Cuando el odio vuelve a salir del armario
Llega de nuevo el Orgullo. Llegan las banderas, las manifestaciones, los conciertos, los mensajes institucionales y las fotografías de quienes, solo durante unos días, parecen descubrir la importancia de defender la diversidad. Y, sin embargo, cada año me hago la misma pregunta: ¿de verdad podemos permitirnos celebrar como si todo estuviera conseguido?
España es, con razón y gracias a los gobiernos progresistas, uno de los países más avanzados del mundo en el reconocimiento de los derechos de las personas LGTBIQ+. Hemos sido pioneros en muchos ámbitos. Hemos demostrado que una sociedad puede avanzar en igualdad sin que se derrumbe nada de lo que algunos anunciaban.
Pero precisamente por eso resulta tan inquietante observar lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Porque, mientras ocupamos los primeros puestos en los rankings internacionales de derechos, aumentan los delitos de odio. Mientras exhibimos leyes que son referencia para otros países, crecen los discursos que señalan a quienes son diferentes. Mientras celebramos la diversidad, demasiadas personas volvemos a preguntarnos, cuando caminamos por la calle, si es seguro coger de la mano a quien amamos.
Durante décadas, quienes tuvimos que vivir escondidos fuimos los homosexuales, lesbianas, bisexuales o trans. El armario era un refugio obligado frente al rechazo, la discriminación y, demasiadas veces, la violencia. Hoy, afortunadamente, millones de personas ya no tenemos que hacerlo y podemos vivir con una libertad impensable para generaciones anteriores. España es una democracia más libre, más justa y más decente gracias a quienes lucharon para que nadie tuviera que ocultar quién es o a quién ama.
Pero este año, al acercarse la celebración del Orgullo, no puedo evitar una reflexión inquietante porque quienes están saliendo ahora del armario ya no son las personas LGTBIQ+. Lo que está saliendo del armario, cada vez con menos pudor, es el odio. Un odio que creíamos derrotado. Un odio que durante años permaneció arrinconado por una sociedad que había comprendido que la igualdad no resta derechos a nadie y que la libertad de unos nunca amenaza la libertad de los demás.
Pero ese odio ha vuelto. No aparece ya con la estética agresiva de otros tiempos. Ha vuelto disfrazado de libertad de expresión. De sentido común. De defensa de la familia. De preocupación por la infancia. De batalla cultural.
Ha vuelto camuflado en discursos sobre la corrección política y convertido en una supuesta defensa de valores tradicionales. Ha vuelto bajo la apariencia de debates culturales que presentan a las personas LGTBIQ+, y especialmente a las personas trans, como un problema que resolver en lugar de como ciudadanos con los mismos derechos que cualquier otro. Pero sigue siendo lo mismo: la pretensión de que unas personas tenemos menos derecho que otras a vivir como somos.
No estamos ante un fenómeno aislado. Lo estamos viendo en numerosos países. Los mismos discursos, los mismos enemigos señalados, las mismas guerras culturales y las mismas estrategias de polarización aparecen simultáneamente en distintos lugares del mundo. Y lo más preocupante es que discursos que hace apenas unos años parecían confinados a los márgenes han comenzado a ocupar espacios de creciente normalidad. Nada de esto surge por casualidad.
Este odio ha encontrado altavoces políticos en una extrema derecha que se presenta como moderada y en un neofascismo que se traviste de extrema derecha para ocultar su verdadera cara. Ha encontrado plataformas digitales que multiplican su alcance. Ha encontrado líderes dispuestos a convertir la diferencia en una amenaza y el miedo en una herramienta electoral.
Y, por supuesto que cada persona es libre de votar a quien considere oportuno. Pero conviene recordar que los derechos que hoy disfrutamos no nacieron de la indiferencia. Fueron conquistados frente a quienes los combatieron. Y, ante esto, pensar que el cuestionamiento de los derechos de otros nunca acabará afectándonos a nosotros es una lección que la historia desmiente una y otra vez.
Por esto me sigue sorprendiendo que algunos todavía se pregunten por qué seguimos manifestándonos después de tantos avances. La respuesta es sencilla: el Orgullo no consiste en pedir privilegios. Consiste en exigir algo mucho más sencillo: que nadie sea insultado, agredido, discriminado o rechazado por ser quien es. Tan sencillo como esto. Y tan necesario.
Nadie debería tener que justificar quién es para poder vivir con tranquilidad. Por eso el Orgullo sigue siendo necesario. Porque es mucho más que una fiesta. Es memoria. Es resistencia. Es una declaración colectiva de que nadie debe vivir escondido por miedo al rechazo. Es el recuerdo de quienes tuvieron que soportar humillaciones, persecuciones y violencia para que hoy podamos vivir con más libertad.
Y también es una advertencia frente a quienes pretenden hacernos creer que la igualdad ya está conseguida. Frente a quienes minimizan las agresiones. Frente a quienes presentan la discriminación como una exageración de quienes la sufren. Frente a quienes quieren convertir los derechos humanos en una cuestión opinable.
Por eso el Orgullo es necesario. Porque los derechos nunca desaparecen de golpe. Primero se cuestionan. Después se ridiculizan. Más tarde se presentan como privilegios. Y finalmente hay quien intenta convencer a la sociedad de que pueden ser recortados sin consecuencias.
Pero los derechos de las personas LGTBIQ+ no han sido regalos. Han sido conquistas. Y todas las conquistas pueden ser cuestionadas si quienes creen en ellas se resignan a darlas por garantizadas. Los derechos nunca son definitivos. La igualdad legal no garantiza automáticamente la igualdad real y la libertad conquistada puede retroceder si dejamos de defenderla.
Por eso acudo a la manifestación a defender esos derechos. Los defiendo porque una sociedad que permite que una parte de sus ciudadanos viva con miedo es una sociedad menos libre para todos.
Durante décadas fuimos nosotros quienes tuvimos que salir del armario para conquistar nuestra libertad. Hoy nos toca impedir que sea el odio quien vuelva a instalarse cómodamente fuera de él.
Por eso volveremos a salir a la calle. No para celebrar una victoria definitiva. No para reivindicar una identidad frente a otra. No para dividir a nadie. Saldremos a la calle para recordar algo elemental: que la libertad solo es verdadera cuando es para todos. Y porque, mientras exista una sola persona que se sienta amenazada, rechazada y tenga miedo de mostrarse tal como es, seguirá habiendo razones para sentirse orgullosos y, sobre todo, para seguir luchando.
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