Patriotas de frontera

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Hay una forma de patriotismo que consiste en exhibir pulseras, llaveros o pegatinas con los colores de la bandera, o en hacerse fotografías delante de una bandera de España. Hay otra, bastante menos vistosa, que consiste en compartir los problemas del país al que esa bandera representa.

La primera exige muy poco. Basta con levantar la voz, señalar al enemigo y repetir, una y otra vez, que España se rompe. La segunda obliga a algo mucho más incómodo como es hacerse responsable de España cuando España necesita ayuda.

Durante los últimos días de julio, tras la grave crisis migratoria vivida en Ceuta, hemos asistido a un auténtico desfile político por sus calles que ha vuelto a dejar al descubierto esa diferencia.

Es lógico que el presidente del Gobierno acudiera a Ceuta. Es su obligación institucional y, ante una situación de extraordinaria gravedad, corresponde al máximo responsable del Ejecutivo garantizar la seguridad, coordinar los recursos del Estado y transmitir confianza a la población.

También desfilaron por sus calles quienes, una vez más, se presentaban como los únicos defensores de la patria, de la Constitución y de la integridad territorial de nuestro país.

La ciudad se llenó de dirigentes políticos que llegaron apresuradamente para proclamar que Ceuta es España. Como si alguien lo hubiera puesto alguna vez en duda.

Escuchamos discursos solemnes sobre la defensa de nuestras fronteras, la soberanía nacional y la integridad del territorio. Vimos banderas ondeando con entusiasmo y declaraciones cargadas de épica. Parecía que la patria estuviera en peligro y que solo ellos hubieran acudido a rescatarla. Hasta ahí, nada nuevo.

Lo verdaderamente interesante empieza cuando se apagan las cámaras y cuando contrastamos los discursos con los hechos, porque defender Ceuta no consiste únicamente en proteger su frontera. Defender Ceuta significa también ayudar a los ceutíes cuando soportan una presión que ninguna ciudad española puede afrontar sola. Y ahí es donde ese patriotismo tan ruidoso empieza a quedarse sorprendentemente mudo.

Porque cuando Ceuta pide solidaridad para atender a los menores migrantes que han llegado solos a territorio español, los grandes guardianes de la patria descubren de repente que la solidaridad tiene fronteras. Entonces ya no hablan de España. Hablan de competencias, de que el Gobierno pretende imponer un reparto, de cupos, de costes. Hablan de que “los reciba otro”.

¡Qué curioso! En ese momento, Ceuta, Melilla o Canarias dejan de ser “España” para convertirse simplemente en un problema ajeno. España parece indivisible cuando hay que agitar la bandera, pero se convierte en diecisiete compartimentos estancos cuando toca repartir responsabilidades.

Cuando se trata de exigir más vigilancia fronteriza, Ceuta representa el honor nacional. Cuando se trata de compartir el esfuerzo que esa frontera genera, Ceuta pasa a ser una ciudad sola. Es un patriotismo extraordinariamente selectivo que les sirve a algunos para exigir sacrificios, nunca para asumirlos.

Durante estos días hemos visto desfilar por Ceuta a Alberto Núñez Feijóo, a Santiago Abascal y a otros referentes de una extrema derecha cada vez más entregada a la competición por ver quién envuelve con más fuerza sus discursos en la bandera nacional.

Todos coincidían en un mensaje: ¡a Ceuta hay que defenderla! Un grito con el que estoy completamente de acuerdo. Pero la pregunta es de quién hay que defenderla. ¿De quienes intentan cruzar una frontera? ¿O también de quienes, desde la comodidad de cientos de kilómetros de distancia, se niegan sistemáticamente a compartir el esfuerzo que esa frontera genera?

Porque la realidad es tozuda. Ceuta no pide discursos, pide ayuda. No reclama más fotografías, reclama que el resto de España asuma la parte que le corresponde en una responsabilidad que es de todos. Y esa ayuda debe llegar en forma de recursos, de coordinación institucional y, cuando es necesario, del reparto solidario de menores migrantes entre comunidades autónomas.

Nos hablan constantemente de unidad nacional, pero esa unidad desaparece cuando implica repartir responsabilidades. Invocan la Constitución mientras rechazan uno de los principios que mejor la sostienen: la solidaridad entre todos los territorios del Estado. Y, sobre todo, se olvidan deliberadamente de que aquí no estamos hablando únicamente de política migratoria. Estamos hablando de menores. De niños y adolescentes que, independientemente de cómo hayan llegado hasta aquí, están bajo la protección del Estado de Derecho y de una legislación que obliga a las administraciones públicas a garantizarles una atención digna. Y no porque lo diga un partido. No porque lo decida un gobierno, sino porque lo exige la ley. La española y la europea. Y, sobre todo, porque lo exige algo todavía más importante como es el más elemental sentido de humanidad y decencia.

Se puede defender un mayor control de las fronteras. Se puede reclamar una política migratoria distinta. Se pueden exigir más medios para evitar la inmigración irregular. Todo eso forma parte del debate democrático, pero lo que resulta mucho más difícil de justificar es utilizar a Ceuta como símbolo cuando interesa y abandonarla cuando pide ayuda. Porque entonces ya no estamos ante una posición política coherente, estamos ante un ejercicio de cinismo.

Quizá el verdadero patriotismo no consista en viajar apresuradamente hasta Ceuta para hacerse una fotografía junto a una valla. Quizá consista, sencillamente, en entender que Ceuta es España siempre, también cuando necesita que el resto de España esté a su lado.

Si Ceuta es España para pedir firmeza, también lo es para pedir ayuda. Si Ceuta merece la protección de todos cuando su frontera se ve sometida a presión, también merece la solidaridad de todos cuando esa presión desborda sus capacidades. Lo contrario tiene un nombre. No es patriotismo. Es oportunismo envuelto en una bandera.

Y quizá esa sea la gran mentira de nuestro tiempo, confundir el amor a un país con el ruido que algunos hacen alrededor de su bandera.

Porque querer a un país no consiste en agitar su bandera y señalar constantemente dónde termina su territorio. Consiste, sobre todo, en no abandonar nunca a quienes viven dentro de él.

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