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RUIDO Y SILENCIO

Interviú, el número de la bestia

17 de julio de 2026 21:41 h

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Antes de aprender a fumar, yo ya leía Interviú. Confieso mi temprana afición a las publicaciones para adultos. Era algo inevitable en una época en la que todo se reducía a Los payasos de la tele y poco más, pues la mayoría de las veces aparecían los dos rombos del pecado. El nacionalcatolicismo dominaba las alcobas y también la doble moral, ahí donde la puerta del armario reflejaba el reclinatorio, colocado al centro del espejo; los chirridos del somier y el rosario junto al olor a naftalina; la miseria de una España que aún se resiste a ser cambiada. No hace tanto de aquello, cuando la ropa interior zurcida ocultaba el fondo de la repisa donde vivían las revistas sucias y el cadáver de alguna polilla.

En esto que llegó Interviú, una revista que combinaba la carne según Eros y Tanatos. Señoras desnudas y crímenes sin resolver o mal resueltos, como esos crucigramas que se dejan a medias por falta de interés. Luego estaban los titulares, que en Interviú fueron un género periodístico por sí mismo y que tenían tanto o más valor que el sangriento reportaje. Acaba de salir la crónica sentimental de esta revista que consiguió transformar no solo el quiosco, sino también el tejido social y, con ello, influir en ciertos momentos del proceso histórico. El libro se titula Los desnudos y los muertos (Península), lo ha escrito el periodista Jerónimo Andreu y no tiene despojo. Yo me lo he ventilado del tirón y, mientras lo hacía, he visto pasar mi vida por sus páginas. Desde Marisol desnuda a la entrevista que le hizo Francisco Umbral al violador del Ensanche sin olvidar la masacre de Puerto Hurraco, las manchas de sangre en la caliche abrasada de un pueblo que patearon Avilés y Montoro, la pareja de periodistas que mejor han contado los sucesos; el uno a golpe de tecla, el otro a través del objetivo de su cámara réflex.

Con todo, me quedo con el número 666, por ser el de la bestia y por ser el número que hizo temblar el poder real, el de las finanzas, donde el sexo y los billetes sucios se combinan sobre las sábanas de satén de los hoteles de lujo. El día que Marta Chávarri mostró la montera rubia bajo sus medias de cristal, a decir de Raúl del Pozo, tuvo su efecto mariposa. Con aquel descuido no solo se agitó una ruptura matrimonial, sino que se vinieron abajo los planes de fusión del Banco Central con el Banesto. El número de marras salió un 14 de febrero de 1989 y fue un ejemplo de cómo el ideólogo de la citada revista, Antonio Asensio, llevó a la práctica la lectura de Maquiavelo y de su Príncipe por el lado de Lampedusa, me explico, porque desde el primer número de la revista, fechado el 22 de mayo de 1976, Asensio alcanzó la máxima literaria que contempla que todo cambie para que todo siga como está.

De esta manera, con los desnudos se combinaron firmas de caspa y brillantina como las de Yale o las de Emilio Romero, junto a otras que debían su discurso al materialismo histórico, léase Vázquez Montalbán y eso sin dejar a los conversos de última hora como José Luis de Vilallonga. Pero las mujeres nunca faltaron, incluso cuando se trataba de simular algo del oficio periodístico encarnado en Susana Estrada, de rodillas y medio en cueros, para entrevistar a Camilo José Cela con los mofletes hinchados de exabruptos. El machismo, esa actitud justificadora de la superioridad del macho ante la mujer, no perdía un ápice de toxicidad desde los tiempos franquistas; lo que sucede es que había salido del fondo de armario y se dejaba fotografiar junto al cadáver destripado de algún hombre sin suerte, envuelto en una nube de moscas y polillas. Todo seguía igual tras el aparente cambio.

Julio Cortázar, el autor argentino dio un “no” tajante cuando le ofrecieron colaborar en la revista; tenía un concepto de la mujer más cercano, más de tú a tú, más de igual a igual, y aquella publicación le incomodaba. Cortázar conocía el paño con el que Maquiavelo se cubría, la capa que en noches de juerga hacía de tapete para jugar a los dados con los príncipes de la Iglesia.

Porque el poder eclesiástico y el poder terrenal llevan toda la vida provocando al demonio de la carne; el Papa Clemente y su Palmar de Troya fueron el ejemplo hecho reportaje en Interviú, la revista que forma parte de mi memoria sentimental junto a los cigarrillos que compraba sueltos en el quiosco de la glorieta de Cuatro Caminos.