El poder de las palabras (también en tiempos de ruido)
El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de propósitos, balances y una pregunta inevitable, ¿qué queremos cambiar? Casi siempre miramos hacia fuera -el trabajo, la política, la economía, los demás…-, pero rara vez nos detenemos en algo mucho más cercano y decisivo: las palabras que usamos cada día, cómo hablamos y, especialmente, las que nos decimos a nosotros mismos, cómo nos hablamos.
Las palabras no son solo sonidos ni adornos del pensamiento. Las palabras hacen cosas, construyen realidades, abren posibilidades o las cierran incluso antes de intentarlo. No son un detalle menor ni una moda de autoayuda. Son algo bastante más profundo. Lo aprendí cuando tuve la suerte de ser alumno de Rafael Echeverría, referente mundial del coaching ontológico y autor de La Ontología del Lenguaje, donde explica una idea que, una vez la interiorizas, ya no te abandona: el lenguaje no es inocente, no solo describe la realidad, también la crea.
Cuando hablamos, pasan cosas, no solo contamos lo que ocurre. Actuamos, abrimos posibilidades o las cerramos sin darnos cuenta. Nos definimos y definimos a los demás. Y muchas veces lo hacemos en piloto automático, sin pararnos a pensar en las consecuencias. Decirse “no puedo” no es una simple frase. Es como ponerse una barrera antes de empezar. Decirse “esto no va a cambiar” es renunciar antes de pelearlo. En cambio, decir “no sé todavía cómo hacerlo” cambia el terreno de juego. No arregla nada de golpe, claro, pero deja una puerta abierta. Y en momentos difíciles, una puerta abierta lo es todo. Este diálogo interno importa. Importa mucho. Pero importa todavía más cuando lo trasladamos al plano colectivo. Y es aquí donde el asunto se vuelve especialmente político.
Vivimos un clima de tensión permanente, un tiempo en el que las palabras se usan con demasiada frecuencia para confundir, desgastar o justificar decisiones que tienen consecuencias muy reales en la vida de la gente y nada de esto es casual. Antes de recortar un derecho, se recorta su significado. Antes de debilitar un servicio público, se le cambia el nombre, ya no es un derecho, es un coste; ya no es una inversión, es un gasto; ya no es un bien común, es una carga…
El deterioro del Estado del Bienestar no empieza solo en los presupuestos. Empieza mucho antes, en el lenguaje, en discursos que normalizan la desigualdad, que presentan lo público como ineficiente por definición y lo privado como solución mágica. En palabras que siembran desconfianza para luego justificar el abandono.
Rafael Echeverría dice también que “somos como hablamos y hablamos como somos”, y esta frase, llevada al terreno político, interpela directamente a quienes gobiernan y a quienes opinamos. Porque cuando el lenguaje político se vacía de humanidad, las políticas acaban haciendo lo mismo. Cuando se habla de personas como números, de derechos como privilegios y de servicios públicos como problemas, el resultado no es neutral, es profundamente ideológico.
No se trata de pedir buenas palabras sin contenido. El conflicto existe y debe existir. La crítica es necesaria, pero hay una diferencia enorme entre confrontar modelos y erosionar deliberadamente la confianza en lo común. Entre debatir sobre cómo mejorar lo público e instalar la idea de que no merece la pena defenderlo o ni siquiera intentarlo.
Además, no nos engañemos, este clima lingüístico acaba calando, ya que cuando el mensaje repetido es que “no hay alternativa”, que “no se puede”, que “esto es lo que hay”… se va construyendo resignación. Y la resignación es el mejor aliado de quienes quieren desmontar derechos sin demasiado ruido.
Por eso, quizá uno de los propósitos más sensatos -y más difíciles- para este nuevo año sea reapropiarnos del lenguaje. Cuidar las palabras con las que hablamos de sanidad, de educación, de dependencia, de igualdad. Nombrar lo público como lo que es: un pilar de cohesión, una conquista colectiva, una garantía de dignidad. Cuidar cómo nos hablamos cuando intentan convencernos de que defender lo común es ingenuo. Cuidar cómo hablamos de quienes dependen más directamente de esos servicios, sin estigmas ni desprecio, porque defender lo público también es defender un lenguaje que no lo desgaste, que no lo vacíe, que no lo convierta en caricatura.
Las palabras son espejo, sí, y por eso reflejan lo que somos. Pero también pueden ser pincel que nos permiten dibujarnos de otra manera, tanto en lo personal como en lo colectivo. En un momento histórico como el que vivimos, marcado por el ruido, elegir bien las palabras no es ingenuidad. Es una responsabilidad política de primer orden.
No vamos a arreglarlo todo de golpe. Nadie serio lo promete. Pero sí podemos decidir desde hoy algo que no es menor: no colaborar con el deterioro de lo público a través del lenguaje. No repetir como loros que los derechos “no son sostenibles”, que la sanidad pública “no funciona”, que la educación es un problema y no una inversión… Porque cada vez que esas frases se normalizan, el terreno se allana para el siguiente recorte.
Defender el Estado del Bienestar no empieza solo en los presupuestos ni termina en las leyes. Empieza mucho antes, en cómo se nombra la realidad. En negarse a aceptar un marco lingüístico que convierte lo común en sospechoso y el negocio en solución. En llamar a las cosas por su nombre. Recortar no es modernizar, privatizar no es gestionar mejor y resignarse no es realismo.
Cuidar las palabras hoy, no es un gesto estético ni una cuestión de formas. Es una posición política. Es decidir de qué lado estás cuando el ruido intenta imponerse al sentido común. Porque las palabras preparan el camino de los hechos. Y cuando se deja de defender lo público con claridad, acaba dejándose de defender también en la práctica.
Así que sí, en este nuevo año, quizá uno de los propósitos más incómodos -y más necesarios- sea este: No ceder el lenguaje. No regalar los marcos. No aceptar que nos digan que no hay alternativa. Porque, al final, no solo nos va la vida en defender lo público, también en cómo lo hacemos y en cómo lo decimos.
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