Fútbol: bendito opio
El pasado martes, con motivo del partido de semifinales de la Copa del Mundo 2026 que enfrentó a España contra Francia y que se saldó con la victoria de los de Luis de la Fuente por dos goles a cero, compartía en Substack, una plataforma de boletines, lo que denominé “pensamientos prepartido”. Fue una reflexión impregnada de nerviosismo e ilusión a partes iguales que hoy, a escasas horas de luchar por ese ansiado título que trasciende lo deportivo, comparto nuevamente aunque con algunos matices, pues las emociones, aunque intensificadas, son, en esencia, las mismas:
En unas horas juega la Selección Española. No sé qué pasará, si ganaremos y conquistaremos el mundo o si nuestro sueño acabará en un más que meritorio segundo puesto, pero lo que sí sé es que hacía tiempo que no me invadía esta emoción absurda, estas ansias que me consumen al tiempo que miro el reloj, esperando a que llegue la hora del encuentro.
Me inunda la nostalgia, además, de sobremanera. Una nostalgia anticipada, con consciencia plena de que, a medida que la vida vaya avanzando (y, espero, yo con ella), recordaré este verano en general y este campeonato en particular con mucho cariño, pase lo que pase. Dieciséis años después, estos locos han conseguido que el Dai dai de Shakira me suene como el Waka Waka.
Me paso el día escuchando SUPERESTRELLA, La Graciosa y Despechá. Y es que ya no son solo canciones alegres y pegajosas que estén de moda, sino que, además, son las canciones de La Roja. Oírlas es siempre una buena señal: un gol, una victoria… “retirar” jugadores con Aitana de fondo.
En El fútbol a sol y sombra (Siglo XXI Editores, 1995), el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano se preguntaba si el fútbol era el verdadero opio de los pueblos, y lo comparaba con el fervor religioso, tanto en la idolatría como en la detracción intelectual: cuestionaba a eruditos de derechas y de izquierdas que denostaban al fútbol y lo etiquetaban como algo o bien ignorante y supersticioso, o bien alienante.
En ese mismo debate, Galeano cita al pensador marxista italiano Antonio Gramsci, atribuyéndole una célebre definición del balompié: “El reino de la libertad humana ejercido al aire libre”. Para Gramsci, el fútbol era un elemento de transformación social, y alentaba a la clase trabajadora a “salir de la taberna”. En su artículo El fútbol y el juego de la escoba (Avanti!, 1918), decía lo siguiente:
Observen un partido de fútbol: es un modelo de la sociedad individualista: se ejerce la iniciativa, pero ésta definida por la ley; las personalidades se distinguen jerárquicamente, y la distinción se da no por antigüedad sino por méritos específicos; hay movimiento, competición, lucha, pero todo está regulado por una ley no escrita que se llama “lealtad” y que un árbitro se encarga de recordar en todo momento. Paisaje abierto, libre circulación del aire, pulmones sanos, músculos fuertes, siempre dispuestos a la acción.
Poco queda en el fútbol moderno de esa descripción tan romántica e idílica. Ahora la “lealtad” se ve parcialmente sustituida por miles de millones, superestrellas, superestrellados y pausas “de hidratación”, de las cuales me pregunto qué pensaría el propio Gramsci al respecto.
Sin embargo, y pese a ello, ¿qué quieren que les diga? Tal y como está la vida, sobreponernos a la confrontación y unirnos delante de una pantalla a cantar goles, celebrar y abrazarnos, me parece un regalo. Ya sea en casa, en un bar, en un parque o en una plaza. Sea en una terraza o desde la guardia de un hospital. Lo que nos une es mucho más grande, trasciende lo futbolístico. Con esto ya ganamos: bendito opio. Que en un mundo cada vez más individualista, crispado y artificial, el deporte, las artes y la vida misma sigan poniendo ante nuestros ojos razones para celebrar unidos. Lo demás, se verá.
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