Manual de convicciones reversibles
A principios de este año, el presidente del Gobierno de La Rioja, Gonzalo Capellán, aseguraba en una entrevista en este mismo medio que “nunca pactaría con Vox y no es estrategia, es convicción”. Así, sin matices. Sin condiciones. Como quien traza una línea roja infranqueable… o eso parecía.
La entrevista sorprendió a muchos porque contrastaba abiertamente con el comportamiento general de su partido. Tanto que, de hecho, llegó a trascender incluso fuera de La Rioja. No es algo habitual, pero aquellas declaraciones llamaron la atención hasta el punto de que el siempre agudo y nada sospechoso de tibieza progresista Marc Giró llegó a decir que le gustaría entrevistar a Capellán. Le intrigaba, claro, porque un dirigente del Partido Popular tan rotundo frente a Vox merecía, como mínimo, una conversación. Y es que no todos los días aparece un “verso suelto” en la derecha.
Pero, la verdad es que la frase ha envejecido mal. Muy mal. Porque apenas unas semanas después, el mismo Capellán ha aparecido alineado con la dirección nacional de su partido, participando sin complejos en la presión a Vox para cerrar cuanto antes los acuerdos de gobierno en las comunidades donde el Partido Popular no suma sin ellos. Ya no hay distancia. Ya no hay incomodidad. Ahora hay prisa.
Hoy, viendo la foto de Capellán junto al resto de dirigentes del PP, presionando a Vox para que facilite gobiernos, uno no puede evitar preguntarse qué pensará ahora Marc Giró. Si sigue interesado en la entrevista… o si ahora la plantearía en otros términos. Quizá ya no para explorar una excepción, sino para analizar un caso bastante más común: el de las convicciones que duran exactamente hasta que hacen falta los votos.
Y claro, uno no puede evitar preguntarse si las convicciones de Gonzalo Capellán son tan firmes como dice… o si, en realidad, son perfectamente reversibles.
Porque lo de Vox no es un episodio aislado. No es un tropiezo. Empieza a parecer un método.
De hecho, esta misma semana hemos visto otro movimiento llamativo, un nuevo desmarque del discurso oficial de su partido, esta vez en relación con el apoyo casi unánime del Partido Popular a las posiciones belicistas de Estados Unidos. Capellán, en cambio, ha optado por mostrarse contrario a la guerra, adoptando un tono prudente, casi pacifista. Y, de nuevo, surge la duda: ¿convicción o cálculo? ¿Posición de principios o simple estrategia para ocupar ese espacio templado, ese centro político en el que intenta instalarse sin terminar de retratarse nunca?
Porque no es la primera vez. Lo vimos también con la dana. En un momento en el que se exigía claridad, responsabilidad y liderazgo, Capellán optó por la ambigüedad, por medir cada palabra, por no incomodar a nadie. Ni una posición firme, ni una crítica clara, ni un compromiso que pudiera generar desgaste. Perfil bajo. El justo para no molestar… y tampoco comprometerse. Aunque cuando el partido se lo pidió, se rompía las manos aplaudiendo al indigno Mazón en el homenaje de “desagravio” que le dispensó el PP.
Y eso, más que prudencia, empieza a parecer una forma de esconderse. Una forma de hacer política en la que lo importante no es tanto lo que se defiende, sino evitar el coste de defenderlo. Primero se marca distancia cuando conviene. Luego se guarda silencio cuando el terreno es incómodo. Y finalmente, cuando la realidad aprieta, se corrige el discurso sin demasiados problemas.
Lo hemos visto con Vox. Lo intuimos ahora con la guerra. Lo sufrimos durante la Dana cuando se escondió del homenaje de Estado a las víctimas poniendo como excusa la inauguración del nuevo césped del campo de fútbol de Navarrete.
Y, por si quedaba alguna duda sobre el marco en el que se mueve todo esto, ahí está esa frase que retrata toda una forma de entender la política en el Partido Popular: “mentir no es ilegal”. Una afirmación que no es solo un desliz desafortunado, sino toda una declaración de principios. Porque cuando se asume que la verdad es secundaria, todo lo demás encaja mucho mejor.
Encaja que se diga una cosa y se haga la contraria. Encaja que las líneas rojas desaparezcan sin explicación.
No estamos ante contradicciones puntuales del PP, ante un desliz o una mala tarde. Esto es algo más estructural. Es una manera de hacer política basada en la ambigüedad calculada. Se lanza un mensaje tranquilizador al electorado moderado, se construye una imagen de centralidad… y, mientras tanto, se deja siempre una puerta entreabierta para cuando la aritmética -la de verdad, la que decide gobiernos- obliga a tomar decisiones.
Por eso también conviene recordar que Capellán no es nuevo en esto. No es un recién llegado a la política al que se le pueda conceder el beneficio de la duda, porque ya formó parte de un gobierno que aplicó sin titubeos políticas profundamente ideológicas, alineadas con los sectores más duros de la derecha representada por el ministro Wert al que emuló desde La Rioja. Aquella etapa al frente de la Consejería de Educación no fue precisamente un ejercicio de moderación. Y eso, por mucho que ahora se intente dulcificar el relato, sigue ahí.
En ese contexto, lo de Capellán deja de ser sorprendente para convertirse en previsible.
¿A quién pretende engañar? Porque lo que estamos viendo con Vox no es una incoherencia aislada, sino la aplicación disciplinada de la estrategia que han ido desarrollando todos los barones de su partido y el propio líder nacional: mientras no necesito a Vox, lo desprecio; cuando lo necesito, lo normalizo. Y entre medias, intento mantener la ficción de que soy otra cosa. Más moderado, más centrado, incluso -por momentos-, casi homologable a posiciones progresistas.
Pero la política, como la vida, tiene ese pequeño inconveniente: que los hechos acaban pesando más que las palabras. Por eso cuesta tanto comprar este nuevo disfraz. Porque, en el fondo, todo encaja demasiado bien. Encaja el cambio de tono. Encaja la rapidez con la que desaparecen las líneas rojas. Encaja esa imagen junto al resto de dirigentes del Partido Popular, todos a una, aclamando a Mazón o reclamando acuerdos con Vox como quien reclama algo inevitable. Como quien ya ha asumido que aquello del “nunca” era, en realidad, un “ya veremos”.
Y es que quizá esa sea la verdadera enseñanza de todo esto. Que en el Partido Popular no hay un problema de contradicción, sino de sinceridad. No es que digan una cosa y luego hagan otra. Es que jamás dicen la verdad (“mentir no es delito”), si con ello consideran que pueden obtener un beneficio.
Y, en esta lógica, Capellán no es ningún verso suelto. Nunca lo ha sido. Ni antes, cuando aplicaba sin matices las políticas más duras de su partido, ni ahora, cuando intenta revestirse de una moderación que se desvanece en cuanto aparecen los votos necesarios. Su trayectoria es coherente, aunque su discurso no lo sea.
Y eso es, precisamente, lo relevante. No estamos ante un dirigente que cambia de opinión, sino ante alguien que adapta sus convicciones a las necesidades del momento.
No es convicción. Es estrategia.
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