La vivienda vuelve a organizar los barrios: el nuevo asociacionismo que planta cara al discurso del odio en Murcia

Apilados sobre las estanterías de La Minerva conviven libros sobre antirracismo, antiespecismo o anarquismo; sobre una de las mesas se amontonan pequeños panfletos, en varios idiomas, con un mismo mensaje: “Las vecinas del Carmen nacemos donde queremos” y, como un rastro de la memoria del barrio, el antiguo letrero de los cines Floridablanca permanece todavía en el local. Ahora, en este espacio de la calle Princesa de la capital murciana, se aprende español, se organizan asambleas, se cose, se hace autodefensa, se reparan objetos y se habla de vivienda.

La Minerva lleva un mes y medio abierta y es uno de los dos espacios desde los que Al Tresbolillo intenta volver a tejer comunidad en El Carmen. El otro es Casa Revuelta, en la plaza Actor Cecilio Pineda. Son dos locales cedidos por sus propietarios en buenas condiciones y que el colectivo quiere autogestionar, abriéndolo a asociaciones, colectivos y vecinos del barrio.

La inauguración oficial de ambos espacios será el 24 de este mes, aunque la fachada de Casa Revuelta ya ha sido vandalizada. El pasado viernes, el mural de las persianas que representa un pasillo que conecta Palestina a través del Mediterráneo con el símbolo del naranjo en flor y un bordado huertano tradicional pintado por el artista Taqi Spateen fue recubierto por las banderas de España e Israel.

En la orilla sur del río Segura, a un paso del centro de Murcia, El Carmen concentra a casi 25.000 vecinos siendo el más populoso de una capital con casi 480.000 habitantes. Figura entre los barrios con mayor presencia de población extranjera del país: el 36,2% de sus habitantes tiene otra nacionalidad, según los Indicadores Urbanos del Instituto Nacional de Estadística con datos de 2024. Es también un distrito con un patrimonio que forma parte de la historia de la ciudad, donde se encuentra el Jardín de Floridablanca, abierto en 1786 y considerado el primer jardín público de España; el Puente de los Peligros, que lo une con el casco antiguo; el antiguo Cuartel de Artillería, actualmente un polo cultural; y la estación de trenes Murcia del Carmen.

“La vivienda lo está cambiando todo”. José Daniel Espejo, uno de los fundadores de Al Tresbolillo, lo explica un martes por la mañana en La Minerva. Regenta la librería Libros Traperos y dedica, junto a otros miembros del colectivo, cuatro o cinco horas diarias de forma voluntaria a mantener en marcha el proyecto.

La vivienda es, para ellos, algo más que una reivindicación. Se ha convertido en un nuevo punto de conexión: “Esta crisis rompe todas las barreras y nos empuja a conectarnos con los demás”, explica Espejo.

Una técnica de la Huerta

Al Tresbolillo toma su nombre de una técnica tradicional de cultivo de la Huerta de Murcia: el tresbolillo, que distribuye las plantas en zigzag para aprovechar mejor el espacio. La imagen sirve también para explicar la filosofía del colectivo: personas y grupos distintos que mantienen su autonomía, pero se relacionan para hacer crecer algo común.

La necesidad de recuperar comunidad coincide con un momento de fuerte movilización por la vivienda y con un contexto político marcado por el avance de los discursos de exclusión. El grupo inicial de Al Tresbolillo rondaba las 15 personas. Ahora Espejo calcula que entre 40 y 50 participan de forma activa en asambleas y grupos de trabajo. “Por suerte, de todas las edades”, subraya.

“Éramos gente ya políticamente activa y había cierta red progresista que intentaba reforzar la vida comunitaria del barrio, la participación ciudadana y la convivencia”, cuenta Espejo.

Entre quienes formaban aquella red estaba también Isis, psicóloga y una de las fundadoras del colectivo. Pero el contexto del barrio empezó a cambiar y la actividad vecinal adquirió una dimensión más política. “Empezamos a ver movimientos xenófobos a nuestro alrededor y discursos de odio que estaban calando entre nuestras vecinas, señalando al migrante y vinculándolo con la delincuencia y la suciedad”, relata.

Una inseguridad “creada”

Con el lanzamiento de la asociación Mi Barrio del Carmen hace un año y medio comenzaron a detectar a su alrededor discursos contra la población migrante. Espejo considera que esos mensajes utilizaban un “campo semántico muy racista” para construir un relato sobre el barrio.

Una parte de esa disputa por el relato se produjo a través de las redes y de las conexiones televisivas que comenzaron a aparecer sobre el barrio durante la primavera del año pasado. Espejo recuerda que después empezó a escuchar en plazas, supermercados y bares a vecinos preocupados por la supuesta inseguridad de El Carmen. Él considera que buena parte de esa percepción era una “inseguridad además creada, que no se apoya en ningún dato real de violencia o de delito”.

La primera respuesta fue casi anónima. Empezaron a pegar por el barrio carteles con un mensaje sencillo: “Las vecinas del Carmen nacemos donde queremos”. “Queríamos visibilizar, pero sin poner nuestras caras ni nada; no sabíamos muy bien lo que estábamos haciendo”, recuerda Isis. Algunos carteles duraban poco. Los arrancaban quienes no compartían el mensaje. Pero también se encontraron con frases como “Vecinas, no estáis solas” o con corazones, cuenta Isis.

La respuesta se hizo todavía más visible cuando abrieron los espacios. Algunos vecinos empezaron a acercarse para agradecer que existiera un lugar desde el que defender otra idea del barrio. “Cuánto me alegro de que esté esto, porque si no parece que todo el mundo se ha vuelto racista de repente”, recuerda Espejo que les decían.

El Carmen tiene, además, una tradición de movilización que ayuda a entender la facilidad con la que una reivindicación puede terminar en algo colectivo. Espejo lo define como un barrio “popular” y “trabajador”, pero también con un fuerte sentimiento de pertenencia.

Un laboratorio de “respuesta ciudadana”

Recuerda las movilizaciones por el soterramiento del AVE, la ocupación de las vías y el conflicto en torno al paso a nivel, así como las resistencias vecinales ante determinados cambios relacionados con la movilidad y la actividad comercial. “Son fenómenos que son muy locales y que terminan arrastrando a la sociología del barrio”, sostiene.

Ahora esa capacidad de organización se desarrolla en un contexto diferente. Espejo considera que la última oleada migratoria ha coincidido con una debilitación de algunos recursos de los servicios sociales del Ayuntamiento de Murcia, un repunte del sinhogarismo y el auge de la ultraderecha.

“Todo eso ha convertido al barrio en un laboratorio de difusión de mensajes de odio. Pero también -y esa es nuestra parte- en un laboratorio de respuesta ciudadana, de convivencia, de democracia local y de esperanza”, afirma.

Con la apertura de los locales, “nuestra herramienta fundamental es la presencialidad”, dice Espejo. Frente a unas redes sociales que considera convertidas en una “maquinaria de confusión, desconfianza y miedo”, el colectivo apuesta por la posibilidad de encontrarse físicamente. “Encontrarte con el otro y hacer cosas juntos”, resume.

La Minerva es la expresión más concreta de esa apuesta. Cerca de 200 personas se han suscrito al proyecto, según Espejo. “Se ha llenado ya de actividades. Está que hierve esto”, resume Espejo.

Clases de español, karate feminista y un repair café

Las clases de español son una de las actividades con mayor demanda. Hay autodefensa y karate feminista. Dos veces al mes funciona un repair café, donde los vecinos llevan objetos estropeados para intentar repararlos juntos. Los martes se celebra un taller de poesía. También está 'Las Hacendosas', un encuentro de costura que no funciona tanto como un curso como un espacio para aprender unas de otras y, sobre todo, “juntarse a hablar y a echar la tarde”. Y hay un club de lectura sobre maternidades disidentes.

La Minerva sirve además para las reuniones de distintos colectivos. Allí se han encontrado personas procedentes de Mali y Costa de Marfil, el Sindicato de Vivienda, grupos de apoyo a Palestina y otras organizaciones sociales.

“Los vecinos y los colectivos que trabajan aquí, y la gente interesada en utilizar el espacio, tienen voz en su organización”, explica. Participan en los gastos, las normas de convivencia, la regulación de la actividad y los horarios.

La vivienda es uno de los principales puntos de conexión entre todas esas redes. El Sindicato de Vivienda de Murcia utiliza La Minerva para sus reuniones y asesorías colectivas. Cualquier vecino puede llevar allí un problema relacionado con el alquiler y buscar junto al resto posibles vías para afrontarlo. “La vivienda es una reivindicación fundamental en el barrio”, afirma Espejo.

El funcionamiento colectivo permite que alguien que llega con un problema no tenga que afrontarlo en solitario. El conocimiento acumulado por el grupo sirve para estudiar las posibilidades legales, negociar con un propietario o buscar alternativas ante un desahucio.

Toñi Rojo, trabajadora social de 31 años y miembro del sindicato, insiste en que quien acude a una asesoría no se convierte en usuario de un servicio: “No somos una ONG, no somos una entidad, no somos trabajadoras sociales. Tienes que hacerte partícipe de tu propio caso y se gestiona de forma colectiva”. En las asesorías, las vecinas que ya han pasado por una situación parecida cuentan cómo la resolvieron, y cuando varias personas comparten casero, como ocurre en algunos bloques con un único propietario, se ponen en contacto entre ellas. “Se trata de darle autonomía y herramientas a la gente para que pueda resolver sus propios casos y de colectivizar ese saber porque muchas situaciones se dan por falta de información o de recursos”, explica.

Jorge Molina, de 37 años, trabaja en administración y es uno de los portavoces del sindicato. Los problemas que llegan a las asesorías se repiten y uno de los más frecuentes es la negativa a devolver la fianza, “una práctica que han cogido”. Rojo añade los contratos de temporada que se renuevan año tras año para viviendas que en realidad son permanentes, los pisos sin contrato y los propietarios que impiden empadronarse porque no tienen la vivienda declarada. “Muchas veces el propietario se aprovecha del desconocimiento de una persona que no tiene estudios o que viene de otro país para poner cualquier cosa en el contrato, y nos encontramos con contratos ilegales”, explica. La mayoría de los casos, añade, tienen que ver con multipropietarios; muy pocos, con caseros que alquilan una única vivienda.

El sindicato llegó a La Minerva después de dos años celebrando asambleas allí donde les prestaban un espacio, en distintos barrios de la ciudad y con frecuencia en el local de la CGT, también en El Carmen. “Al final, nuestro epicentro ha sido el barrio del Carmen, que es un barrio con una situación de vivienda muy conflictiva”, explica Rojo.

La organización surgió en octubre de 2024 del entorno del Ateneo La Canalla, una asociación anarquista de Murcia, aunque después siguió su propio camino, y su punto de partida fue una concentración por la vivienda en la plaza de la Merced que reunió a mucha gente. “Nació de esa necesidad: la gente necesitaba un espacio donde hablar de sus situaciones, juntarse y trabajar sobre el tema”, recuerda Rojo. De aquella concentración salió una pequeña asamblea que dedicó sus primeros meses a fijar unas bases políticas, una estructura de comisiones y unos objetivos a medio y largo plazo.

Sin una vivienda estable no hay barrio

Molina fue uno de los organizadores de aquellas primeras movilizaciones. Cuenta que veían cómo surgían sindicatos de inquilinas en otras ciudades del país y que consideraban “imprescindible” que Murcia tuviera una organización capaz de “hacer frente a los intereses de los rentistas y los especuladores”. En la ciudad ya existía la PAH, con la que mantienen una “relación estrecha”, pero se había centrado en el problema hipotecario de la anterior crisis.

Para Rojo, sin una vivienda estable no hay barrio posible: “Si me tengo que estar mudando cada seis meses porque tengo un contrato temporal, ¿para qué voy a conocer a mis vecinas si me voy a ir?”. El efecto alcanza también a quienes se quedan porque “la persona que lleva 50 años en ese bloque ve que cada año pasan vecinas nuevas”.

Según Molina, la transformación de El Carmen se aprecia en “los locales comerciales que se están convirtiendo en vivienda o infravivienda”, muchos sin cédula de habitabilidad y algunos sin ventanas ni ventilación. El sindicato observa el mismo proceso, más lento que en ciudades como Málaga, en La Paz y la Fama, donde se multiplican los desahucios y los fondos compran pisos uno a uno para hacerse después con bloques enteros. “Son barrios que están muy cerca del centro y que, a la vez, están muy lejos”.

Esa presión cae con más fuerza sobre la población migrante, la misma a la que señalan los discursos sobre la inseguridad, y ‘El racismo también desahucia’ es una de las consignas del sindicato. Molina relata casos de propietarios que dividen sus viviendas en habitaciones y alquilan cada una a una familia a precio alto, y Rojo cuenta que cuatro mujeres con las que trabaja viven así. “Si vives en una habitación con seis personas no puedes integrarte, no puedes convivir porque no puedes traer a nadie a tu casa”, denuncia Rojo, que denuncia un “racismo inmobiliario” que afecta incluso a personas nacidas aquí con apellidos que no se identifican como españoles.  

La coordinadora del sindicato la forman hoy entre 20 y 25 personas voluntarias que compaginan la militancia con sus trabajos y cargas familiares. Rojo, que trabaja con mujeres migrantes en Molina de Segura, conoce el problema de cerca: su padre lleva diez años con un proceso de desahucio en Archena y ella ha tenido que mediar con bancos y abogados desde los 16 años. “Dentro del tercer sector muchas veces la militancia no es posible porque estás atada de pies y manos, así que hay que llevarla afuera”.

“Si tenemos alguna esperanza de superar esta crisis y de recuperar formas de habitar las ciudades, es precisamente a través del asociacionismo, del sindicalismo de base y de las organizaciones de apoyo a la inquilina”, defiende Jose Daniel Espejo.

La integración es, en cualquier caso, uno de los retos que el propio colectivo reconoce. Isis admite que declararse antirracista no significa saber automáticamente cómo construir una convivencia intercultural: “Nosotras podemos ser antirracistas, pero creo que todavía nos falta mucho para tener códigos realmente de integración”, reconoce. Han creado un grupo de trabajo específico para aprender a hacerlo. La dificultad, explica, está en pasar de una posición de rechazo al racismo a construir herramientas concretas para convivir con personas que tienen experiencias y procedencias diferentes. “Cuando se trata de convivir, es que no sabemos hacerlo realmente”, explica.

“Islamización y pérdida del comercio local”

José Soler, jubilado de 66 años, preside la asociación Mi Barrio del Carmen, fundada en el verano de 2025 y que, según él, reúne a 500 personas en su grupo de WhatsApp y a 28.000 seguidores en redes, donde constantemente publica vídeos de peleas, hurtos o personas sin hogar en el barrio grabados por vecinos. Soler fue vocal de Vox en la Junta Municipal del Carmen, pero niega cualquier vínculo con el partido y asegura que le expulsaron precisamente por defender la neutralidad de la asociación: “Vox quiso quedarse con la sede y a mí me echaron de Vox por la asociación”. Afirma que entre sus miembros hay votantes de todos los partidos y que en el grupo está prohibido usar la palabra “moro”.

Soler también rechaza que la asociación vincule la inseguridad con la inmigración -“los delincuentes son los delincuentes y la gente de cada nacionalidad es su nacionalidad”-, aunque distingue entre los inmigrantes que llegaron hace años y los que han llegado “últimamente”, que en su opinión “no vienen a trabajar”. Preguntado por datos, responde que muchos vecinos no denuncian: “Las estadísticas están ahí, pero la realidad está en la calle”.

Por su parte, el concejal de Vox en el Ayuntamiento de Murcia Fernando Sánchez-Parra también ha contribuido a difundir este tipo de discursos a través de vídeos dramatizados en sus redes sociales. En uno de ellos recorre el barrio de El Carmen mientras aparecen rótulos como “islamización y pérdida del comercio local”. La cámara se detiene ante el Café Al Baraka, en la esquina de la calle San Marcos, mientras el edil plantea a sus seguidores si “tu barrio también ha cambiado”. En otro momento, señala la apertura de una oficina de abogados especializada en extranjería, a la que acusa de colaborar con “las mafias y las ONG de la inmigración ilegal”, y contrapone el cierre de comercios tradicionales con la apertura de establecimientos que, según afirma, “los españoles ni usamos”. El vídeo remata con un “menos halal y más producto local”.

El discurso coincide con el que el concejal ha trasladado al debate municipal sobre El Carmen, donde vincula los cambios comerciales y demográficos con la inmigración. El pasado junio, Sánchez-Parra fue denunciado por la Policía Local tras un incidente en una zona de ocio de Murcia, cuando un aparcacoches de origen argelino aseguró que el edil le había amenazado con un espray de pimienta. Los agentes le intervinieron el aerosol al comprobar que no estaba homologado para su uso en España. Sánchez-Parra reconoció que lo llevaba, aunque afirmó que desconocía su ilegalidad y negó haberlo utilizado contra el hombre.