La eclosión de la mentira
Cuatro muertos, 14 policías heridos y 52 detenidos. Son las cifras de la eclosión definitiva de la mentira. No hay más motivo que una simple y llana mentira repetida hasta la saciedad por un presidente derrotado y casi demente, que ha construido silenciosamente desde su despacho, sin mancharse las manos, el horror y la vergüenza vividos en el Capitolio en lo que parecía una sesión parlamentaria apacible en Washington, y que acabó convirtiéndose en uno de los episodios más frívolos de la democracia norteamericana, llevado a la práctica por decenas de supremacistas que se han creído como borregos la falsedad infinitamente refutada del fraude electoral. El -hasta el momento- último episodio de delirio de Donald Trump, tan encerrado sin escapatoria en su personaje, tan inmune a la humillación porque él mismo agota sin prejuicios todas las posibilidades de ridículo, es la culminación definitiva de los últimos cuatro años de políticas a merced del dinero y de las empresas, del beneficio de unos pocos y la disgregación de la desigualdad, pero también es la cúspide de una vuelta irrevocable al pasado que hace cuatro años hubiera parecido una exageración al nivel de la propia parodia intoxicada de populismo del presidente.
“Esto es un asalto a lo más sagrado de los esfuerzos americanos. En estos momentos, nuestra democracia se halla bajo un ataque sin precedentes. Esto no es una protesta, es una insurrección”. De esta forma tan tajante y nítida valoró Joe Biden la calamidad, y corroboró con sus palabras una idea tan verosímil que parece mentira que solo en una situación de tal extremismo cobre verdadero sentido: lo peor es solo inevitable cuando ya ha sucedido. Quién iba a pensar que cientos de exaltados asaltarían la cámara donde reside la soberanía nacional de la democracia más antigua del mundo, y que no se pudiera hacer nada para evitarlo, igual que ha sucedido con muchos otros acontecimientos desastrosos a lo largo de la historia, y que no es preciso mencionar. Y es que en lugar de alejarse, da la sensación de que ese pasado histórico se vuelve cada vez más presente: igual que los nazis se basaron en el argumento irracional de la raza y en el puro nacionalismo para validar el horror y el exterminio, el asalto sin piedad de la democracia y de la libertad, los zafios americanos se han fundamentado en otro razonamiento carente de justificación, pero esta vez relacionado con el infalible procedimiento electoral, para sembrar el pánico en el Capitolio y convertir una noche que debería haber sido la ratificación lógica, democrática y tranquila de la victoria de Biden en noviembre, en una lucha irracional contra el poder establecido, saldada además con cuatro muertos.
Las imágenes son horrorosas: mientras diputados y senadores, durante el ejercicio sosegado de sus funciones, contaban los votos, una muchedumbre enfurecida se manifestaba en los aledaños del Capitolio, saltaba los muros de piedra blanca y de mármol, alzaba la voz con megáfonos y quizás desviaba la atención de lo que ya estaba sucediendo dentro, sin que nadie pudiera controlarlo al principio. Un grupo de supremacistas blancos lograron entrar en el edificio, provistos según los informes policiales de armas de fuego, de cócteles molotov, algunos de bombas caseras, incluso de sus teléfonos móviles para grabar y hacerse selfies que inmortalizaran su locura, liderados por una especie de personaje, una caricatura disfrazada de bisonte, que portaba la bandera de Estados Unidos y gritaba consignas y mentiras, aterrorizando a los congresistas, que buscaban refugio durante unos minutos debajo de las mesas antes de ser evacuados, cuando las fuerzas armadas lograron mantener el control de la situación.
Hay veces que una calamidad menosprecia y vuelve insustanciales las diferencias que la provocaron, pero no los canales de comunicación que ayudaron a construirlas: las empresas tecnológicas que las sustentan se empeñan en hacernos creer que la humanidad progresa gracias a las redes sociales, pero habría que preguntarse si ese progreso es positivo, o, como parece más evidente, negativo. En esto Trump es un auténtico experto: las redes sociales se han convertido en un campo abonado para la radicalización, en una burbuja inabarcable de información sesgada y de extremismo ideológico, donde las personas leen y escuchan aquello que confirma sus opiniones, y donde el populismo oportunista de Trump tiene vía libre para difundir mentiras que acaban convirtiéndose en mensajes leídos y simultáneamente compartidos por millones de seguidores. “STOP THE COUNT!”, es el primer eslogan revelador de la alucinación de Trump en la noche en la que ya daba por perdidas las elecciones, y alrededor de aquellas tres simples palabras se tejió un entramado de mentiras que calaron en los supremacistas blancos hasta desembocar en la esperpéntica insurrección de Washington. Pero todas las farsas y todas las actuaciones idénticas de Trump en internet fueron durante un tiempo irrelevantes: sirvieron para distraer de la opinión pública lo que se gestaba en el interior de su excentricidad, de las políticas realmente dañinas no solo para la sociedad americana, sino para el conjunto del planeta. Sin embargo, hace dos meses, tras la derrota electoral frente a Joe Biden, sin política alguna que llevar a cabo en el horizonte de sus dos últimos meses en el despacho oval, las payasadas culminaron en un arrebatador discurso infectado de mentiras y de falsedades de las que el propio Trump era consciente, pero que sin embargo terminó por envenenar también a una gran parte de su electorado.
Justo cuando las imágenes más duras llegaban a las televisiones, cuando una mujer cayó al suelo fulminada por un disparo en el pecho, sucedió, también vía Twitter, lo más esperpéntico de la noche. Con la tranquilidad de encontrarse a unos kilómetros al norte de la ciudad, resguardado en la Casa Blanca, Trump, víctima de su propio delirio y el de los suyos, publicaba un vídeo que aumentaba la irrealidad de la situación, en el que no solo no condenaba la violencia y la irrupción antidemocrática de sus seguidores, sino que repetía otra vez más el discurso de fraude y los calificaba de personas “muy especiales”, mostrando al mundo entero hasta dónde es capaz de llegar, qué fronteras se cree legitimado a cruzar con tal de no aceptar el resultado de la democracia y su marcha definitiva de la presidencia.
Ni la imaginación más pesimista de todas podría haber vislumbrado hace poco más de cuatro años, en noviembre de 2016, la magnitud del desastre que se avecinaba: el autoritarismo, el gobierno del dinero, la banalidad de los argumentos, la separación aún más honda entre la pobreza y la riqueza, pero sobre todo la legitimación sistemática de una burda mentira han corrompido hasta el extremo a la política y la sociedad norteamericanas, alimentando el odio y el engaño en multitudes de perturbados que los ha inducido a atacar el orden establecido en defensa de una farsa, que además de ser periódicamente difundida en las redes sociales, ha contado con la complicidad de algunos medios de comunicación conservadores. Para fortuna del país y del planeta, la democracia se impuso finalmente a la rebelión armada y violenta, y la sesión parlamentaria se pudo reanudar tras seis horas de incertidumbre para avalar la victoria de Biden.
Pero esta eclosión de la mentira no es fortuita, ni sucede solo dentro de los límites de Estados Unidos. Es probable que este horror durante unas horas vivido no se quede ahí, en una anécdota, en un susto espantoso, y que nos convenga ir adaptándonos a que lo nuevo no sea lo prometedor y lo ilusionante: más bien lo siniestro, lo impensable, lo superado más allá de cualquier límite de cordura. El populismo incontrolable de Trump actúa igual en su despropósito que la negación de todo argumento racional de Bolsonaro, o que la risa cínica de Boris Johnson tras romper Europa, o que el sectarismo insaciable de Vox, y todos en su conjunto están contribuyendo con una tenacidad invisible a destruir la coherencia política en gran parte del mundo, a arrebatarla en virtud de las mentiras y del odio, a oscurecer un porvenir sin esperanza que ya ha eclosionado en el golpe violento a una solemne sesión parlamentaria, y que todavía nadie puede imaginar lo que deparará en el futuro que a cada paso se prevé más desalentador.