Cuando el lobo se disfraza de cordero. (II) Mercosur, la mentira sanitaria y el daño al campo

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Hay mentiras políticas que buscan confundir. Otras, simplemente desgastar.

Y luego están las que hacen daño porque juegan con el miedo y dejan cicatrices. La mentira sanitaria sobre Mercosur pertenece, sin duda, a este último grupo.

En las últimas semanas venimos escuchado insistentes declaraciones de dirigentes del Partido Popular que, en perfecta sintonía con el mensaje también lanzado por VOX, denuncian que el acuerdo con Mercosur va a permitir la entrada de alimentos “peligrosos”, “producidos sin control” o incluso “envenenados”. Dicho así, sin matices, sin pruebas y sin el menor pudor. Incluso están promoviendo la presentación de iniciativas políticas en los parlamentos para evitar la entrada en Europa de productos que no cumplan con los estándares sanitarios europeos.

Y la verdad es que conviene parar un momento y hacerse una pregunta muy sencilla ¿de verdad alguien cree que la Unión Europea permitiría poner en riesgo la salud de sus ciudadanos? La Unión Europea tiene una de las normativas de seguridad alimentaria más exigentes del mundo. Esto no es una opinión, es un hecho contrastado. Y esa normativa no se suspende en la frontera, ni se flexibiliza porque un producto venga de América del Sur, de Asia o de la otra punta del planeta.

Todo alimento que entra en la UE debe cumplir exactamente los mismos requisitos que se exigen a los productores europeos en cuanto a límites de residuos, controles fitosanitarios, trazabilidad, inspecciones veterinarias y sistemas de alerta. Los mismos. Sin excepciones ni posibles atajos. Dicho de forma clara y para que no haya dudas: si un producto no cumple las normas europeas, no entra. Así de simple y así de contundente.

Por eso resulta tan grave escuchar a responsables políticos sembrar la idea de que Mercosur supone un riesgo sanitario. Porque al hacerlo no solo están mintiendo, sino que están cuestionando abiertamente el propio sistema europeo de control alimentario que ellos mismos han construido y defendido durante años.

Aquí se está produciendo una confusión interesada y muy rentable políticamente, entre dos debates distintos. Uno es legítimo. El otro es directamente falso.

Es legítimo hablar de competencia económica, de costes de producción, de diferencias laborales, del impacto que Mercosur puede tener en determinados subsectores. Ese debate es complejo, incómodo y necesario, pero es claramente legítimo. Lo que no es legítimo es mezclarlo con la seguridad alimentaria para sembrar miedo. 

Que en otros países se produzca con costes más bajos no significa, ni de lejos, que sus productos puedan saltarse los controles sanitarios europeos. De hecho, ocurre justo lo contrario porque los productos de terceros países están sometidos a controles reforzados en frontera.

Por lo tanto, cuando el PP habla de “alimentos peligrosos”, no está defendiendo al campo. Está utilizando el miedo como atajo político. Y eso, además de irresponsable, acaba volviéndose contra los propios agricultores, porque erosiona la confianza en el mercado y en las reglas del juego.

Hay, además, una paradoja que conviene señalar porque deja al descubierto toda la inconsistencia del discurso tanto del PP como de VOX que, en España, están presentando iniciativas parlamentarias para exigir que no entren en la Unión Europea productos que no cumplan los estándares sanitarios europeos. Que no se permita -dicen- la importación de alimentos tratados con sustancias prohibidas en Europa. Hasta aquí, nada que objetar. La reclamación, formulada así, puede sonar hasta razonable.

El problema llega cuando uno levanta un poco la vista y mira a Bruselas. Porque en las instituciones europeas, las áreas encargadas de garantizar que esas normas se cumplan están precisamente bajo el control de comisarios vinculados al propio Partido Popular europeo. Y, en el ámbito concreto de la sanidad y el bienestar animal, la responsabilidad recae en un comisario propuesto, ni más ni menos, que por el grupo Patriotas por Europa, es decir, propuesto por el espacio político neofascista en el que se integra VOX.

Dicho de forma sencilla, si alguien puede asegurar que los productos que entran en la Unión Europea cumplen las normas sanitarias, son precisamente ellos. Porque son sus comisarios, sus responsables políticos y sus mayorías en Europa quienes tienen esa competencia y esa obligación. Así que cuando PP y VOX insinúan que Mercosur va a colar productos peligrosos o tratados con sustancias prohibidas, lo que están diciendo en realidad es algo bastante inquietante, que no confían en sus propios dirigentes, que no se fían de sus propios comisarios y que no creen en el sistema de control y seguridad alimentaria que ellos mismos han establecido y gestionan en la Unión Europea.

Y eso ya no es una crítica al acuerdo. Eso es una desautorización en toda regla de su propia acción política.

Mientras tanto, aquí, en La Rioja, como decía en mi artículo anterior, seguimos atrapados en el ruido. Porque en una comunidad donde el sector primario se basa mayoritariamente en productos de calidad, con denominaciones de origen e indicaciones geográficas consolidadas, el debate debería ir justo en la dirección contraria.

Nuestros productos no compiten por volumen ni por precio. Compiten por calidad, origen, historia y prestigio. Y eso, en mercados internacionales emergentes, debería ser una baza enorme. Mercosur abre la puerta a millones de consumidores potenciales que lo que valoran precisamente es eso, el vino con identidad, el aceite de calidad, los productos diferenciados y la alimentación ligada al territorio.

Por tanto, la pregunta, incómoda para algunos, vuelve a aparecer, ¿qué está haciendo el Gobierno de La Rioja para preparar al sector ante esta realidad? ¿Qué planes de acompañamiento, promoción o internacionalización se están impulsando?  La respuesta, una vez más, es el silencio. O peor aún, el seguidismo del discurso alarmista y neofascista que sustituye el trabajo serio por titulares grandilocuentes.

La mentira sanitaria sobre Mercosur no protege al campo. Lo debilita. Introduce desconfianza, alimenta el miedo y distrae de lo verdaderamente importante que debería ser cómo garantizar que agricultores y ganaderos riojanos vivan dignamente de su trabajo en un mercado global. Pero, sobre todo, revela algo mucho más profundo y preocupante, un proyecto político que no confía ni en sus propios dirigentes, que desacredita las instituciones que gobierna y que prefiere el ruido al rigor, la exageración a la verdad y el oportunismo al compromiso.

Porque al final, el problema no es Mercosur. El problema es una política que necesita mentir para no asumir responsabilidades. Y cuando se juega con la salud, con el sustento del campo y con la confianza de la gente, eso ya no es estrategia. Eso es una irresponsabilidad mayúscula.

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