Cómo responder a un niño que miente, según un psicólogo: “No es lo mismo mentir por miedo que por vergüenza”

Cuando un niño miente muchos padres se sienten desconcertados por este comportamiento. Pero mentir, igual que otras formas de actuar, suele tener su origen en emociones difíciles de regular para los niños. Podemos imaginarla como un iceberg: la mentira es la punta visible sobre el agua, mientras que debajo se esconde una compleja historia de sentimientos y motivaciones que impulsan este comportamiento. Comprender estas bases emocionales es fundamental para abordar las causas reales de la mentira. 

“Desde la psicología del desarrollo, la mentira infantil es un fenómeno más complejo: puede tener que ver con evitar un castigo, obtener un beneficio, proteger la propia imagen, probar límites o preservar la intimidad”, nos explica Giuseppe Iandolo, Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta, Responsable de Psise - Servicio de Psicología Clínica del Desarrollo en Madrid. 

La mentira: una parte del desarrollo infantil

La capacidad de mentir es una parte del desarrollo infantil. Si bien parece contradictorio, este avance cognitivo demuestra un progreso significativo en el crecimiento mental del niño porque, cuando lo hace, significa que puede albergar dos verdades en su mente de manera simultánea: la verdad y lo que nos va a decir. Y esto es muy importante. Demuestra lo que el psicólogo llama la “’teoría de la mente’, es decir, la capacidad de representar lo que uno sabe, lo que sabe el otro y cómo una afirmación puede modificar la creencia del interlocutor”.

Esto significa que el niño comprende que los demás tienen pensamientos, creencias y perspectivas distintas a las suyas. Y es lo que nos ayudaría a abordar la situación con curiosidad y compasión, en lugar de con ira o castigo. Nos recuerda, además, que nuestros hijos están en constante crecimiento y aprendizaje, incluso de maneras que inicialmente pueden parecernos negativas. 

Pero no todas las mentiras son iguales: no es lo mismo que la diga un niño de dos años que uno de ocho. Cuando son más pequeños, suele tratarse de “afirmaciones falsas muy simples, a menudo relacionadas con una transgresión o a un deseo inmediato, pero con poca capacidad para sostener el engaño”, afirma Iandolo. 

Las mentiras también cambian con la edad

A medida que el niño crece, la mentira cambia y la intención también. “Hacia los cuatro o cinco años aumenta la frecuencia de mentiras para ocultar una conducta; sobre los seis años son más capaces de adaptar su relato a lo que el otro sabe o cree y, con siete u ocho años, el engaño puede volverse más elaborado y coherente”, matiza el especialista.

Pero, ¿por qué lo hacen? Hay varias razones detrás de la mentira. Muchas veces lo hacen para evitar el castigo, para escaparse de problemas por algo que han hecho mal. O para conseguir algo que desean. También para proteger los sentimientos de alguien porque, a medida que desarrollan empatía, pueden mentir para evitar herir los sentimientos de otra persona. Incluso lo pueden hacer para establecer vínculos, porque mentir es la forma en que un niño busca conectar con los demás, es una de las herramientas que tiene para cubrir su necesidad de conexión. 

Otras veces pueden sentirse confundidos y tienen dificultad para distinguir entre la realidad y la fantasía. O, simplemente, mienten por curiosidad y quieren poner a prueba los límites mientras intentan comprender su entorno. 

Entender estas motivaciones puede ayudar a reaccionar con mayor eficacia cuando descubrimos que nuestros hijos mienten. Porque, como hemos visto, en la mayoría de los casos la mentira no surge de la malicia, sino de un malentendido, un deseo o un miedo.

Reaccionar ante una mentira: evitar la humillación para buscar la honestidad

Aunque, como hemos visto, las mentiras de los niños más pequeños suelen ser una parte normal de su desarrollo, esto no significa que deban ignorarse. Para Iandolo, “la pregunta clave no debería ser solo ‘¿por qué me ha mentido’ sino ‘¿qué función ha cumplido esta mentira?’ No es lo mismo mentir por miedo que por vergüenza, o para evitar una consecuencia, por deseo de agradar, por fantasía, por presión del grupo o por no saber cómo reparar un error”.

Nuestra reacción inicial marca la pauta de toda la interacción. Lo primero que hay que hacer es no reaccionar de forma exagerada. Hacerlo con enojo puede poner al niño a la defensiva, lo que aumenta la probabilidad de que siga mintiendo para evitar la culpa. 

“Una respuesta muy intensa puede desplazar el foco: el niño deja de pensar en lo ocurrido y se centra en escapar de la reacción adulta”, explica Iandolo. Mantener la calma permite crear un espacio para que el niño pueda expresarse con sinceridad. 

Por tanto, la manera cómo enfocamos la mentira y cómo nos expresamos es fundamental. Así, en lugar de acusar o sacar conclusiones precipitadas es mejor hacer preguntas para comprender mejor la situación. Para Iandolo, “no es lo mismo decir ‘has dicho algo que no era verdad’ que ‘eres un mentiroso’”. Este enfoque invita al niño a explicar su punto de vista sin sentirse atacado. 

Más que centrarnos en las mentiras, es mejor enfocarnos en decir la verdad y “abrir una conversación breve y concreta del estilo ‘creo que esto no ocurrió así. Me interesa saber qué pasó para ayudarte a arreglarlo’”, explica Iandolo. Tampoco servirá de mucho culpar o avergonzar a un niño por mentir; sí será más útil intentar conectar con sus sentimientos. 

Es clave también trabajar juntos para encontrar soluciones y generar confianza. “Si ha roto algo, puede ayudar a arreglarlo; si ha culpado a otra persona, puede pedir disculpas; si ha ocultado una nota, se puede revisar qué miedo había detrás”, afirma Iandolo. La finalidad de todo ello, más que descubrir la verdad, es “enseñar que decirla permite buscar soluciones”, explica el especialista.

La mentira puede crecer con el niño, así que lo mejor es actuar en edades tempranas. Porque cuando un niño pequeño miente todavía está aprendiendo a tolerar la frustración, la culpa o la desaprobación. “Más tarde, cuando la mentira se repite, se vuelve instrumental o aparece junto a otros problemas como aislamiento, agresividad, ansiedad, bajo rendimiento, conflictos familiares o miedo al castigo, y esto significa que necesita más acompañamiento”, advierte Iandolo.

Comprender por qué mienten los niños y abordarlo con empatía y compasión puede transformar este comportamiento en una oportunidad de crecimiento. Al fomentar un entorno de confianza y reconocimiento, los padres pueden ayudar a sus hijos a desarrollar la honestidad y la capacidad de regular sus emociones, habilidades que les serán útiles a lo largo de su vida.

“La honestidad no se enseña castigando la mentira, se aprende en un clima donde los errores se pueden reconocer, reparar y pensar. Los adultos ayudan más cuando combinan límites claros con una actitud segura: ‘decir la verdad es importante y, aunque haya una consecuencia, vamos a resolverlo juntos’. Esta combinación de norma, vínculo y reparación permite que el niño pase de evitar castigos a comprender la confianza en un valor”, afirma Iandolo.

Por tanto, “la respuesta adulta debe ayudarle a decir la verdad, reparar el daño y confiar en que reconocer un error no destruye el vínculo con sus padres o educadores”, concluye el especialista.