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OPINIÓN | '¿Y qué hacemos con los otros incendiarios?, por L.Taboada

¿Y qué hacemos con los otros incendiarios?

Los diputados de Vox en la Asamblea de Madrid, Isabel Pérez Moñino e Íñigo Henríquez de Luna, atienden a los medios en el Puesto de Mando Avanzado de Cenicientos el pasado sábado.
26 de julio de 2026 23:01 h

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Abro mis redes sociales que estos días es como abrir un bidón de material inflamable y mi algoritmo, que conoce mis debilidades, me sirve una colección de publicaciones de Fran Hervías, el ex secretario de Organización de Ciudadanos, el que fuera uno de los hombres de mayor confianza de Albert Rivera en Ciudadanos. Primero leo esto que comparte: “Un padre y un hijo multados por recoger piñas secas en Zamora”. Uno lee semejante titular y se imagina un operativo rodeando a un señor y un niño armados con dos bolsas del Mercadona. ¡El Estado ecosocialista contra unas piñas! Omite Hervías que la información en cuestión corresponde a finales de noviembre del año 2011 y que fueron dos policías municipales, no brigadas ecologistas encapuchadas, los que los denunciaron al padre y al hijo por arrancar piñas de los árboles.

Sigo deslizando el dedo y me encuentro con otra noticia compartida por Hervías: “El Ayuntamiento de Jirueque, pueblo de Guadalajara de 47 habitantes, obligado a pagar una multa tras limpiar su río”. ¡La burocracia woke endeuda ayuntamientos responsables! Omite también el exdiputado que La Confederación del Tajo sancionó al Ayuntamiento por excavar y depositar material sin autorización o concesión administrativa de este organismo, tal y como la propia Confederación aclaró.

Y de ese modo funcionan los otros “incendiarios” de nuestro tiempo. Les basta con compartir media noticia descontextualizada, no tiene ni que ser actual, y dejar que la indignación y los prejuicios hagan el resto. Han conseguido que buena parte de España crea que la legislación forestal consiste en perseguir a un jubilado que recoge cuatro ramas para la estufa, que los montes arden porque los ecologistas prefieren vigilar ladrones de piñas antes que apagar incendios o que la Agenda 2030 -ese comodín que ya explica desde el precio de la luz hasta el tráfico de la M-30- es la culpable de que no se pueda desbrozar, abrir cortafuegos o limpiar montes, aunque este punto haya sido una y mil veces desmentido.

Suelen ser, además, los que más apelan a “escuchar a la gente del campo”, pero solo a la gente del campo que confirma sus prejuicios. Porque cuando los bomberos forestales llevan años denunciando que faltan efectivos, que se les impide actuar en invierno haciendo el imprescindible trabajo preventivo de gestión de la vegetación, que no hay planificación suficiente ni recursos estables, entonces se convierten en peligrosos sindicalistas.

Los datos oficiales no dicen que la mayoría de los incendios los provoquen pirómanos, sí que tienen origen humano y que, de ellos, aproximadamente siete de cada diez se deben a negligencias o imprudencias —muchas relacionadas con quemas agrícolas o trabajos mal ejecutados—, mientras que solo alrededor de uno de cada cuatro es intencionado. Es decir, claro que hay incendios evitables. Claro que la gestión forestal importa. Y claro que existen ejemplos de éxito, como el de Vizcaya, donde una política sostenida de prevención, aprovechamiento forestal y mantenimiento del territorio da buenos resultados.

La evidencia científica dice que donde hoy se producen incendios suelen ser más intensos, menos predecibles y más numerosos ejerciendo una presión creciente sobre los servicios de emergencia. Los recientes incendios de Ávila y Madrid lo confirman. Así que gestionar un monte hoy en día exige planificación, inversión, vigilancia, prevención y desarrollar una nueva pedagogía forestal en consonancia con el nuevo contexto climático, y nada de eso se espera a corto plazo en algunos territorios vencidos, para más inri, a los ecobulos y al negacionismo.

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