El Mundial de Calígula
Antes de que se anime usted a sentenciar que está ante un caso de intrusismo profesional en el columnismo, deme, dese unos segundos. Antes también de constatar lo extraordinario que supone leer una columna sospechosamente deportiva en este medio, no olvide que este jueves empieza el Mundial de fútbol en el único país occidental en el que este deporte no es hegemónico. Por no ser, el fútbol en Estados Unidos no es ni siquiera importante. En un país como el nuestro la celebración del Mundial justifica que elDiario.es vaya a dedicar un espacio a que algunos contemos lo que nos llama la atención del día a día del torneo a lectores que eligen informarse en un medio que no ofrece sección de Deportes. Por contra, en el arranque de la semana previa a la inauguración del Mundial en su propio país, la sección de Deportes del New York Times brindó una sola historia relacionada con el torneo; y el artículo no iba de fútbol sino de fotografía.
En el país que marca el ritmo del mundo nuestro deporte rey no ha alcanzado el impacto que le convierte desde finales del siglo XIX en el deporte más global; sin embargo a mis 50 años es la segunda vez que veo un Mundial celebrado en Estados Unidos. No debe ser casualidad. Tratándose de la cuna del capitalismo, apuesto a que es negocio.
El mayor evento futbolístico que se celebra en el planeta llega a un país donde los deportes de equipo más seguidos y rentables son el béisbol, el fútbol americano, el hockey sobre hielo y el baloncesto. Como la metrópolis que es, en Estados Unidos los equipos que ganan las competiciones nacionales de esos deportes se consideran “campeones del mundo”. En esa jungla busca un hueco el fútbol y la FIFA en lugar de sacar pecho de su exitosa tradición, ha optado por adaptarse a los parámetros más vulgares de esa cultura a la que no ha conseguido seducir en más de un siglo: desde ahora hasta el día de la final todo será a lo grande. Observo los números de esta edición del Mundial y me empacho. Por primera vez se celebra en tres países. Por primera vez juegan 48 selecciones y ese dato engorda todos los demás. Nunca un Mundial duró tanto como durará este y nunca se jugaron tantos partidos como los que podremos ver en este mes y medio.
Mucho partido y mucha bandera que no nos suena en las pantallas pero ya veremos cuánta chicha. De los 104 partidos que se van a disputar solo 30 serán a vida o muerte. Habrán pasado 17 días de campeonato hasta que saboreemos el ambiente de una eliminatoria. Nunca se vio nada igual. Nunca, porque igual no hacía falta.
Empachen o sorprendan, las novedades de este Mundial no suponen riesgo para el negocio. Lo saben bien quienes manejan el cotarro y han tomado decisiones con la idea de acabar el mes de julio bastante más ricos de lo que son a mediados de junio. Por mucho que nos hayamos llevado las manos a la cabeza con lo que nos molesta del Mundial, una vez empiece el espectáculo serán el fútbol y los resultados los que manejen nuestras emociones. Si ganan los nuestros todo habrá merecido la pena, y si pierden nos indignaremos con cualquier decisión del entrenador y el compromiso de algún jugador. O tal vez del árbitro. O de todos juntos. Lo sencillo tiene esa ventaja envenenada sobre lo complejo: a la hora de la verdad, la de disfrutar, de lo que se trata es de sentir y no pensar en las consecuencias de dejarse llevar. Es el sino del futbolero contemporáneo como lo es de pecadores, adictos o adúlteros. Puede parecer una contradicción seguir con pasión los partidos mientras se critica el formato del Mundial, el afán de la FIFA por ganar más y más dinero o que te lleven los demonios viendo a Trump haciéndose pasar por un simpático anfitrión de selecciones y aficiones de países a los que menosprecia y amenaza. Por no tirar piedras contra mi tejado moral, prefiero ver en esas críticas el pequeño desahogo de millones de personas al ver prostituido por déspotas un deporte que consideramos patrimonio de las clases populares.
Hace falta mucho cuajo para señalar la falta de coherencia de un joven de Cabo Verde que disfruta por primera vez con los partidos de su selección en un Mundial a pesar de que su vida ha empeorado por culpa del final de las ayudas al desarrollo decretado por el país anfitrión.
Caparrós y la Argentina del 78
En una entrevista para un reportaje sobre el Mundial de Catar, Martín Caparrós me contó que el Mundial de Argentina 1978 lo vivió como tantos otros compatriotas en el exilio. En su caso fue en París y allí se manifestaban y desde allí escribían contra lo que aquella Copa del Mundo hacía por la dictadura militar que sufría el país: legitimarla y blanquearla mientras mataban y secuestraban. Le pregunté si a modo de protesta renunció a ver la final; su respuesta fue una carcajada contenida antes de reconocer que ver a Argentina ganar su primer Mundial es de los mejores recuerdos de su vida.
Si hay que señalar por contradicción manifiesta o falta de coherencia a alguien que espera con ganas que este Mundial cumpla con sus expectativas prefiero centrarme en Donald Trump. En política interior la gran apuesta de su segundo mandato es la de satisfacer los anhelos supremacistas de buena parte de sus votantes. La innovación respecto a otros presidentes
republicanos está en que él utiliza a los latinos pobres en lugar de los negros pobres para despistar a blancos pobres mientras facilita un festín para los ricos de todas las razas que hay en Estados Unidos. Y es precisamente la población latina la que más disfrutará de tener un Mundial en el país al que emigraron. El único colectivo estadounidense culturalmente ligado al fútbol es el de los que hablan español, solo hay que ver un partido de la liga local de scoccer y fijarse en los rasgos físicos predominantes en las gradas. Son los mismos rasgos que para la Administración Trump, su propaganda y sus matones del ICE convierten a una persona en merecedora de un trato inhumano.
Dos mil años antes que Trump, Calígula, otro emperador ególatra y depravado, ya sabía que tener entretenido a su pueblo era tan importante como hacerle sentir orgulloso de su dominio sobre el mundo. Una de las características de su régimen fue la multiplicación de competiciones y espectáculos. Ocupados en divertirse con carreras de cuadrigas y luchas a vida o muerte entre esclavos y animales salvajes, los romanos pensaban menos en temas que les preocupaban. Y los romanos eran de preocuparse hasta el escándalo. En cuestiones éticas, centraba el enfado de la gente de bien lo que sucedía en la isla de Capri: desde los tiempos del emperador Tiberio los jóvenes de las familias ricas y poderosas exploraban allí, lejos de la plebe, los límites de las fantasías sexuales de la época. Esos límites eran mucho más laxos que hoy en día y la gracia estaba en sobrepasarlos a lo grande. Entre los veteranos de aquellas fiestas destacaba Calígula. Bien lo sabían los romanos aunque una vez alcanzado el poder, el joven emperador criticara con dureza tanta depravación e incluso castigase a hombres y mujeres con los que había pasado días y noches de lujuria. Va a resultar que lo único del Mundial de fútbol que es exclusivo de nuestra época es el deporte que lo protagoniza.