Rusia extrae potasio a cientos de metros de profundidad mientras la sal cede y puede acabar tragándose pueblos enteros

Los pilares de sal sostienen el techo pero nunca permanecen quietos

Héctor Farrés

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La estabilidad del suelo no siempre depende de lo que se ve en la superficie, sino de materiales que ceden poco a poco bajo presión. En Rusia, la sal se comporta como una masa que se deforma con el tiempo, y ese movimiento lento puede abrir huecos invisibles bajo pueblos enteros. Hay rusos que podrían caer al abismo por culpa de la sal porque viven o trabajan sobre terrenos donde el subsuelo cambia sin avisar, empujado por excavaciones profundas que no descansan.

Ese riesgo no nace de un episodio puntual, sino de una forma de extraer un recurso que exige convivir con desplazamientos continuos. La necesidad de entender cómo funciona ese proceso conduce a un hecho concreto que explica por qué el peligro existe.

El terreno cede aunque arriba todo parezca en orden

Rusia explota enormes yacimientos de potasio mediante redes subterráneas profundas que dependen de la estabilidad de la sal y requieren control permanente. Según Vandal, esas explotaciones se desarrollan a cientos de metros de profundidad y sostienen parte del suministro mundial de fertilizantes. La información técnica del sector describe complejos que no se parecen a una mina convencional, sino a extensiones horizontales que avanzan durante décadas. Esa escala obliga a mantener la producción mientras el terreno cambia de forma lenta pero constante.

La extracción profunda obliga a convivir con movimientos constantes bajo tierra

Lejos de limitarse a pozos aislados, las minas forman tramas de galerías que se extienden kilómetros bajo tierra. Las vetas de potasio no aparecen concentradas en un punto, sino repartidas en capas amplias, y eso fuerza a seguir el mineral de manera lateral. Con el paso de los años, cada complejo acumula cientos de kilómetros de túneles conectados por corredores principales. Por esas vías circulan cintas transportadoras, locomotoras eléctricas y vehículos de mantenimiento, creando una red interna pensada solo para maquinaria y turnos de trabajo.

El sistema más usado es el de cámara y pilar, que consiste en extraer gran parte del mineral y dejar bloques de sal intactos para sujetar el techo. En las minas rusas, esos pilares alcanzan tamaños comparables a manzanas urbanas. Los cálculos se hacen con modelos geotécnicos que miden la carga superior y la deformación progresiva del material. La sal no se comporta como una roca rígida, ya que fluye lentamente, y esa característica obliga a asumir que el espacio excavado nunca queda completamente quieto.

Las consecuencias acaban llegando a pueblos enteros

Esa deformación permanente explica la vigilancia continua que hay en estas instalaciones. Las explotaciones tienen sensores, realizan inspecciones periódicas y refuerzan tramos concretos cuando el terreno muestra cambios. También se cierran zonas de forma gradual para evitar fallos en cadena. Estas medidas buscan reducir el riesgo de colapsos que pueden transmitirse hacia arriba, afectando a capas más cercanas a la superficie. El control no elimina el peligro, pero permite anticipar movimientos que, de otro modo, pasarían desapercibidos.

Hundimientos enormes, desalojos y barrios levantados sobre galerías activas muestran cómo la vida diaria sigue adelante

Los problemas no se quedan bajo tierra. En áreas como Berezniki se han registrado hundimientos que abrieron dolinas de cientos de metros de diámetro tras inundaciones y disolución de la sal. Esos episodios obligaron a desalojos y al cierre de instalaciones. Ciudades como Solikamsk están asentadas sobre minas activas, con calles y edificios situados a pocos cientos de metros del entramado subterráneo. La vida cotidiana, por lo tanto, continúa mientras el terreno inferior sigue cambiando.

Todo este esfuerzo se concentra en la cuenca de Verkhnekamsk, en los Urales, una de las mayores reservas de sales potásicas del planeta. Empresas como Uralkali gestionan varias minas y plantas de procesamiento en la zona. La compañía produce alrededor de 11 o 12 millones de toneladas anuales de cloruro de potasio, cerca del 20% de la producción mundial, según datos de sus operaciones. Esa magnitud explica por qué Rusia mantiene estas explotaciones pese a los riesgos evidentes, ya que el potasio resulta esencial para la agricultura y su interrupción tendría efectos inmediatos en los mercados alimentarios.

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