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Haití, el emocionante (y breve) Mundial de un país roto

Aficionados de Haití durante el partido contra Brasil que supuso su eliminación el mundial este sábado.
20 de junio de 2026 21:50 h

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Vendedores ambulantes ofrecen harina de maíz, arroz y especias a las puertas de un estadio cerrado. El Sylvio-Cator, el corazón del fútbol haitiano, lleva clausurado desde febrero del año 2024. Está enclavado en un barrio de Puerto Príncipe que, como más del 80% de la capital, está bajo el control de pandillas armadas, chavales que reciben comida caliente, protección, armas y ganancias a cambio de secuestros y robos. Tras el asesinato a tiros del presidente Jovenel Moïse, en julio de 2021, la espiral de violencia de pandillas y caos ha invadido el país. La situación es tal que Haití no celebra elecciones desde 2016.

Pero, pese a todo, el fútbol sigue vivo en cada esquina del país. Se practica con lo que hay y donde se puede, descalzos, en chanclas o zapatillas, en campeonatos de barrio o con pretensión de profesionalización. Ninguna crisis ha logrado apagar la llama futbolística de un país demasiadas veces arrasado por el conflicto y la naturaleza. Es en este contexto de adversidad continua donde se ubica la clasificación de los Granaderos -mote que rinde homenaje a los soldados haitianos que lucharon contra el ejército francés- para el Mundial 2026. De todos los participantes del torneo, Haití es el que ha regresado tras la ausencia más larga: 52 años desde su única y legendaria participación en Alemania Federal 1974, cuando se convirtió en el segundo equipo caribeño en disputar una Copa del Mundo, después de Cuba en 1938.

Haití, sin goles ni puntos, ha sido la primera selección eliminada del torneo, con prácticamente el último puesto asegurado del grupo C. Anoche perdió frente a Brasil por tres goles de diferencia, derrota a ratos atípica, con ocasiones para los caribeños en la segunda parte. No es un desengaño. Todos sabían antes del torneo que difícilmente avanzarían más allá de la primera fase, encuadrados en un grupo muy competitivo.

Pero sumar o no puntos parece lo de menos en un país que salió a las calles masivamente el día de la clasificación para el torneo. El fútbol, por supuesto, no es la principal preocupación de los haitianos, pero es una poderosísima vía de escape, una pulsión redentora. La clasificación tuvo una magnitud que aunó todos los ingredientes de la típica epopeya que se convertirá pronto en película. Para llegar hasta aquí, el equipo dirigido por Sébastien Migné tuvo que disputar todos sus partidos lejos de casa, sin el apoyo de su gente. Aun así, eliminó a Honduras y Costa Rica, dos selecciones con mucha más tradición y experiencia mundialista. La histórica clasificación coincidió, además, con el 222º aniversario de la batalla de Vertières, decisiva para la independencia haitiana. Y, precisamente, la FIFA (que tiene una contradictoria percepción de lo que es o no político) vetó al comienzo del torneo la camiseta oficial del combinado nacional al considerar que contenía un mensaje político subliminal. En la parte inferior del uniforme se adivinaba una ilustración de aquella batalla, recordada en Haití como el Día de la Victoria, preludio de la independencia que convirtió al país en la primera nación de América Latina en liberarse del colonialismo europeo, en este caso francés.

En 1804, Jean-Jacques Dessalines, nacido en la esclavitud, proclamó la independencia del país y dejó una frase histórica, hoy si cabe más necesaria que nunca: “Nos hemos atrevido a ser libres”.

El histórico gol del chico haitiano que lavaba platos

Paradójicamente o no, la mayor estrella del fútbol haitiano no tiene tumba donde ser honrada. Ni siquiera se sabe con certeza dónde murió. Pero para entender lo que significa el fútbol en Haití hay que recordar su historia y retroceder hasta los años cincuenta cuando el país vivía una de sus épocas más prósperas, impulsada por el turismo estadounidense atraído por las playas, el ron y la vida nocturna de Puerto Príncipe.

El momento más alto del fútbol haitiano llegó el 29 de junio de 1950, en Belo Horizonte. Estados Unidos, prepúber futbolísticamente, se enfrentaba a Inglaterra, la inventora del juego, la gran favorita. Entonces apareció Joe Gaetjens. Era un joven haitiano, hijo de un alemán y una criolla, que había emigrado a Nueva York en 1947 para estudiar contabilidad en la Universidad de Columbia. Para sobrevivir lavaba platos en el restaurante del presidente del Brookhattan, el club donde también jugaba al fútbol. Cuando le ofrecieron cien dólares semanales para incorporarse a la selección estadounidense, aceptó sin pensarlo.

Aquel día de junio de 1950, en Brasil, Gaetjens remató de cabeza, superó al portero inglés y marcó el único gol del partido. Estados Unidos había derrotado 1-0 a Inglaterra. Inaudito. Algún editor de periódico en Londres, convencido de que el marcador era un error tipográfico, publicó el resultado como “10-1”. Sencillamente no podía creerlo. Los diarios británicos fueron capaces de recurrir a la excusa de la mala adaptación tropical y a los desajustes provocados por el vuelo trasatlántico. El partido fue bautizado como el ‘Milagro sobre el Césped¡ y considerado quizás la mayor sorpresa de la historia de los Mundiales. Pero no existe ninguna fotografía de ese gol, nadie inmortalizó el momento exacto del remate porque las cámaras miraban al otro lado.

Pese a ese gol, Gaetjens nunca llegó a obtener la ciudadanía estadounidense y regresó a Haití. Allí montó una cadena de lavanderías y se dedicó a promover el fútbol entre los niños más pobres. Pero en 1957 llegó al poder François “Papa Doc” Duvalier. Los hermanos de Gaetjens, Jean y Freddie, se habían exiliado en República Dominicana y habían expresado públicamente su hostilidad al régimen. En 1964, cuando Duvalier se autoproclamó presidente vitalicio, el resto de la familia huyó. Joe se quedó, convencido de que su falta de implicación política y su condición de celebridad deportiva lo protegían de la barbarie. Por supuesto se equivocaba.

El 8 de julio de 1964, los Tonton Macoutes, la policía secreta del régimen, se presentaron en su domicilio y se lo llevaron. Nunca más se supo de él. Se dice que fue conducido a Fort Dimanche, el infame centro de tortura y ejecución del régimen, y que el propio Duvalier fue en persona a darle el tiro de gracia. Su cuerpo jamás fue encontrado.

Haití para explicar el mundo

La diáspora haitiana en Estados Unidos supera hoy el millón de personas. Solo en Massachusetts, donde se disputó el Haití-Escocia viven cerca de 88.000 haitianos. El Mundial ha vuelto a colocar al país en el radar internacional. Porque, más allá del torneo, la realidad de Haití sirve para hablar de cuestiones mucho más profundas: el fútbol como refugio emocional –a veces, el único-, la violencia, el exilio, la memoria o la libertad. En pocos lugares del mundo, quizá en ninguno, una clasificación para un Mundial significó tanto.

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