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Sobre toros y toreros

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Hay un toro de Osborne pintado con la bandera palestina que se yergue imponente sobre un montículo en la autovía de Murcia a Madrid. Cada vez hay menos de estos preciosos animales en las carreteras, quizá por descuido, pues están considerados desde hace veinticinco años elementos decorativos del paisaje y reconocidos como patrimonio cultural. Nuestra cultura es un tesoro y se la maltrata, como a los toros. Los tiempos han cambiado, ya no existen Ava Gardner ni Cabré ni Dominguín, Ni Ordóñez ni Orson Welles ni las duquesas flamencas de postín, aunque persiste el grosero fumando un puro. Resulta un chiste estimulante y kármico que el símbolo de la España negra y triste del siglo pasado se convierta ahora en un muro de protesta, el reflejo de lo que piensan hoy los españoles. Se han dicho muchas cosas de este toro icónico, querido, indultado, hace tiempo en extinción, pero las que más me gustan son las que menos se destacan. Puede que sea verdad eso de que representa el espíritu español, porque ahí sigue en lo alto. Maltrecho, orgulloso, libre, pero sobre todas las cosas, vivo. 

Las corridas de toros, como sus hermanos de chapa metálica desaparecerán en un futuro cercano. A la antigua fiesta nacional, moribunda, se le cortará algún día el trinque de las subvenciones. Apenas hay público. Se llama vergüenza social. Hagan memoria de los empresarios ilustres que no van a hacer negocios desde hace años por ejemplo, a los mejores palcos de la Feria de Septiembre, no solo porque la tortura animal es delito. El libre mercado, que es listo, detecta que es una ordinariez, como su poso ideológico de carnicería y pasodoble. Al toro se le humilla igual que al pensamiento civilizado, la ocurrencia de la Tauromaquia como Bien de Interés Cultural en Murcia, en Madrid, en todas las comunidades donde mandan quienes mandan, y en las que abren, como en Cehegín, escuelas de tauromaquia para niños hambrientos, sin estudios y dóciles. 

El pasado sábado de Gloria hemos tenido una muestra muy antropológica de los miembros del Gobierno regional en plan empanadillas, creo que sin Manolas, en la reapertura de la plaza de toros de Lorca. Se han publicado fotos y tomas de televisión, of course la autonómica, pero lo interesante no es sólo la foto del toro ahogándose en su vómito. Es el sonido, como publicó hace nueve años el cámara de Radio Televisión Española José Sepúlveda durante una corrida en Valencia. Si el sonido no fuera el de los olés, las palmas y demás, si fuera el que recoge el Seinnheiser 816, micrófono que capta a excelente calidad y a pie de ruedo, se escucharían las banderillas al entrar en la piel, los mugidos de dolor del animal a cada tortura que se le somete, primeros planos de las heridas, coágulos como la palma de una mano, la sangre acompasada al latir del corazón o la mirada (porque llora) del animal antes de la estocada final. Si todo eso se escuchara, al noventa por cien de ese público se le atragantaría el pastel de carne, juraría por sus difuntos más calientes que eso no es arte ni cultura y firmarían la Iniciativa Legislativa Popular por la Abolición de la Tauromaquia que arrancó el mes pasado, para que las diecinueve miradas de las autonomías lloren las mismas lágrimas que el toro.  

En las afueras de la plaza lorquina cientos de personas, miembros de protectoras y la Coordinadora por los Derechos Animales de la región de Murcia, con eco en Europa, protestaban contra la matanza de unos animales asustados que un público ruidoso y primitivo jaleaba por diversión. En la calle, la realidad: al común de la gente con un mínimo de sensibilidad nos repugna este mal llamado festejo. Por los animales, por su vida y su dignidad, pero también porque se entiende que en ese anacrónico lenguaje de verónica, tercio, puya estocada y puntilla para rematar y al desolladero con las mulillas, lo que nos quieren contar es otra cosa. O eres toro o matador. Tal vez sea esto. Bien mirado en el fondo, es lo de siempre. Da igual lo que la peña opine, piense. También pretenden torearnos a nosotros.   

Hay un toro de Osborne pintado con la bandera palestina que se yergue imponente sobre un montículo en la autovía de Murcia a Madrid. Cada vez hay menos de estos preciosos animales en las carreteras, quizá por descuido, pues están considerados desde hace veinticinco años elementos decorativos del paisaje y reconocidos como patrimonio cultural. Nuestra cultura es un tesoro y se la maltrata, como a los toros. Los tiempos han cambiado, ya no existen Ava Gardner ni Cabré ni Dominguín, Ni Ordóñez ni Orson Welles ni las duquesas flamencas de postín, aunque persiste el grosero fumando un puro. Resulta un chiste estimulante y kármico que el símbolo de la España negra y triste del siglo pasado se convierta ahora en un muro de protesta, el reflejo de lo que piensan hoy los españoles. Se han dicho muchas cosas de este toro icónico, querido, indultado, hace tiempo en extinción, pero las que más me gustan son las que menos se destacan. Puede que sea verdad eso de que representa el espíritu español, porque ahí sigue en lo alto. Maltrecho, orgulloso, libre, pero sobre todas las cosas, vivo. 

Las corridas de toros, como sus hermanos de chapa metálica desaparecerán en un futuro cercano. A la antigua fiesta nacional, moribunda, se le cortará algún día el trinque de las subvenciones. Apenas hay público. Se llama vergüenza social. Hagan memoria de los empresarios ilustres que no van a hacer negocios desde hace años por ejemplo, a los mejores palcos de la Feria de Septiembre, no solo porque la tortura animal es delito. El libre mercado, que es listo, detecta que es una ordinariez, como su poso ideológico de carnicería y pasodoble. Al toro se le humilla igual que al pensamiento civilizado, la ocurrencia de la Tauromaquia como Bien de Interés Cultural en Murcia, en Madrid, en todas las comunidades donde mandan quienes mandan, y en las que abren, como en Cehegín, escuelas de tauromaquia para niños hambrientos, sin estudios y dóciles.