Marruecos-Francia: el partido de una reconciliación incompleta
El partido entre Marruecos y Francia invita casi de forma automática a una lectura histórica. La antigua colonia frente a la antigua potencia colonial. El Sur contra el Norte. La revancha simbólica de un país y su gente, Marruecos, que ya no acepta ser observado y tratado desde la vieja jerarquía. Pero esa lectura, poderosa y contextual, ya no trasciende de la misma forma.
Tras los pitidos finales de las victorias en el Mundial 2026 de Marruecos contra Canadá y de Francia contra Paraguay, los memes tomaron las redes sociales. Una simulación de una partida de Grand Theft Auto (videojuego donde los jugadores controlan a criminales en misiones como atracos o tiroteos), con coches incendiados, explosiones de edificios y un exceso de violencia venía a avanzar el escenario que acogería París el próximo 9 de julio tras el fin del partido, ganase quien ganase. Mañana qué.
La relación franco-marroquí atraviesa hoy una paradoja mucho más contemporánea que, en parte como en el meme, habla de distanciamiento social, identidad, violencia y rechazo. Mientras Rabat y París viven uno de sus mejores momentos diplomáticos en décadas, una parte creciente de la juventud marroquí se distancia culturalmente de Francia mientras que el debate político francés y la ultraderecha endurece su discurso sobre inmigración, identidad y pertenencia.
Del choque diplomático al deshielo
Hace apenas unos años, el clima diplomático entre Rabat y París no era tan suave como en la actualidad. Desde la llegada de Emmanuel Macron al Elíseo, en 2017, Francia había intentado reconstruir su relación con Argelia, rival regional de Marruecos y principal apoyo internacional y hogar para el Frente Polisario. Desde Rabat, el acercamiento a Argel fue interpretado como una señal de distanciamiento político.
La tensión se agravó en 2021 con la revelación de que los servicios secretos marroquíes habrían utilizado el programa israelí Pegasus para espiar el teléfono personal de Macron. Una acusación que desde Rabat se negó, pero que sin duda deterioró gravemente la confianza entre ambos gobiernos, hasta caer a su punto más bajo.
A este episodio se sumaron las restricciones francesas a la concesión de visados para ciudadanos marroquíes, pero también argelinos y tunecinos. Entonces, París justificó que la medida era una forma de presionar a los países del norte de África para aceptar con mayor rapidez la readmisión de sus nacionales expulsados de territorio francés.
El desencuentro alcanzó otro momento simbólico después del terremoto de septiembre de 2023 en la región de Al Haouz. Marruecos ignoró oficialmente la asistencia humanitaria francesa y solo aceptó apoyo de España, Reino Unido, Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Desde Rabat justificaron que era por cuestiones de orden y para evitar la sobresaturación de los servicios de rescate. Desde París, Macron lanzó un mensaje directamente dirigido a la población marroquí que provocó una oleada de rechazo en redes sociales bajo el lema: “Soy marroquí y rechazo el discurso de Macron”.
A pesar de la consecución de episodios que han minado la relación entre ambos, la imagen de la visita de Estado de octubre de 2024 fue la contraria. Banderas francesas y marroquíes ondeando en Rabat, en la avenida Mohamed V, en el aeropuerto de Rabat-Salé, en los alrededores del Gran Teatro y en la torre Mohamed VI. El rey, apoyado sobre un bastón, recibió al presidente personalmente al final de la escalerilla del avión a su llegada a Marruecos. Era la primera visita de Estado del presidente francés desde 2018.
El giro llegó en julio de 2024, cuando Macron comunicó oficialmente a Mohamed VI que Francia entendía el plan marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental como “la única base” para alcanzar una solución política duradera. Una decisión que abandonaba décadas de ambigüedad francesa y la alineación definitiva con una de las principales prioridades de la política exterior de Rabat.
Una semana antes de la visita de Macron, el monarca expresó ante el Parlamento su “más profundo agradecimiento” a Francia y al presidente francés por su apoyo a la “marroquinidad del Sáhara”. Macron, por su lado, fue todavía más explícito durante su intervención ante un Parlamento marroquí atento y entregado: “Con Mohamed VI hemos decidido escribir un nuevo libro juntos”, afirmó. “El presente y el futuro del Sáhara Occidental se inscriben en el marco de la soberanía marroquí”, sentenció.
Durante la visita de Estado de Macron, Francia y Marruecos sellaron 22 acuerdos comerciales y financieros por un valor de 10.000 millones de euros, según el Elíseo. Los contratos incluyeron proyectos ferroviarios, de energías renovables, hidrógeno verde o desalinización, entre otros sectores.
Entre los acuerdos más destacados figura el contrato adjudicado a Alstom para construir el segundo tramo del tren de alta velocidad marroquí, que ya conecta Tánger con Casablanca y que busca ampliar la vía a Marrakech. El contrato, valorado en unos 1.800 millones de euros, recayó en manos de la empresa francesa y no de competidores como las españolas Talgo y CAF.
Macron definió la nueva etapa como una “asociación excepcional y reforzada”. La expresión fue diplomática, pero el mensaje político también fue muy claro. Francia quería recuperar terreno en Marruecos para compensar el que estaba perdiendo en otros países del continente africano, especialmente en el Sahel, y en un contexto en el cual otros socios del norte global como España, Estados Unidos o China estaban compitiendo cada vez más por la influencia económica y estratégica en el reino.
Los marroquíes ya no ven a Francia como antes
Aunque el acercamiento entre Estados no solo convive, sino que mejora, la evolución cultural y social avanza en otra dirección.
Durante décadas, el francés fue la lengua de prestigio de las élites marroquíes, la principal lengua extranjera y el vehículo de acceso a la educación superior, la administración y el mercado laboral. Hoy sigue teniendo una posición dominante en sectores diversos. Según la Organización Internacional de la Francofonía, alrededor del 36% de la población marroquí habla francés. Pero su monopolio está siendo cuestionado por las generaciones jóvenes, sobre todo por la conocida como Generación Z.
Lo más significativo ya no es solo la arabización impulsada tras la independencia o, incluso, el reconocimiento oficial de otras lenguas locales como el amazigh (bereber) en 2011, sino la creciente anglofilia de las nuevas generaciones. Un estudio del British Council publicado en 2021 reveló que el 40% de los jóvenes marroquíes considera que el inglés debe ser un idioma preferente en la enseñanza, frente a apenas un 10% que antepone el francés.
Desde 2019 se han abierto colegios privados británicos y estadounidenses en el reino, pero el salto llegó en 2023, cuando el Ministerio de Educación de Marruecos comenzó a incluir progresivamente el inglés dentro de los colegios públicos. Aunque para el ministro de Educación marroquí, Mohamed Zarouali, esta decisión “nunca fue una ruptura con el idioma francés”, en la calle, en los bares y entre los jóvenes la narrativa es bien distinta.
Meryem ha estudiado y hablado siempre en francés con su familia. Hoy, en edad adulta, quiere formarse y buscar trabajo fuera de su país, pero reniega del idioma de París: “Estamos anclados en la relación colonial. El francés es un idioma que nos cierra las puertas a oportunidades laborales fuera del país. O te vas a Francia o a Canadá, no hay muchas más opciones”, explica en conversación con elDiario.es. Haytham, por su parte, tomó la decisión hace años. Decidió priorizar aprender inglés porque quería vivir y trabajar en Londres para después volver a Rabat, su ciudad natal. “Cada vez hay más gente que habla inglés y que se maneja en las redes sociales en inglés. Con el Mundial 2030 a la vuelta de la esquina, es fundamental que los jóvenes aprendan este idioma internacional”, explica.
Ese cambio en la narrativa del lenguaje tiene una carga política de fondo. El Marruecos institucional y de los despachos quiere relacionarse con Francia, pero la sociedad civil recuerda que no quiere depender de la antigua colonia. Inversión, cooperación y reconocimiento diplomático, sí, pero, a su vez, diversificación lingüística y mayor autonomía cultural y simbólica.
Francia endurece el discurso sobre migración
Al otro lado del Mediterráneo, la evolución es distinta, pero también apunta en contra de la reconciliación entre los Estados. Durante la última década, y como consecuencia de la creciente presencia de la extrema derecha con partidos políticos como Agrupación Nacional, los conceptos como la prioridad nacional han ganado visibilidad y adeptos entre la sociedad civil francesa. Entre esos discursos de odio y xenófobos, la población procedente del norte de África, incluida la marroquí, ocupa con frecuencia el centro de las políticas migratorias sobre integración, laicidad o delincuencia.
La comunidad marroquí representa una de las diásporas más grandes de Europa, siendo Francia el principal destino de estos flujos migratorios con un 32% del total de migrantes marroquíes en el extranjero en su país. Unos números que en 2022 se tradujeron en alrededor de 747.000 marroquíes residentes en Francia, según el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos en Francia. Son mayoría y, al mismo tiempo, con los crecientes discursos de odio, la diana antimigratoria. Según el Ministerio de Interior francés, en 2024 las fuerzas de seguridad registraron más de 16.000 infracciones de carácter racista, xenófobo o antirreligioso. Los delitos aumentaron un 11% respecto al año anterior y las faltas, un 6%. Entre las víctimas aparecían sobrerrepresentados los extranjeros procedentes de países africanos, especialmente Marruecos.
El clima social, desde las generaciones más jóvenes o desde los discursos de extrema derecha, en Francia y en Marruecos, pesan sobre la relación bilateral, aunque no se manifiesta en los comunicados oficiales o en las visitas de Estado. Nunca las relaciones entre París y Rabat habían estado tan sólidas en lo político y sus sociedades tan fracturadas en lo cultural e identitario.