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Opinión - 'Traidores', por Rosa María Artal

Traidores

Felipe González con Page en el acto de Fedeto.
26 de junio de 2026 22:01 h

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Hay valores que cuando se rompen no suelen recuperarse si no es con cambios profundos. La confianza es uno de ellos, la que inspiran personas, grupos e instituciones por su credibilidad. Una sustancia, tan firme y tan frágil como el cristal, que al fracturarse no tiene fácil compostura. En absoluto, si se hace añicos. Y vivimos tiempos de grandes quiebras de valores que deberían ser sólidos y que empiezan a no parecerlo.

Al ver esta semana que Junts votaba con Vox la propuesta del PP para ver de echar por fin a Pedro Sánchez del gobierno -con una fórmula no establecida- recordé, como tantas veces me ocurre, a mi inolvidable amiga Àngels Martínez Castells, fallecida hace dos años. Qué hubiera dicho, en una de nuestras interminables charlas, aquella antifascista radical al ver a Junts en esas compañías. De izquierdas irrenunciable, seguía llamando President a Puigdemont, al reivindicar el derecho a poder decidir. Si quieren echar un vistazo a quién fue Àngels, entenderán cómo podría sentirse al ver a Junts votar junto a quienes no son precisamente un paradigma ni de la honestidad ni de la democracia. Traicionada, creo.

Así nos sentimos muchos ante quienes fueron volviendo del revés sus chaquetas, si alguna vez la tuvieron de verdad del lado progresista; ético, sobre todo. Porque no son evoluciones de madurez, hay actitudes actuales imposibles de aunar con un pasado sin trampas. Lo fuimos sabiendo, claro. Hasta llegar, por ejemplo, a ese Felipe González que suscitó tantas esperanzas en 1982 “brindando por la esperanza y el trabajo bien hecho”... ése que él terminaría haciendo a la perfección: el suyo. Ahora, podrido de dinero como tantos otros de sus colegas “críticos”, comparece siempre que Pedro Sánchez necesita una soga al cuello. Diría que es el político que más ha traicionado a la sociedad que le apoyó, porque esto va así: hacen el doble de daño las personas en las que confías que aquellas que ofrecen escasas expectativas desde el principio. Y en aquellos momentos tan críticos de superación de la dictadura, González se percibía como un ancla firme al progreso.

Las desavenencias con Sánchez surgen -como ya hemos recordado varias veces- porque se negó a dejar gobernar a Rajoy -que no contaba con mayoría- como quería González. Lo mismo que los autollamados “Críticos del PSOE” que siempre encuentran un hueco en las páginas de la prensa de derechas. Quieren liquidar a Sánches y lo argumentan de esta idílica forma: “Nuestro espíritu socialista se siente dolido y abochornado mientras se resquebraja la confianza en la política y las instituciones democráticas”. El jefe de esta facción es el exministro ultraliberal Jordi Sevilla.

Volviendo a Junts, hasta yo me siento traicionada por aquel Lluís Llach maravilloso que nos llevó a estirar con él la L´Estaca, el que hablaba del viaje a la Itaca de la vida y me contaba en las entrevistas para TVE el valor de la utopía.

Las decepciones no vienen de ahora, por supuesto, ha sido un proceso al que asistimos estupefactos desde hace tiempo. Y que no se circunscribe a nuestro país solo. Por él sabemos que en lo último que se puede confiar es en los traidores a la sociedad.

Lo de la justicia española, eso sí que es de nota. Claro que siempre hemos sabido de su ideología mayoritaria, pero en personas con tan altos cometidos cabría pensar -ingenuamente, si quieren- que, en la evaluación de los hechos, la aparcan para comportarse con la máxima rectitud. Y lo que vamos viendo demuestra que ni mucho menos lo hacen todos, aunque les moleste tanto oírlo.

Es lo del fiscal general Álvaro García Ortiz en un bochornoso juicio, la nauseabunda instrucción de un proceso, sin base también, a la esposa de Pedro Sánchez y lo mismo a su hermano. La utilización política de todo ello. Claro que parece haber casos de corrupción en el PSOE, aunque ni de lejos como los perpetrados por el PP, pero no son esos. Lo de Zapatero es otra cosa.

Todavía estamos a la expectativa de qué hay de cierto -más aún: de delictivo- en las acusaciones al expresidente socialista que parecía, este sí, paradigma de la honestidad. Y del progreso democrático, que cuenta y mucho. Siempre le maltrataron por ello desde la oposición. Y hay un cierto tufo a contaminación también en todo esto. Ahora bien, si no era tan ejemplar como parecía, se ha de calibrar en su justa medida.

Lo que está siendo absolutamente abominable es su exposición en la plaza pública contraviniendo derechos fundamentales. Divulgar por la entrega a organizaciones de extrema derecha hasta sus agendas personales no es un error, invalida a la justicia de un Estado de Derecho. Nadie, ni el juez, ni las acusaciones particulares, ni ningún político, aguantaría esa exhibición al desnudo que se le practica, inspirada, parece, por el odio y destinada sin duda a su destrucción como persona. Igual que hacen con todas sus dianas señaladas. El colmo es que el juez Calama, a quien competía preservar ese contenido, pida una investigación -¿de con qué mano lo distribuyó?- y, a la vez, ofrezca a la Hacienda Pública personarse como perjudicada por las joyas de la famosa e hiperdivulgada caja fuerte. Prejuzga la culpabilidad del investigado y lo difunde a los cuatro vientos. Es espeluznante.

Desnuden las agendas y móviles de Aznar -el de la soflama golpista-, de Ayuso, su novio y su voz aguardentosa en la Comunidad de Madrid con sueldo público, y daría para una saga de varios capítulos. Pero ni siquiera ellos merecen algo que se sale por completo de lo que un Estado de Derecho debe garantizar. Y si no se entiende así, las cosas están mucho peor aún de lo que parece.

Esta infecta conculcación de los derechos fundamentales de Zapatero nos muestra de qué manera la justicia y el periodismo pueden traicionar su propia esencia y a la sociedad a la que se dirigen. Porque el presunto periodismo tiene una gran parte de culpa. Hace falta un cuajo importante para publicar, comentar y criticar, agendas que les han llegado fraudulentamente con detalles completamente ajenos a los hechos en cuestión. Algunos miembros de la pocilga mediática hasta presumen de ello como si su labor de investigación hubiera ido más allá de abrir un correo que alguien les mandó ilegítimamente.  

Lo peor es que ni siquiera es un hecho aislado, cada vez son más y de mayor grosor en este escenario de puertas giratorias de la indignidad. Y grandes sectores de la sociedad, víctimas y cómplices a un tiempo, las consumen con la boca abierta a lo que caiga.

Echen un vistazo a cómo anda ya la cosa.

Nada ni nadie decepciona más que aquellos en los que se ha creído. Quizás hay bastante de autoengaño, aunque sea grande la pericia de los expertos en esta clase de corrupción moral. No hablemos sin embargo de emociones sino de los daños objetivos que hacen este tipo de personas, doblemente graves cuando afectan a instituciones y al conjunto de la sociedad.

Y ya que empecé hablando de Àngels Martínez Castells, les dejo con una especie de epitafio que dejó, útil para alzarse sobre el manto de los rastreros: “Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”. Lo escribió la poeta estadounidense Emily Dickinson y yo misma lo suscribo.

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