va regando las plantas del patio que se han salvado: “Tardaremos 20 o 30 años en recuperar la zona. Va a quedar poco de lo que había”.

Inmediaciones de la casa de Olga Azaola y Javier Sánchez, en La Iglesuela del Tiétar

“La gente tiene que cuidar el monte”

Pero la tormenta perfecta que ha dado lugar al fuego que se metió en La Iglesuela del Tiétar tiene más elementos, lo que hace que la pareja coincida en una idea: “Era la crónica de un incendio anunciado. Lo sabemos todos. Todos los años, en cada incendio cercano, llega el miedo de que el fuego entre. Hasta que entra”. El primer factor, recuerdan mientras sacan hielo, vasos y agua en medio de un calor asfixiante, es un cambio climático que seca el Tiétar en junio, algo impensable hace años.

El cambio de las características del lugar, de hecho, les había llevado a apostar últimamente por cultivar plantas con poca exigencia de agua, como el cactus, y un pistacho que cada vez es más frecuente en España por requerir menos hidratación que otras plantas frutales. Vázquez y Azaola caminan por el patio a paso lento y las revisan una a una: han sido pasto de las llamas.

Sin embargo, los dos miran más allá del termostato: “La gente tiene que cuidar el monte y las autoridades tienen que vigilar que se cuide. Si vas a tener una parcela y no la vas a cuidar, no la tengas. Y la administración debería intervenir. Mucho de lo que se ha quemado en estos incendios en España ha sido consecuencia de que hay parcelas privadas que no están bien cuidadas”. No es una sensación aislada. Hace apenas algo más de un mes, el Concello de Vigo reveló un aumento del 56% en la cuantía de las multas por desatender parcelas privadas, según Atlántico.

Azaola, que vivió el golpe de Estado de Kenia de 1982 y el de Guinea de 2021, es partidaria, con todo, de subrayar también las buenas noticias: un hogar y una familia que, dentro de lo que cabe, están bien. “Cuando el fuego estaba enfrente de casa, mis hijos se preocuparon por la ropa y los libros. Pero eso son cosas que se pueden comprar. A mí me duele más el monte”, dice rodeada de kilómetros y kilómetros de tierra negra.

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