La eliminación de Colombia hunde a su afición en la tusa y mata la fiesta en Madrid

El negocio quedó entre dos Vargas. A un lado, Rubén Vargas, suizo; al otro, Camilo Vargas, portero colombiano. El país caribeño contiene el aliento, y con él, lo hace España. En el centro de Madrid, el bullicio de turistas que irían de acá para allá al filo de la medianoche en cualquier otro día de julio cesa casi por completo. Quien más, quien menos, todos buscan un televisor. Llega el último acto de un partido que, todo sea dicho, fue un bocadillo de tornillos. Los colombianos, mucho más talentosos, se contagiaron del juego prudente, triste y pesado de los suizos, que fueron ordenados y voluntariosos. Les bastó con eso: el encuentro acabó sin juego ni goles y el pase a cuartos se dirimió en la muerte súbita de los penaltis.

Zonas tan concurridas como Callao, Sol y Gran Vía callan. Porque, por un momento, el destino de Colombia, el país que ya tiene en España a más de un millón de compatriotas, cabe en un balón de fútbol. Ese que se dispone a golpear el Vargas suizo ante la atenta mirada del Vargas colombiano. Ese que se dirige al lado derecho del portero, que se vence al lado al izquierdo. Ese que se aloja en la portería después de que Rubén le haya ganado a Camilo el duelo de los Vargas. Ese que elimina a Colombia. Ese que acaba con la fiesta en el centro de Madrid y da comienzo a la tusa, una colombianísima palabra que sirve para definir el duelo tras una ruptura, la desazón cuando se acaba el amor.

Unas horas antes, como un oscuro presagio, el cielo descargó con furia sobre la capital en una de esas tormentas de verano que son tan patrimonio de Madrid como la propia tusa lo es de Colombia. Suelen ser lluvias torrenciales que, por momentos, dan la impresión de poder inundar la capital pero que, finalmente, cuando desaparecen y vuelve el bochorno, ni siquiera dejan un recuerdo de lo que fueron. El paso de Colombia por este Mundial fue un poco así: amagar con una actuación histórica para caer en octavos ante una Suiza muy menor. Para su fútbol, no quedará ninguna huella.

Por el camino, sin embargo, la afición colombiana ha importado a España durante este Mundial lo que se conoce como banderazos. De origen argentino, son concentraciones masivas de seguidores organizadas principalmente por redes sociales. Convocado por el banderazo colombiano de este torneo, a falta de una hora para el partido, Omar Álvarez, un fontanero de 59 años que lleva cuatro en Madrid, ondea con ilusión una gran bandera de su país en la plaza de Callao. Explica que ha quedado con amigos, que cada uno quiere ir a un sitio a ver el partido, aunque se pondrán de acuerdo, y que siente que los españoles apoyan a Colombia igual que los colombianos apoyan a la selección española. Si ganan, ni lo duda: habrá fiesta. Y eso que mañana le toca trabajar.

Está en la misma situación Adriana Pérez, una trabajadora de la limpieza de 55 años que lleva tres en España: “Si tengo que ir mañana sin dormir, pues voy sin dormir”, dice emocionada, aunque, para ella, esta gran reunión de compatriotas va más allá de ganar o perder: “Si ganamos, el banderazo sirve para celebrar. Pero, si perdemos, pues servirá para llorar juntos”. A su lado, Yonier Mejía, un camarero de 32 años, ameniza la espera tocando melodías del folclore colombiano con una trompeta que ha aprendido a dominar de forma autodidacta: “Ganemos o perdamos, ¡habrá banderazo!”, afirma rotundo. A su lado, asiente Natalia Mejía, una trabajadora de una residencia de ancianos de 30 años. Ella tiene más suerte que la mayoría de los congregados: este miércoles no trabaja.

Los dos Mejía, que aclaran que no son familia, se pierden con sus instrumentos Gran Vía arriba en busca de algún lugar en el que ver el partido. La mayoría de los aficionados colombianos hacen lo mismo. Porque el banderazo tiene su misión y sus protocolos: una vez congregados los seguidores de la selección en un punto (suele ser el centro de la ciudad o un lugar simbólico), estos se dispersan por los bares de alrededor con la esperanza de, una vez acabado el partido, volver a encontrarse en el mismo sitio para celebrar la victoria.

A falta de 20 minutos para que empiece el encuentro, ya solo quedan por Callao algunos rezagados. Entre ellos, Sandra Paredes, fisio de 40 años, y Andrés Ortiz, un financiero de 39. Pasean con su hijo Esteban, de apenas ocho. Llevan solo un par de días en Madrid, pero la ciudad les está gustando mucho. Aunque se irán el sábado, han encontrado un hueco para acudir al banderazo. O el banderazo los ha encontrado a ellos, más bien. El caso es que ahí están, con su camiseta de la selección colombiana y pensando en encontrar un lugar donde ver el partido. Cuando se le pide un pronóstico, el pequeño Esteban lo tiene claro: “¡Vamos a ganar!”.

Una fiesta interrumpida

Pero, con el paso de los minutos, el vaticinio de Esteban, que es el de toda la afición colombiana, se va torciendo cada vez más. En la primera parte, una estirada de Kobel desvía un buen disparo de Gustavo Puerta y una tijera de Luis Díaz tan solo mueve el aire. En la segunda, Jürgen Klopp come patatas fritas y Lucumí manda un remate de cabeza al larguero. Finalmente, a falta de cinco minutos para el final de la prórroga, Jáminton Campaz, solo ante el portero, manda a las nubes la oportunidad de convertirse en héroe y, como consecuencia, se convierte en villano.

La eliminación de Colombia acaba con las ganas de fiesta de la afición. En redes sociales, algunos de los creadores de contenido que con más entusiasmo habían convocado el banderazo se baten en retirada. Lo que hace unas horas era el convencimiento de que, pasara lo que pasara, habría celebración, se convierte en unos pocos minutos en una desbandada general. Sumidas aún en un extraño silencio, las calles del centro de Madrid se llenan de conversaciones que giran en torno a lo mismo: este Mundial tampoco será el gran torneo de Colombia. Sin muchas ganas de hablar, Camilo Ramírez, un trabajador de la construcción de 28 años, atraviesa Preciados a toda velocidad para no perder el tren que debe llevarlo a casa: “Pasó que fuimos a penales, pararon más que nosotros y perdimos”.

En la Puerta del Sol, Alejandro Tapiero, de 32 años, vende alguna que otra cerveza a los pocos entusiastas que quedan mientras juega al gato y al ratón con la policía, que ya le ha puesto problemas a su actividad más de una vez. Por allí anda Cristian Maldonado, un chef boliviano de 32 años que presta apoyo moral a su amigo Santiago Sarmiento, un vendedor de 24 cuyo sueño es precisamente desarrollar su carrera en el mundo de la cocina. Cerca de las dos de la mañana, Sarmiento es uno de los pocos que conserva aún el espíritu con el que arrancó la noche. “Ganemos o perdamos, aquí estamos. No se trata de salir de fiesta por salir ni de beber para olvidar. Ni mucho menos. Se trata de vivir con esto”, dice este seguidor de Colombia mientras se señala el escudo de su preceptiva camiseta nacional. Pero no todo el mundo piensa igual.

—¿Discoteca? —dice en la calle Carretas un relaciones públicas a un grupo que viste camisetas colombianas.

—No, , la fiesta ya se murió.

El joven mira resignado el montón de flyers que tiene en la mano. Sabe que es verdad.