Tejera Negra, la “cápsula del tiempo” ecológica que resiste al fuego (por ahora)
Alberto Mayor, portavoz de la organización Ecologista en Acción en Guadalajara, habla agitado, con la tensión y el susto de quien se ha visto obligado a abandonar su casa sin saber si va a poder regresar. Vive en Santiuste, en las inmediaciones del Parque Natural de la Sierra Norte, en Guadalajara, epicentro del incendio forestal más grande registrado en la historia de Castilla-La Mancha, con más de 32.000 hectáreas calcinadas. La evacuación de su pueblo fue por prevención. Las llamas, voraces e implacables, no llegaron a las casas. Tampoco penetraron el Hayedo de Tejera Negra, una joya ecológica que, por ahora, resiste al fuego. “Los incendios estuvieron muy cerca. Se trabajó a destajo para hacer cortafuegos. Funcionaron, pero, ¿cuántos veranos podrá resistir este bosque ante este nuevo clima?, se pregunta este activista.
En el verano de 2024, la caída de un rayo transformó la vegetación seca del paraje Alto de la Escaleruela, en Cantalojas, municipio por donde se ingresa al hayedo, en un polvorín. La escena fue parecida. Calor extremo y llamas propagándose a toda velocidad. Tejera Negra se salvó. La amenaza se repitió en septiembre del año pasado, esta vez por un incendio intencionado en el entorno del Pico del Lobo, la montaña más elevada de la sierra de Ayllón. Por precaución, la Junta de Castilla-La Mancha tomó una decisión excepcional durante aquellos días: restringió el acceso al bosque por el humo y para evitar otros focos de ignición.
Hay que saltar 35 años atrás en el calendario —a 1991— para encontrar llamas cerca de Tejera Negra. Pero aquel peligro, en un planeta que tenía una anomalía de temperatura de +0,40 °C respecto a la época preindustrial —+1,47 ºC en 2025— y muchísimos menos gases de efecto invernadero en la atmósfera, responsables del calentamiento global, fue excepcional. El de ahora, con olas de calor que no dan tregua, es un peligro recurrente, que estruja los estómagos de los vecinos que viven en la zona y también de los científicos que, de primera mano, conocen el irreparable daño que puede causar el fuego.
César Morales del Molino es ingeniero de montes especializado en botánica y ecología. Nació en Luzaga, otro pueblo de la zona. Ha caminado decenas de veces por la vegetación de Tejera Negra. De chico, sin saber de su importancia ecológica, y de mayor, maravillándose ante cada haya, roble albar, tejo y acebo. Su singular microclima, explica este experto, refuerza su resiliencia, pero hasta un límite. Si el calor extremo se transforma en algo crónico, muchas especies no sobrevivirán. Y si las llamas son cada vez más habituales, tarde o temprano, entrarán al bosque. “Se alteraría por completo el ecosistema forestal, sería un desastre”, advierte este experto.
A Rodrigo Balaguer Romano, biólogo por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), máster en Conservación, Gestión y Restauración de la Biodiversidad por la Universidad de Granada e investigador del Creaf, no le preocupa tanto un “incendio puntual”, por la capacidad de rebote que tiene el hayedo, sino el escenario que describe su colega, el de fuegos recurrentes por la combinación de condiciones extremas, tanto de calor como de sequía. “En este caso, la resiliencia del bosque no alcanzaría”, lamenta.
Una anomalía ecológica
Quienes han recorrido el Hayedo de Tejera Negra coinciden en una misma sensación, la de estar abandonando por unas horas el paisaje mediterráneo para adentrarse en otro mundo. El aire se vuelve más húmedo, la temperatura desciende algunos grados y las hayas forman una “bóveda vegetal” más propia del centro de Europa que del interior de la Península Ibérica. No en vano, Tejera Negra constituye uno de los hayedos más meridionales de Europa occidental y uno de los mejores ejemplos de bosque relicto conservados en España.
Su existencia es una “anomalía ecológica” y, precisamente por ello, una de sus mayores riquezas. Los bosques de hayas dominaron amplias zonas de la Península durante los periodos más fríos y húmedos posteriores a la última glaciación. Sin embargo, conforme el clima se hizo más cálido y seco, fueron desapareciendo de gran parte del interior peninsular.
Solo sobrevivieron en enclaves muy concretos capaces de mantener unas condiciones excepcionales de humedad y temperatura. Tejera Negra fue uno de esos refugios. Según la Red de Áreas Protegidas de Castilla-La Mancha, este bosque ha llegado hasta nuestros días gracias a un “microclima singular” asociado a la orientación de sus valles y a la influencia de los ríos Lillas y Zarzas.
Por eso, científicos como Morales del Molino y Balaguer lo consideran como un “auténtico refugio climático”. No se trata únicamente de un bosque bien conservado. Hablamos de un ecosistema que ha permitido la supervivencia de especies y comunidades biológicas que desaparecieron de otros lugares hace miles de años. El concepto de “cápsula del tiempo”, por la capacidad de Tejera Negra de conservar condiciones ambientales que ya no existen en buena parte de su meseta central, se repite en las descripciones de esta superficie de 1.641 hectáreas.
Su nombre, explican los trabajadores del área de turismo de Castilla-La Mancha, resulta curioso. Hace referencia al tejo y no a la haya. Este topónimo se debe a la existencia de un pequeño valle cercano donde crecían varios tejos de aspecto muy oscuro, origen del término “Tejera Negra”.
“El hayedo es un vestigio de la última glaciación, hace unos 7.000 años, cuando el descenso generalizado de las temperaturas permitió la expansión de las hayas hacia latitudes más meridionales. Al retirarse los hielos, este bosque quedó aislado en una zona que mantenía las condiciones necesarias para su supervivencia: alta humedad ambiental, abundantes precipitaciones y suelos bien drenados”, resumen desde este departamento.
Se trata de un espacio natural protegido por la UNESCO bajo el título de ‘Hayedo primario de los Cárpatos y otras regiones de Europa’ e incluido en la Red Natura 2000 —una red ecológica europea de áreas de conservación de la biodiversidad— por albergar hábitats y especies de interés comunitario. Su biodiversidad es notable. Las condiciones de humedad favorecen la presencia de musgos, líquenes, hongos e invertebrados poco frecuentes en otros ecosistemas mediterráneos. También constituye refugio para numerosas aves forestales y pequeños mamíferos ligados a bosques maduros.
Morales del Molino y Balaguer resaltan también los “servicios ecosistémicos” fundamentales que este entorno presta para la sociedad. Su masa forestal contribuye a regular el ciclo del agua, favoreciendo la infiltración y reduciendo la erosión del suelo. Además, ayuda a almacenar carbono atmosférico.
Al ser un espacio protegido, aclara Morales del Molino, no ofrece “servicios de aprovisionamiento”. No está permitido el recorte de las hayas para producir madera ni carbón, extracción que sí se hacía en la primera mitad del siglo XX. Este ingeniero suma a la lista la recreación y el ocio, por la gran cantidad de visitantes que lo recorren. La regulación del acceso está evitando, por el momento, que el turismo se transforme en otra amenaza, describe el experto.
Poco que celebrar
Si bien el Hayedo de Tejera Negra se ha salvado del fuego, este gigantesco incendio ha afectado a aproximadamente una cuarta parte del Parque Natural de la Sierra Norte, uno de los “grandes pulmones” verdes de España, replica Mayor. “Cada hectárea que se quema de estos bosques es una pérdida de un valor incalculable para todos. Nos aliviamos de que el fuego no llegara a Tejera Negra, pero el daño ecológico sufrido en estos días ha sido bestial”, relata el portavoz de Ecologistas en Acción.
Las llamas rodearon las faldas del Alto Rey y entornos de alto valor ecológico como la reserva fluvial del río Pelagallinas, donde viven especies como el águila perdicera, el águila real, el lobo, insectos, mariposas que son únicas, murciélagos, reptiles, anfibios, enumera el activista.
El año pasado, el fuego hizo estragos en otros puntos de la península. En el parque natural de O Invernadeiro, otro enclave de la Red Natura 2000 y refugio de especies amenazadas como el águila real, el alimoche europeo, los aguiluchos pálidos y el cenizo. En la Montaña Palentina, parque de Castilla y León, las llamas calcinaron el hábitat de muchos osos pardos. La quema también llegó al parque de Fuentes del Narcea, en la Cordillera Cantábrica, el último reducto de urogallo en Asturias. Y en Las Médulas, en León, los incendios devastaron miles de castaños centenarios, ejemplares irrecuperables.
En lo que llevamos de 2026 han ardido unas 120.000 hectáreas en España, una de las cifras más altas para esta fecha del año, según los últimos datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS por sus siglas en inglés). Cristina Santín, investigadora en el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (CSIC-Universidad de Oviedo-Principado de Asturias) pone la lupa en las condiciones climáticas como factor principal.
“Después de la temporada catastrófica de 2025, 2026 se está presentando difícil también. El año pasado tuvimos mucho calor y sequedad a principios de verano, pero una primavera muy húmeda y un julio relativamente moderado, lo que contribuyó a que el pico de incendios se retrasara hasta la extraordinaria ola de calor de agosto”, explica en declaraciones recogidas por Science Media Centre España.
Este año, completa, hemos tenido un invierno muy húmedo, pero una primavera y un principio de verano muy seco. La humedad residual se ha perdido más rápidamente y las tres olas de calor en tan solo seis semanas están favoreciendo la propagación de los incendios.
Fernando Ojeda, catedrático del departamento de Biología de la Universidad de Cádiz, pide centrarse en la intervención humana, la plantación de enormes extensiones de pinos o eucaliptos en los paisajes mediterráneos. “Eso es lo que se ha hecho en muchas zonas de la península ibérica desde mediados del siglo XX. Si a eso le sumamos los valores extremadamente altos de temperatura y extremadamente bajos de humedad asociados a las olas de calor estivales, el cóctel está servido”, plantea. Y agrega: “El incendio de estos días de Guadalajara es un ejemplo ilustrativo. El daño ambiental de esas plantaciones es previo al incendio, pero culmina con el incendio”.
¿Hay fallos en la prevención? Sin duda, señalan estos dos expertos. Pero para Santín, urge comprender que “vivimos en una España con más riesgo de grandes incendios por el cambio climático y debemos asumirlo y prepararnos para minimizar los impactos que pueden traer”.
Coincide Ojeda: “Esto que está pasando no es solo cuestión de fallos en prevención. Por supuesto, mejorar la prevención es prioritario y, aunque a raíz de las últimas oleadas catastróficas de incendios sí se están haciendo más cosas en ese sentido, tenemos que pedir, como sociedad, que se hagan todavía más. Pero creo que también es importante entender que, por muy bien que se haga la prevención, el riesgo de grandes incendios es cada vez más grande”.
Mayor lo sabe en carne propia. Ha sufrido la primera evacuación por un incendio forestal. Sabe que no será la última: “Vivimos en un planeta distinto al que conocíamos”.
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