A toda hostia
Escucha la crisis vital de tu amiga en un audio de WhatsApp acelerado a x2. ¿Quieres ver el siguiente capítulo? Espera diez segundos sin siquiera mover un músculo. Consume series verticales de noventa segundos por episodio desde tu teléfono móvil. Escucha lo más relevante del día en un minuto. Un tiktoker te explica en cuarenta segundos la crisis de Ceuta. Cuece patatas en el microondas en apenas un minuto. Prepara fideos instantáneos en tres. Compra pipas peladas para poder comerlas más rápido. Satisface tu hambre con una barrita. Ingiere una bebida con las calorías suficientes para cubrir el 25% de tu necesidad energética diaria. Llama ocio a lo que siempre fue tiempo libre, porque también el ocio exige un trabajo de planificación ya que todo está reservado, incluidas nuestras agendas para hacer planes. Haz uso del tobogán de aceleración infinita de la IA para resúmenes, carteles, composiciones, dosieres, traducciones o dudas.
Todo está ya sometido al músculo de la prisa. Hemos construido (o han construido por nosotros) una cultura en la que incluso detenerse veinte minutos a comer puede parecernos una pérdida de tiempo. Del “no tengo tiempo para cocinar” hemos pasado directamente al “es que no tengo tiempo ni para comer”. Porque si lo importante de comer, más allá del ritual o la compañía, es obtener nutrientes, ¿para qué cocinar? ¿Para qué elegir, cortar y mezclar ingredientes? ¿Para qué siquiera masticar? La comida puede convertirse en un líquido nutricionalmente calculado que beber delante del ordenador mientras sigues trabajando. La eficiencia nos ha regalado la posibilidad de hacer más cosas. Y hemos decidido utilizarla para, oh sorpresa, para hacer más cosas.
En el año 1999, el escritor, periodista y divulgador científico estadounidense James Gleick lo vio venir en su obra ‘Faster: The Acceleration of Just About Everything’. Allí decía lo siguiente: “Te aburres sin hacer nada, así que sales a dar una vuelta en coche. Te aburres conduciendo, así que enciendes la radio. Te aburres conduciendo y escuchando la radio, así que haces una llamada con el móvil. Te das cuenta de que ahora estás conduciendo, escuchando la radio y hablando por teléfono, y sigues aburrido”. El aburrimiento, explicaba, “es una invención moderna. La palabra aburrimiento apenas existía hace un siglo”. Resulta muy revelador porque este libro lo escribió incluso antes de las redes sociales, TikTok, Spotify, WhatsApp a 1,5× o buena parte de la economía de la atención contemporánea, pero Gleick ya había detectado esa presión por comprimir cada vez más actividades dentro del mismo tiempo y esa necesidad de que cualquier hueco vital reclamase inmediatamente otra actividad.
¿Así que deberían extrañarnos los malos resultados del informe PISA? Pues no. En la página 79 aparece detallada una de las claves. Dice el informe que el descenso en la nota media podría estar relacionado con la capacidad o la disposición del alumnado para mantener una atención concentrada en tareas de lectura exigentes. Explica que la proporción de lectores apresurados —aquellos que dieron respuestas rápidas e incorrectas— aumentó en unos cinco puntos porcentuales, en promedio, pasando del 7% en 2018 al 12% en 2025. Pero que, al mismo tiempo, disminuyó la proporción de preguntas sin responder. ¿Qué sugiere esto? Pues que el alumnado se mostró más inclinado a responder rápidamente en lugar de dejar sin responder las preguntas difíciles. Vamos, lo rápido por encima de lo correcto. No sé qué os parece a vosotros, pero yo diría que se asemeja bastante al mundo que les hemos enseñado.
Algunos profesores llevan tiempo diciendo que la escuela tiene que ir a contracorriente de la inmediatez favoreciendo la lectura pausada y la reflexión. Pero, ¿cómo conseguirlo si incluso los propios temarios van a toda leche? Una vida completamente optimizada no deja espacio a la espontaneidad ni a la introspección. Tampoco a la duda, que siempre necesita su tiempo. Ni por supuesto al aburrimiento, que no sirve aparentemente para nada y por eso sirve para tantas cosas. Si para los adultos ya resulta difícil, y eso que conocimos el aburrimiento analógico, imaginad para una generación que creció en un mundo en el que ya no tenían que esperar por nada.
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