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La profecía pendiente de Pelé: ¿ganará un país africano el Mundial?

22 de junio de 2026 21:01 h

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Pelé predijo en una ocasión que “una nación africana ganará la Copa del Mundo”. Eso sí, situó esa conquista antes del año 2000 lo que invalida, en sentido estricto, su profecía. Esa larguísima espera no responde a la falta de talento del fútbol africano, sino a una suma de factores que trascienden el terreno de juego; un camino marcado por un sinfín de obstáculos estructurales, aunque también por una enorme dosis de dignidad y exigencia.

África sigue reivindicándose en este Mundial, y pocos ejemplos lo ilustran mejor que la alegre Cabo Verde. La pequeña nación insular disputa por primera vez una fase final del torneo. Y lo que comenzó como una sorpresa descomunal —su empate ante España— ha adquirido tintes de cuento de hadas con guion sólido tras repetir resultado frente a Uruguay. Los caboverdianos afrontan ahora el partido del viernes contra Arabia Saudí con fundadas esperanzas de victoria, aunque quizá ni siquiera la necesiten para alcanzar la siguiente ronda.

La historia de Cabo Verde encierra una singularidad fascinante: hay más caboverdianos viviendo fuera del país que dentro. Y fue precisamente en esa vasta diáspora donde la federación encontró buena parte del talento que hoy sostiene a la selección más inesperada del torneo. De hecho, incluso uno de estos futbolistas, Roberto Lopes, fue contactado a través de redes sociales profesionales como LinkedIn, en una suerte de reclutamiento global que ha dado forma a un equipo recién salido de un cascarón fascinante.

Cabo Verde, por supuesto, no es la única selección africana que está demostrando una solidez sorprendente en el Mundial. Portugal no pudo superar a la República Democrática del Congo, que hizo historia al anotar su primer gol en un Mundial. Brasil no pudo con la potente Marruecos, una de las grandes favoritas que ya fue cuarta en el anterior campeonato. Costa de Marfil derrotó 1-0 a Ecuador y Ghana venció 1-0 a Panamá en Toronto. África arrancó el Mundial 2026 con cuatro de sus seis selecciones debutantes sumando puntos.

Más presencia africana que nunca

Hay más historias africanas que nunca en este Mundial (las de Argelia, Cabo Verde, Costa de Marfil, la República Democrática del Congo, Egipto, Ghana, Marruecos, Senegal, Sudáfrica y Túnez) porque el continente ha duplicado su presencia en el torneo al pasar de cinco a diez representantes. Es cierto que esa mayor presencia responde en parte a los intereses de Gianni Infantino por ampliar la competición a 48 equipos para incrementar beneficios. Pero también es cierto que el nuevo reparto de plazas responde a la reivindicación histórica de un continente que durante décadas denunció que el acceso estaba diseñado para favorecer a Europa y Sudamérica.

La plaza adicional en juego a través del play off intercontinental ha permitido, por ejemplo, el regreso de la República Democrática del Congo a un Mundial cincuenta años después de su única participación. La selección era entonces Zaire y jugaba bajo la férrea autoridad del dictador Mobutu Sese Seko. Tras encajar dos derrotas en sus primeros encuentros de aquel Mundial del 74, los jugadores recibieron una advertencia inequívoca desde el régimen: una goleada por más de cuatro goles ante Brasil tendría consecuencias graves para ellos y para sus familias. Varios hombres de la guardia presidencial de Mobutu se habían presentado en su hotel, cerrado a cal y canto para que no hubiese testigos directos de la amenaza.

Con Brasil dominando 3-0 en el marcador, llegó una de las imágenes más célebres de la historia de los Mundiales. Corría el minuto 79 cuando los brasileños se disponían a lanzar una falta cerca del área. Mientras todos aguardaban el disparo, el defensa zaireño Mwepu Ilunga abandonó la barrera de forma repentina, corrió hacia el balón y lo despejó con todas sus fuerzas antes de que el rival pudiera ejecutar el lanzamiento. Durante años, aquella escena fue utilizada como prueba de la supuesta ignorancia táctica de los futbolistas africanos. En realidad, era la expresión desesperada de un equipo paralizado por el miedo y sometido a una presión insoportable.

El régimen de Mobutu había explotado el éxito de la selección mientras esta servía a la propaganda oficial. Sin embargo, cuando el equipo se convirtió en símbolo del fracaso, sus jugadores fueron abandonados a su suerte. La historia de Zaire sigue siendo una de las más elocuentes sobre las dificultades que durante décadas acompañaron al fútbol africano lejos de los terrenos de juego.

El boicot que comenzó a cambiarlo todo

En el Mundial de Inglaterra 1966, la distribución de plazas reflejaba con crudeza los desequilibrios del fútbol internacional. De los 16 cupos disponibles, diez correspondían a Europa, cuatro a Sudamérica y uno a Norteamérica. El puesto restante debía decidirse en una única eliminatoria que enfrentaba a todas las selecciones de África, Asia y Oceanía.

La Confederación Africana de Fútbol (CAF), fundada apenas nueve años antes, consideró aquella fórmula una injusticia manifiesta. Sus dirigentes reclamaron a la FIFA una plaza directa para el continente, argumentando que el reparto vulneraba los principios de igualdad y competitividad que la propia organización decía defender. Pero la reivindicación trascendía lo deportivo. Para decenas de países recién independizados, obtener presencia en el mayor escaparate futbolístico del planeta suponía también una forma de reconocimiento político y de afirmación internacional frente a las antiguas potencias coloniales.

La FIFA, presidida entonces por el inglés Stanley Rous, rechazó la propuesta. La respuesta africana fue inmediata e histórica. Las quince selecciones afiliadas a la CAF se retiraron en bloque de la fase de clasificación, acompañadas por Siria y Corea del Sur en señal de solidaridad. Nunca se había producido un boicot tan amplio y coordinado en el fútbol internacional.

La protesta marcó un antes y un después. A partir del Mundial de México 1970, África obtuvo por fin una plaza directa. Más tarde, Sudáfrica fue expulsada de la FIFA debido al apartheid, y el brasileño João Havelange derrotó a Rous en las elecciones presidenciales gracias, en gran medida, al respaldo de las federaciones africanas. El continente había descubierto su capacidad para organizarse, negociar y ejercer influencia dentro de las estructuras del fútbol mundial.

El brillo africano bajo los problemas estructurales

La paradoja del fútbol africano contemporáneo es evidente. Mientras sus futbolistas brillan cada fin de semana en los mejores clubes de Europa, muchas de sus selecciones continúan enfrentándose a obstáculos que sus competidores rara vez conocen. Problemas económicos, infraestructuras insuficientes, inestabilidad institucional o federaciones con recursos limitados siguen condicionando el desarrollo de sus proyectos deportivos.

El caso de Senegal es quizá el más ilustrativo. Semanas antes del inicio de este Mundial, su seleccionador, Pape Thiaw, se negó a embarcar en el vuelo que debía trasladar al equipo desde Dakar. Llevaba meses sin percibir su salario y trabajaba sin un contrato formal. No es una excepción. Los internacionales senegaleses aún no han cobrado las primas correspondientes a la conquista de la Copa África ni las derivadas de la clasificación para este Mundial. Durante la concentración, además, han expresado su malestar por las condiciones del hotel de Nueva Jersey y por la alimentación proporcionada por la organización.

Y, pese a todo, el talento sigue emergiendo sobre el césped. África lleva décadas produciendo algunos de los mejores futbolistas del planeta, en una factoría inabarcable que luego rentabilizan otros. Marruecos derribó una barrera histórica al alcanzar las semifinales de Qatar 2022 y demostró que su techo competitivo ya no es una hipótesis, sino una realidad tangible. La pregunta ya no parece ser si una selección africana puede llegar a una final mundialista, sino cuándo lo hará. Quizá la respuesta llegue el próximo 19 de julio. Aunque, paradójicamente, muchos de los aficionados africanos que llevan décadas soñando con ese momento difícilmente podrían presenciarlo en directo. Los visados y el precio de las entradas constituyen una nueva barrera, otra más, en un camino lleno de tapias.