¿Qué hacer cuando la extrema derecha se apropia de la camiseta de tu selección?
Hace apenas una semana, Abelardo de la Espriella, candidato de extrema derecha, fue elegido presidente de Colombia en una segunda vuelta en la que apenas 250.000 votos lo separaron del candidato de izquierdas, Iván Cepeda. Suficiente, en todo caso, para aparecer celebrando la victoria en redes sociales con la camiseta de la selección de fútbol de su país. O, al menos, algo casi idéntico: una prenda amarilla con tres líneas rojas sobre los hombros que en vez del escudo de la Federación Colombiana de Fútbol muestra la imagen de un tigre (De la Espriella se hace llamar el Tigre) y que en vez del logo de Adidas, en el lado derecho del pecho, muestra un lema: Firme por la patria.
Al abogado ultraderechista, que hace años reconoció que detestaba el fútbol, su versión ligeramente alterada de la camiseta de Colombia le convence incluso más que la original. Lleva meses tratando de asociar la camiseta de la selección a sus propuestas políticas: no solo la viste él, en sus mítines quienes la llevan son legión, y entre su círculo próximo casi no hubo quien se atreviera a no ponerla para celebrar su victoria.
Ese intento de apropiación no ha pasado desapercibido. A Cristhian Alexander, un periodista colombiano de 28 años que reside en Madrid, esto le indigna: “Es un robo a un símbolo de unidad nacional por parte de la derecha. Como no soy afín a la derecha, he decidido no ponerme la camiseta de la selección durante el Mundial. No quiero que la gente piense que apoyo a De la Espriella”.
Andrés González, colombiano de 34 que lleva cinco en España trabajando en una consultora, no es partidario de llegar tan lejos, aunque sí que ha empezado a sentir cierto rechazo: “Ver en los noticieros a gente usando la camiseta de la selección mientras profiere insultos racistas, pide bombardear a comunidades enteras y expresa deseos antidemocráticos me hace perder las ganas de usarla. Con todo, pocas cosas unen a Colombia como su apoyo fiel a la selección. Yo la quiero seguir usando”.
No todo el mundo está de acuerdo con estos análisis. Joaquín García Uribe, trabajador de 29 años de una multinacional de comercio, opina que el debate se ha sacado de contexto: “Creo que la izquierda exageró, ya que muchas otras veces se ha visto a candidatos de la izquierda usar la camiseta de la selección. Además de que ni la derecha ni nadie en ningún momento dijo que cierto tipo de personas no pudieran usar la camiseta, ergo no hubo apropiación alguna. Siempre me voy a poner la camiseta de la selección. No importa cuánto se intente politizar, la pasión del fútbol siempre será más grande que la política”.
Laura Peña, comunicadora social de 31 años que vive en Bogotá, la capital colombiana, subraya al respecto que ha habido incluso un intento de contraataque: “Hay una manipulación, un intento de generar división con símbolos que pertenecen a todos y a nadie al mismo tiempo. Pero se dio una reacción muy interesante por parte de gente que precisamente por no apoyar a la derecha empezó a llevar la camiseta de la selección. Al principio, a los seguidores de De la Espriella se los identificaba rápido porque eran los que llevaban la camiseta de la selección de Colombia, pero al final de la campaña no estaba tan claro”. Con todo, Peña también tiene claro su veredicto: “Yo hoy no llevaría la camiseta de la selección de Colombia, incluso aunque se empiece a usar como símbolo de rebeldía contra la derecha”.
Tras los pasos de Bolsonaro
De la Espriella no es, ni mucho menos, el primer candidato de extrema derecha que protagoniza una maniobra similar. Hace diez años, el expresidente brasileño Jair Bolsonaro logró una identificación tal entre la verdeamarela y su partido que colgar una camiseta de la selección brasileña en un balcón se convirtió en un símbolo de apoyo a sus políticas.
Este cobró tanta fuerza que hubo intentos por parte de intelectuales progresistas de que la pentacampeona cambiara sus colores. “Siempre pensé que nuestra bandera y nuestros colores tenían una gran belleza, pero ahora simbolizan la intolerancia, la ignorancia política, incluso el fascismo”, decía entonces el cineasta y guionista brasileño Lucas Justiniano. Coincidía el escritor João Carlos Assumpção: “En mi opinión, ahora mismo vestir de color amarillo es como pegarse un tiro en el pie porque se identifica con Bolsonaro. Y de esta realidad no se escapa nadie. Necesitamos usar el blanco y el azul para distanciarnos de Bolsonaro”.
La cuestión todavía colea. Hace un año, Nike, la marca que viste a la selección brasileña, filtró que preparaba para el equipo una segunda equipación de color rojo. Aunque esta estaba inspirada en la madera del árbol que da nombre al país, faltó tiempo para que los movimientos de derechas la rechazaran por juzgar que ese era el color de la izquierda. Finalmente, la federación brasileña dio marcha atrás al proyecto: la segunda equipación de Brasil en este Mundial es azul eléctrico.
“La extrema derecha se ha centrado en dar la batalla cultural para conquistar el sentido común de la gente”, empieza explicando al respecto a elDiario.es Steven Forti, historiador, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (Siglo XXI). Lo hace, explica Forti, tratando de apropiarse palabras, ideas o conceptos que son aceptadas socialmente o tienen cierto tirón. En Francia, por ejemplo, Marine le Pen lleva tiempo reivindicando los valores laicos de la Revolución Francesa, algo que hasta ahora no había interesado a la extrema derecha.
A esto, añade Forti, se suma un elemento más: el nacionalismo, el corazón de los movimientos de extrema derecha, pone fácil remitirse a símbolos que apelan al país. Ahí entran, en su opinión, las camisetas de las selecciones nacionales: “De la Espriella intenta lo que ya intentó Bolsonaro. Entiendo que haya gente que no quiera llevar la camiseta”.
En España, el rechazo a la camiseta de la selección nacional se circunscribe hoy casi en exclusiva al ámbito del independentismo. Hace unos días, por ejemplo, Ernai, parte de las juventudes de Bildu, robó camisetas de la selección española para reivindicar a la selección vasca de fútbol. Por lo demás, la camiseta de la selección española es un éxito de ventas, aunque este año lo sea especialmente la segunda equipación, de color blanco.
No siempre fue así. Lo sabe Gregorio Casanova, historiador y redactor jefe de Cultura en Vozpópuli que lleva años analizando qué significa el nacionalismo y que recuerda que, por esas curiosidades que trae a veces el destino, Andrés Iniesta marcó el gol más importante del fútbol español vistiendo no de rojo, sino de azul, el color que tuvo que adoptar la selección tras la Guerra Civil por imposición de la Falange. Porque el color del equipo nacional de fútbol no ha sido nunca solo un color.
Recuerda también que hasta el ciclo ganador de los años 2008 a 2012, a la camiseta de la selección se la contemplaba desde la izquierda con el mismo recelo con el que se observa la bandera nacional. “La victoria en la Eurocopa de 2008 sirvió para despojar a los símbolos nacionales de sus connotaciones franquistas y reconstruir una reivindicación patriótica basada en el orgullo de ser español, superando la dicotomía entre izquierda y derecha. Hay incluso quien sostiene que ayudó lograrlo mediante un estilo de juego refinado e inteligente, antagónico a esa cosa añeja de la furia española”, explica Casanova.
“Creo que una de las mejoras definiciones de las naciones la dejó Benedict Anderson al describirlas como comunidades imaginadas. Dentro de esta profunda abstracción en la que millones de personas creen pertenecer a una nación determinada, el deporte juega un valor fundamental en la plasmación de la nación”, ahonda el historiador. “En cualquier partido de este mundial vemos a 11 compatriotas jóvenes, atléticos, admirados y ataviados con emblemas y colores nacionales compitiendo frente a frente contra otra nación. Es una guerra en miniatura. Si un mapa meteorológico en el que ensombrecemos a la pobre Portugal durante el informativo ayuda a recordar la nación mientras cenamos, imagina un partido de fútbol. Se produce la encarnación deportiva de una de las aspiraciones de todo nacionalista, crear el ellos y el nosotros”.
¿Qué hacer, entonces? ¿Son estos procesos de apropiación de la extrema derecha inevitables? Forti tiene una propuesta: “La izquierda debería disputarlo. ¿Por qué tenemos que avergonzarnos de llevar la camiseta de nuestro país? Si lo abandonamos, recuperarlo va a ser muy difícil”.