Nunca me aburro

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Tengo que reconocer que hay ocasiones en que me aburro.

Este año, mis vacaciones de verano no van a tener playa, ni grandes viajes, ni planes programados de antemano. Y, al principio, reconozco que contemplaba con cierto temor la posibilidad de que el aburrimiento acabara apoderándose de alguno de esos días que, precisamente por ser de vacaciones, deberían servir para descansar.

Estamos tan acostumbrados a llenar nuestros días que, cuando de repente no tenemos nada que hacer, parece que algo no funciona. Una mañana sin planes. Una tarde demasiado larga. Un día en el que no ocurre nada especial. Y entonces aparece esa pregunta incómoda: - ¿Y ahora qué hago?

Hace unos años, poco antes de morir, mantuve una conversación con mi padre que estos días he recordado varias veces. Había cumplido ya 103 años, sus limitaciones físicas le impedían hacer muchas de las cosas con las que antes ocupaba su tiempo como leer, escribir, investigar, pasear..., así que pasaba buena parte del día sentado en su sillón, aparentemente ensimismado en sus pensamientos. Aquella tarde le pregunté:

- ¿Te aburres? Me respondió inmediatamente:

- No.

- Pero nunca te aburres? , insistí.

- No. Nunca me aburro. Siempre encuentro algo en que ocuparme.

Entonces le pregunté cómo lo hacía. Me miró como si la respuesta fuera abolutamente evidente y dijo:

  • Vivo el momento.

Desde entonces he pensado muchas veces en aquella frase. Quizá porque yo no siempre sé hacerlo. Cuando no consigo concentrarme en lo que estoy haciendo, todo se me hace más pesado. Incluso cuando no hago nada, puedo llegar a sentir que estoy perdiendo el tiempo. Como si cada minuto tuviera que estar ocupado por algo útil, entretenido o productivo.

Y quizá ahí esté una de las razones por las que nos cuesta tanto aburrirnos. No sabemos estar sin hacer nada. Vivimos rodeados de estímulos. Miramos el teléfono mientras esperamos un café, escuchamos algo mientras caminamos, encendemos una pantalla cuando tenemos dos minutos libres y buscamos inmediatamente qué hacer cuando aparece un hueco inesperado.

Hemos convertido el tiempo vacío en una especie de enemigo. Por eso las vacaciones pueden ser una buena oportunidad para enfrentarnos a él. Porque quizá aburrirse de vez en cuando no sea necesariamente algo malo.

Quizá sea simplemente una señal. Una invitación a detenernos y preguntarnos por qué estamos aburridos. Qué necesitamos. Qué nos apetece. Qué hemos dejado pendiente. Qué nos gustaría recuperar. O, sencillamente, qué podemos hacer con ese rato que de repente tenemos delante.

A veces la respuesta será algo tan poco extraordinario como ordenar un armario, planchar, cuidar las plantas, leer unas páginas de un libro, escribir, pasear o retomar aquella pequeña tarea que llevamos meses aplazando. Y otras veces puede que decidamos no hacer absolutamente nada. También eso puede estar bien. Porque no todo el tiempo improductivo tiene que ser tiempo perdido. Hay una gran diferencia entre perder el tiempo y disponer de él. Decidir, conscientemente, qué hacer con él.

Así que cuando siento que empieza a rondarme el aburrimiento, intento recordar las palabras de mi padre: vivir el momento. No escapar inmediatamente de esa sensación buscando cualquier cosa que la haga desaparecer.

Quedarme un poco ahí. Mirar, escuchar, pensar... Y, a veces, ocurre algo curioso, porque cuando dejo de intentar combatir el aburrimiento, descubro que quizá no estaba aburrido.

Quizá simplemente estaba desacostumbrado a estar conmigo mismo. En esos momentos aparecen pensamientos que normalmente no tienen sitio en mi agenda. Ideas que no había considerado. Recuerdos. Preguntas. Incluso proyectos que creía olvidados.

El aburrimiento se convierte entonces en una oportunidad para vivir alerta, para acoger con agradecimiento todo lo que de bueno me proporciona la vida y para organizarme, ver las cosas más claras y tomar decisiones de cara al futuro más inmediato. Vivir el momento, me permite ser consciente incluso del riesgo que conlleva aburrirme y darme cuenta de que su significado, positivo o negativo, solo va a depender del valor que yo mismo le otorgue.

No siempre lo consigo, pero es cierto que el silencio deja espacio para que aparezcan cosas que el ruido cotidiano mantiene escondidas. Por eso empiezo a pensar que las vacaciones no deberían medirse solamente por el tiempo que pasamos en la playa, por los lugares que visitamos, las cosas que hacemos o las experiencias que acumulamos.

También deberían medirse por los momentos en los que no ocurre nada. Por esas horas que no estaban previstas. Por esa tarde en la que no sabemos muy bien qué hacer. Por ese rato en el que podemos mirar alrededor, mirar con atención a quien vive a nuestro lado y darnos cuenta, ser conscientes de que, en realidad, tenemos mucho, muchísimo más de lo que creíamos.

Mi padre, con 103 años y sentado en su sillón, probablemente tenía muchas menos posibilidades que cualquiera de nosotros para llenar un día. Y, sin embargo, no se aburría. No porque tuviera más cosas que hacer, sino porque sabía estar donde estaba. Porque vivía con plena consciencia.

Quizá esa sea una de las cosas que más necesitamos recuperar. Aprender que no todos los huecos de nuestra vida necesitan ser rellenados. Que no todas las horas tienen que producir algo. Que no todo silencio necesita una pantalla. Y que una tarde aparentemente vacía puede esconder una conversación pendiente con nosotros mismos.

Así que este agosto, cuando el aburrimiento amenaza, en lugar de preguntarme qué puedo hacer para que desaparezca, trato de preguntarme qué quiere decirme. Y recordando a mi padre (“Vivo el momento.”), encuentro respuestas que me sorprenden.

Y es que, a veces, las respuestas más sencillas son las que más tiempo nos lleva aprender.

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