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Para cambiar la realidad

27 de junio de 2026 22:28 h

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Todo está perdido hasta que está ganado. Desde luego, la frase también funciona en sentido contrario; pero, en tiempos como estos –tirando a depresivos–, conviene recordar que el futuro no está escrito, que la secuencia de acontecimientos depende de muchas variables y que hasta las situaciones políticamente más seguras pueden tener un fondo como el que llevó a Valle-Inclán a exclamar en una entrevista, pensando en la cuestión religiosa: “¡Si todo era una farsa!” (El Sol, 20 de noviembre de 1931). De hecho, la farsa suele estar más presente de lo que se cree. Y en cualquier caso, los procesos sólo siguen el rumbo previsto si no pasa nada que los trastoque.

En la entrevista mencionada, nuestro autor tuvo que responder a esta pregunta de Francisco Lucientes: “¿Cómo cree usted que anda de hombres la República, don Ramón?”. Habían pasado muy pocos meses desde las elecciones generales del 28 de junio (las Constituyentes, donde triunfó de largo la Conjunción Republicano-Socialista) y, como Valle-Inclán no se andaba con tonterías cuando el asunto le importaba, paró los pies al entrevistador. “La revolución no tuvo nunca hombres –afirmó–. Es absurdo decir que en España no hay hombres para la revolución; la revolución es vida, y por tanto, crea lo que hace falta”. Desde su punto de vista, sería la propia evolución del país surgido el 14 de abril la que crearía las personas que se necesitaban para llevar a cabo los cambios, del mismo modo en que la reacción anterior a la monarquía y su dictadura habían creado a Manuel Azaña, a quien “sólo conocían los amigos” hasta seis meses antes. “Lo que no se puede hacer –añadió a continuación– es seguir pensando a lo Lerroux”, intentando reincorporar “muertos putrefactos” a la política. Lo nuevo tenía y tiene que ser distinto.

Como se vio durante el bienio negro y, particularmente, en la conjura que llevó al 18 de julio, Valle-Inclán estuvo acertado al afirmar también que aquí no se habían agotado “las matrices que suelen producir” cierta clase de “esperpentos”. Ya se temía que se estuviera fraguando otra “dictadura militar” (Valle-Inclán y la II República, de Dru Dougherty, citado por Manuel Aznar Soler en su Guía de lectura de Martes de Carnaval), y concretó su temor en el verano de 1935, en una de sus columnas para el periódico Ahora: “A España, en todos sus intentos de regeneración, le sale siempre la misma sarna de perros patriotas” (Los últimos artículos de Valle-Inclán, de Emma Susana Speratti Pinero). Sin embargo, y con independencia de lo que pasó, su afirmación sobre lo que se necesita para cambiar la realidad sigue siendo válida. Obviamente, no se habría llegado a la República sin el fortísimo movimiento cultural de finales del siglo XIX y principios del XX, más importante en algunos aspectos que el fortísimo movimiento obrero; pero sería el propio proceso el que crearía lo que hasta entonces había parecido imposible. Y lo estaba creando cuando los monárquicos tiraron de africanistas para recuperar el poder.

Entre la situación social del 28 de junio de 1931 y la del 28 de junio del año 2026 hay tantas diferencias que intentar resumirlas sería una pérdida de tiempo especialmente inútil. En teoría, el país actual no da para mucho más que una involución lenta o rápida y, al igual que sucede en casi todas partes, estamos más cerca del fondo de un pozo que de la salida de un túnel. Abandonar la participación política real y entregarse a la pasividad tiene consecuencias graves. Renunciar al pensamiento crítico y sustituirlo por la fe en el Santo Evangelio mediático –que suele estar en manos de demagogos– equivale a regalar la realidad a nuestros depredadores y aceptar la narración que nos vendan, por falsa que sea. Y lo es; falsa, quiero decir; empezando por su empeño en convencernos de que las cosas no tienen vuelta de hoja, de que no es cierto lo que escribió uno de nuestros exiliados más desconocidos, Juan Rejano, en un rincón de su Libro de los homenajes: “La sed vive/ en nosotros lo mismo que ayer. Vamos/ hacia lo que en el sueño fulguraba despierto,/ hacia lo que ya canta por las calles del mundo/ encendiendo el espacio, llevando el nuevo polen”.

Soy de la opinión de que a nuestra época le falta calle y le sobran sondeos y previsiones cargadas de sesgos. Incluso se ha empezado a creer en supuestas inteligencias artificiales que, ciertamente, tienen inteligencia detrás, aunque no la que se vende por ahí (si tienen ocasión, lean ‘La máquina que ganó la guerra’, de Isaac Asimov). Nadamos entre datos tendenciosos que se pretenden innegables; nos atrapan entre los muros de un futuro cerrado que no llaman Destino porque no queda moderno y, a veces, se nos olvida que hay algo más allá de la farsa de los grandes medios y sus políticos. Algo como la vida, por ejemplo, esa cosa a la que apelaba Ramón María del Valle-Inclán en 1931.