Cazar inmigrantes (y votos)
En los últimos años no ha habido una sola gran crisis nacional en la derecha española haya demostrado un mínimo sentido de Estado. Ni una sola. Antes que defender los intereses estratégicos del país, antes incluso que la coherencia con alguna de sus propias posiciones políticas, está su obsesión por desgastar al Gobierno. Así que Ceuta, naturalmente, no iba a ser la excepción.
Y mira que hay críticas legítimas que hacer. El Gobierno debe explicar por qué los servicios de inteligencia fueron incapaces de anticipar una entrada que difícilmente pudo improvisarse en cuestión de horas, qué información manejaba el CNI, o por qué insiste en señalar a las mafias sin apuntar con claridad al papel de las autoridades marroquíes.
Pero es que, en apenas unas horas, hemos oído al secretario general de Vox, José María Figaredo, pidiendo que se “cace” a los inmigrantes para devolverlos a Marruecos. ¡Cazar! Mientras su partido llamaba al presidente del Gobierno “puto psicópata” en redes sociales. Santiago Abascal aterrizaba en Ceuta —tres días después, que el yate asturiano no le quedaba cerca— no para aportar una sola propuesta diplomática, sino para avivar el enfrentamiento, calificando de “invasores” a chavales con el rostro descompuesto que solo creían haber encontrado una salida a la miseria. Alberto Núñez Feijóo legaba a afirmar, sin aportar pruebas, que lo ocurrido “se conocía desde principios de esta semana”. Marta Rivera de la Cruz contribuía a la confusión difundiendo un bulo que acabaría desmintiendo ella misma. Y así, uno tras otro, en una espiral de declaraciones incendiarias, desinformación y oportunismo en la que ni siquiera me voy a detener ya en los Alvise de turno.
Ninguno de ellos parece mínimamente interesado en discutir la verdadera dimensión del problema. Hace apenas unos meses trascendió que un informe del Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes de Estados Unidos se refería a Ceuta y Melilla como ciudades situadas en territorio marroquí “bajo administración española”. Desde hace años, Rabat y Washington han estrechado una alianza de intereses cuyo principal hito fue el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de la incorporación de Marruecos a los Acuerdos de Abraham y de la normalización de sus relaciones con Israel. El mismo día de la entrada de migrantes a Ceuta, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, felicitaba públicamente a Mohamed VI con motivo del Día del Trono alabando la excelente relación entre ambos países, mientras culpaba a Pedro Sánchez de todo lo sucedido.
Ese era el tablero sobre el que se está jugando la partida. ¿Escuchamos alguna reflexión seria desde la derecha española sobre todo esto? Evidentemente no. Porque exigir una estrategia de Estado obligaría a reconocer que el problema, la instrumentalización por parte del régimen marroquí de la desesperación humana como arma política contra España, es algo muchísimo más complejo que descalificar a Pedro Sánchez.
Pero más allá del casi enfermizo y permanente pulso al sanchismo, en hay un trasfondo bastante más grave en medio de una tragedia con 72 muertos (en el momento en el que escribo esta columna): todos los que se dicen guardianes de las raíces cristianas han asumido un discurso construido sobre la deshumanización y el odio hacia los que huyen de la miseria. Y todos los que se llenan la boca con la palabra “patria” convierten cada crisis en una oportunidad para debilitarla.
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