Julio Revuelta Altuna

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He tenido mucho tiempo para prepararme para este momento. Tú mismo me dijiste en más de una ocasión, Julio, que llegaría antes de lo que yo quería admitir. Pero uno nunca está preparado para despedir a las personas que quiere y que han formado parte de su vida.

Hoy no se marcha solo un exalcalde de Logroño. Se marcha un amigo. Se marcha quien fue mi secretario general cuando tuve el honor de presidir el Partido Riojano. Se marcha una de las personas de las que más he aprendido en política y, sobre todo, una de las personas a las que más he admirado y querido.

Muchos recordarán a Julio como un hombre serio, reservado, incluso distante. Yo tuve la inmensa suerte de conocer al otro Julio. Al hombre cercano, generoso, profundamente amable, de afectos sinceros y de un extraordinario sentido del humor. Siempre recordaré su risa. Una risa franca, limpia, contagiosa, que aparecía cuando menos la esperabas y que derribaba esa imagen de severidad que tantos confundieron con frialdad.

Nunca me arrepentí de abrirle las puertas del Partido Riojano a pesar de lo difícil y duro que fue el proceso interno. Al contrario. Fue una de las mejores decisiones políticas y personales que he tomado. Siempre confié en su instinto, en su capacidad para analizar la realidad sin estridencias y en una honestidad que jamás vi quebrarse. Junto a él viví algunos de los mejores años de mi trayectoria política. No fueron años fáciles y, desde luego, tampoco estuvieron llenos de victorias. Pero aprendí que el éxito en política no siempre se mide por los cargos que se ocupan, sino por la dignidad con la que uno defiende aquello en lo que cree.

Julio entendía la política como un servicio. Nunca la utilizó para servirse de ella. Era un hombre honesto, y la honestidad, demasiadas veces, tiene un precio. No dudó en enfrentarse a quienes habían sido sus propios compañeros cuando entendió que estaban dejando de defender los intereses de Logroño para proteger intereses mucho menos nobles. Lo hizo sabiendo perfectamente lo que podía costarle. Y le costó mucho. Por ello fue atacado con una dureza que nunca mereció. Intentaron destruir su prestigio, su trayectoria y hasta su persona. Lo hicieron con una saña que solo puedo entender conociendo la maldad de quien dirigía esos ataques (que Dios confunda)... y que todavía hoy me resulta difícil comprender.

Y, sin embargo, nunca consiguieron destruir aquello que realmente importaba: su integridad.

Siempre he defendido que Julio Revuelta fue un lujo para Logroño. Como alcalde tuvo un proyecto de ciudad y la determinación y la valentía necesarias para hacerlo realidad. Respetó y ponderó el trabajo de quienes le precedieron, pero supo dejar una huella propia que, durante generaciones, formará parte del Logroño que disfrutamos. Probablemente haya sido uno de los alcaldes que mejor entendió esta ciudad.

Por eso duele que la ciudad no supiera reconocer en su momento toda su valentía y toda su determinación. Duele que no fuera tan generosa con él como él lo fue con Logroño. Pero aun confío en que el tiempo ponga las cosas en su sitio.

Porque el legado de Julio Revuelta no necesita grandes discursos para permanecer. Está en las calles, en los espacios, en la manera de entender Logroño como una ciudad pensada para las personas. Está también en una forma de hacer política basada en el trabajo, en el rigor, en la honestidad y en la convicción de que el interés general siempre debía estar por encima de otros intereses.

No sé si algún día su nombre ocupará el lugar de honor que merece en esta ciudad. Sinceramente, espero que sí. Pero, aunque ese reconocimiento llegue tarde o incluso no llegue nunca, la historia acabará haciendo justicia. Porque las ciudades conservan la memoria de quienes las hicieron mejores, aunque a veces tarden años en darse cuenta.

Siempre he pensado que el verdadero valor de una persona se mide cuando decide hacer lo correcto aun sabiendo que tendrá que pagar por ello. Julio lo hizo muchas veces. Fue valiente cuando era mucho más cómodo callar. Fue generoso cuando otros solo pensaban en sí mismos. Fue coherente cuando la coherencia tenía un coste. Por eso engrandeció la política, en un tiempo en el que demasiadas veces la política se empequeñece por culpa de quienes la entienden como una forma de poder y no como una forma de servir.

Por eso, para mí, Julio Revuelta pertenece a esa estirpe de logroñeses que pusieron a su ciudad por delante de sí mismos. Del mismo modo que otros defendieron Logroño con las armas frente al invasor en 1521, Julio la defendió en su tiempo con las únicas armas que conocía: la honestidad, el trabajo, la inteligencia, el diálogo y una lealtad inquebrantable a sus convicciones. Las circunstancias fueron distintas, pero el compromiso con Logroño fue igual de absoluto.

Descansa en paz, querido Julio. Espero que allí te encuentres con Raquel y sigáis riendo juntos con esa risa limpia que tanto disfrutamos en las campañas.

Ha sido un privilegio caminar un trecho de la vida a tu lado. Gracias por todo lo que me enseñaste. Gracias por tu confianza. Gracias por tu amistad. Gracias por tu ejemplo.

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