Quizás no debí tirar más fotos: por qué documentamos constantemente la vida de los niños

18 de julio de 2026 22:23 h

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Hace poco más de un mes, mientras disfrutábamos de un cumpleaños infantil colectivo, observé de cerca una escena que me dio que pensar. El escenario: un trozo de parque, césped, varios árboles, una fuente cercana, una cancha de baloncesto. Un poco más de cerca: tres mesas con distintos manteles decorados con motivos florales, varias guirnaldas, una estación casi profesional de preparación de perritos calientes, tres tartas, cada una al gusto de su cumpleañero, y un altavoz esparciendo cumbia a un volumen aceptable y agradable.

Llega la hora de soplar las velas y los cumpleañeros se colocan delante de sus tartas, dispuestos a soplarlas. Sus compañeros y compañeras de clase los rodean y se preparan para cantar el cumpleaños feliz. Una segunda fila de madres, padres y otros familiares levanta sus teléfonos móviles casi al mismo tiempo. Los niños soplan las velas, comienzan los primeros aplausos tras el cántico cuando, de repente, alguien exclama: “¡No! Repetidlo, por favor, que no le he dado a grabar”. Las velas vuelven a encenderse. Los niños se recolocan. Se canta otra vez. Los homenajeados vuelven a soplar. El cumpleaños ocurre por segunda vez para que pueda existir la primera.

La escena tiene algo cómico, incluso entrañable, y dice mucho de nosotros. No solo porque hagamos muchas más fotografías, en general, sino porque cada vez nos cuesta más aceptar que una experiencia pueda ocurrir sin dejar de inmediato una prueba de que ha ocurrido. O, peor todavía, como si ninguno de los más de doce adultos alrededor pudiera pasarte su vídeo o su foto por WhatsApp. Había que tener el propio.

¿Existe un momento si nadie lo fotografía? ¿Si nadie lo publica? La respuesta es evidente: claro que sí, pero nuestro comportamiento cotidiano parece decir otra cosa. Repetimos el soplido de las velas porque la cámara no estaba grabando. Buscamos el ángulo perfecto antes que el acontecimiento. A veces incluso interrumpimos la experiencia para asegurarnos de que, más adelante, podremos demostrar que estuvimos allí. Piensa en los conciertos a los que has ido, en ese spot tan instagrameable en tus vacaciones o en la puesta de sol alrededor de la cual se congregan decenas de personas haciendo exactamente la misma fotografía.

Cada vez nos cuesta más aceptar que una experiencia pueda ocurrir sin dejar de inmediato una prueba de que ha ocurrido

Cada vez vivimos más pendientes de que la vida pueda ordenarse después en una buena historia. Elegimos el restaurante por la terraza, el hotel por las vistas, el rincón desde el que mejor se ve el concierto o el banco desde el que la foto quedará mejor encuadrada. El relato empieza a condicionar la experiencia antes incluso de que esta tenga lugar.

La infancia es, probablemente, el territorio donde esa lógica se manifiesta con más claridad. Antes incluso de que nazca un bebé, se empieza a producir archivo: la prueba de embarazo, la primera ecografía, el vídeo en el que se comunica la noticia a los abuelos. Últimamente, las redes están llenas de vídeos de fiestas de gender reveal en las que se pincha un globo y se descubre el género del bebé: azul si es niño, rosa si es niña.

Pienso en la evolución de los ecógrafos, por ejemplo. Las ecografías 3D y 4D no nacen de una necesidad médica: los ecógrafos convencionales ya cumplen esa función en la inmensa mayoría de los casos. Estas versiones existen, sobre todo, para ofrecer una experiencia emocional: permiten distinguir un rostro que todavía pertenece al futuro. ¿Qué dice de nosotros el deseo de ver con nitidez la cara de alguien que aún no ha nacido? ¿No nos hace cierta ilusión la sorpresa en el momento del nacimiento? Después llegarán el primer baño, el primer diente, el primer dibujo, el primer cumpleaños, el primer día de colegio. Vivimos rodeados de primeros momentos y cada uno reclama su fotografía, su vídeo, su carpeta, su copia de seguridad.

Nunca una generación había producido un archivo tan exhaustivo de la infancia. Y, sin embargo, no estoy segura de que estemos hablando de memoria, sino de relato. La infiltración de las redes sociales en nuestras vidas ha cambiado nuestra forma de contarnos, de recordarnos, de construir nuestra propia identidad. Vivimos en una cultura obsesionada con narrarse a sí misma. Las marcas ya no venden productos: cuentan historias. Los políticos hablan continuamente del relato y nosotros también.

Nunca una generación había producido un archivo tan exhaustivo de la infancia. Y, sin embargo, no estoy segura de que estemos hablando de memoria, sino de relato. La infiltración de las redes sociales en nuestras vidas ha cambiado nuestra forma de contarnos, de recordarnos

¿Será por eso que fotografiamos los cumpleaños y no un martes cualquiera? ¿Por eso guardamos el primer dibujo, pero no los doscientos siguientes? Filmamos el primer chapuzón del verano, pero no la tarde cualquiera en la que una criatura pasa dos horas inventándose un mundo con cuatro palos y una manta. No archivamos la vida, sino aquello que encaja en una narración que nos satisfaga. Una narración necesita un principio, un conflicto, momentos decisivos y un desenlace. La vida, en realidad, está hecha de repeticiones; de martes cualesquiera, de conversaciones que olvidamos, de tardes que parecían iguales y que solo muchos años después comprendemos que significaron algo. Quizá por eso fotografiamos los hitos: porque son los únicos momentos que parecen dejarse convertir fácilmente en un relato.

Esa obsesión por convertir la vida en archivo me acompañó durante días. Volví a encontrarla, de otra manera, leyendo Hija única (Temas de Hoy, 2026), la novela de la escritora y editora Carlota Visier, en la que Irasema, una niña nacida en Cuenca en los años noventa, descubre que su infancia había empezado a escribirse mucho antes de que ella misma pudiera contarla. No porque hubiera una cantidad ingente, casi obscena, de fotografías o recuerdos, sino porque alguien —su madre— había decidido qué conservar, qué ordenar y qué merecía formar parte de la historia familiar. Al fin y al cabo, un archivo nunca es inocente: también es una forma de editar una vida. Para muestra, un botón del texto:

«Objeto Nº. 001: Cuaderno de vida titulado “Proyecto Irasema Alcalde Muñoz” hecho por la madre. Cuaderno de tapa dura que incluye textos de los primeros sonidos, construcciones sintácticas, pasos y experiencias de la niña Irasema a lo largo de sus primeros diez años. También se observan recortes de revistas y documentos médicos, entre otros».

La madre de Irasema en Hija única no solo retrataba a su hija: también hacía fotografías de los niños que celebraban sus cumpleaños en el negocio familiar, un Party Fan —una sala de juegos infantiles con piscina de bolas donde se celebraban muchos de los eventos de la infancia de la niña y sus coetáneos—. Ese podría ser un extremo, pero no era lo normal. Generalmente, los recuerdos de nuestras familias caben en unos cuantos álbumes de fotos. Las imágenes se elegían antes de ser tomadas, pasaban por un proceso de revelado, se sujetaban a las páginas de unos álbumes que se abrían una y otra vez cuando venían visitas o cuando alguien quería recordar un viaje. Alrededor del álbum se amontonaban las anécdotas y las historias.

Quizá el problema no sea que hagamos demasiadas fotografías. No hacemos una foto para recordar mañana, la hacemos para convencernos hoy de que el momento merece ser vivido

La mayoría de madres y padres tenemos, ahora, decenas de miles de fotografías repartidas entre teléfonos móviles, discos duros y nubes digitales. ¿Cuántas volvemos a mirar? ¿Quién abre hoy la carpeta de fotos de 2019? ¿Quién recorre las siete mil fotografías de unas vacaciones? Nunca habíamos almacenado tanto y, sin embargo, nunca habíamos dejado tantos relatos para más adelante. El álbum de fotos ya era un relato. La nube, la galería de fotos o el disco duro son la promesa de un relato futuro.

Quizá el problema no sea que hagamos demasiadas fotografías. No hacemos una foto para recordar mañana, la hacemos para convencernos hoy de que el momento merece ser vivido. Quizá el problema sea que hemos empezado a conceder más realidad a aquello que puede convertirse en un recuerdo o una historia. Y me pregunto si esa segunda fila de madres y padres, teléfonos en alto, no estaba intentando conservar un cumpleaños, sino asegurarse de que el cumpleaños había existido.