La inexorable 'VIPerización' de Madrid
De la pretensión de exclusividad se ha nutrido el deporte desde siempre. Torneos como Wimbledon llevan décadas siendo inaccesibles para buena parte de los mortales, y algo parecido ha ocurrido siempre con la Fórmula 1. Lo que me resulta más difícil de digerir es la progresiva VIPerización de los espacios, sean o no deportivos, con los mejores asientos o vistas reservados para patrocinadores, empresarios, influencers, políticos y demás habitantes de ese ecosistema difuso del privilegio.
Madring es el último ejemplo. La organización anunció originalmente unas 20.000 plazas de hospitality y VIP para el Gran Premio de España de F1, celebrando que se convertiría así en la carrera europea con mayor oferta de este tipo de entradas. Esa cantidad representa alrededor del 15,4% del aforo. Vamos, aproximadamente 1 de cada 6,5 espectadores eran VIP. El problema evidente es su desproporción, esa sensación de que el acontecimiento se diseña cada vez más para que los embajadores de marcas se paseen por los espacios habilitados para hacerse su correspondiente galería de fotos para Instagram.
Esto mismo lleva tiempo ocurriendo en el Mutua Madrid Open, convertido en un hervidero de empresarios, celebridades, influencers e “hijos de”. Lo que sucede alrededor del tenis (vamos, el dejarse ver, lo que ahora se conoce como “networking”) es ya más importante que el tenis en sí. De hecho, muchos tenistas han jugado con las gradas media vacías en las rondas iniciales. En el propio recinto hay zonas mega exclusivas con ostras, sushi ilimitado, champán, DJs o incluso un “beach club” porque puedes estar en un torneo de tenis creyendo que subes fotos desde Ibiza.
Y lo mismo ocurrió también durante la celebración del Mundial de fútbol porque ni siquiera una celebración popular se escapa de esta lacra. Frente al escenario al que se subieron los futbolistas en la Plaza de Cibeles se extendía una amplísima zona reservada a familiares y otras personalidades, entre ellas numerosos políticos o expolíticos, mientras los aficionados quedaron relegados varios metros más atrás. Quienes habían salido a la calle a 35 grados durante horas para celebrar a sus jugadores estaban separados de ellos por un enorme espacio destinado a personas cuya relación con aquella victoria era, cuando menos, circunstancial (no hablo, claro, de los familiares). El plano aéreo daba hasta pudor.
La VIPerización se ha ido extendiendo progresivamente en conciertos, festivales, restaurantes o terrazas. Todo tiene ya su pulserita con otro brillo, la acreditación al cuello con las tres letras gloriosas, algún acceso preferente o algún palco elevado. Y así, a fuerza de multiplicar la exclusividad, Madrid corre el riesgo de convertir algunos de sus grandes acontecimientos en escaparates de privilegio antes que en experiencias colectivas. Esta es una contradicción especialmente llamativa en el deporte cuya fuerza reside precisamente en ser una experiencia compartida. Aunque probablemente ese sea el objetivo, en realidad.
Imagina haber pagado más de 500 euros por un asiento en Madring con una visibilidad mejorable para acabar descubriendo que los verdaderamente privilegiados son quienes han entrado gratis, invitados por una marca que quizás ni siquiera tiene que ver con la Fórmula 1. Pues así, cada vez, con más cosas.
0