LOS PARTISANOS
Raphaël Glucksmann, la historia no acaba aquí
“La libertad existe. No solo existe sino que está hecha de concreto acero y tiene cien metros de altura. Fue donada por los franceses a los norteamericanos en 1986 porque en aquella época los franceses tenían demasiada y los norteamericanos muy poca. Habiéndola recibido de los franceses, los norteamericanos la colocaron en la isla de Bedloe, a la entrada del puerto de Nueva York. Nunca entró completamente en los Estados Unidos”.
Este texto es del escritor brasileño Millôr Fernandes y lo publicó Eduardo Galeano en la revista argentina Crisis en 1975. Es improbable que Raphaël Glucksmann lo haya leído pero sus argumentos para reclamar la devolución de la estatua a Francia son los mismos. En marzo del año pasado, Fox News dio la noticia con más desconcierto que indignación. Un político de izquierdas, al frente de un partido llamado Place Publique, reclamaba la vuelta a casa de la estatua al señalar el vínculo de Donald Trump con Vladímir Putin, el recorte a la financiación federal a universidades e instituciones de investigación estadounidenses, a cuyos científicos pidió acoger en su país. No se detuvo allí; llamó –no sin razón–, “club de fans” a todo el arco parlamentario de las derechas francesas en la Asamblea Nacional por su relación con Trump y Elon Musk, entonces al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés).
¿Quién es Raphaël Glucksmann?
Hijo de André Glucksmann y de Françoise Villette, ambas figuras centrales en el mayo del 68 y de la izquierda francesa histórica: losa, por una parte, y plataforma de lanzamiento por otra para el joven Glucksmann. André estaba vinculado al pensamiento conservador de Raymond Aron y la teoría de Jacques Lacan, y Françoise, documentalista y asistente de dirección de Robert Bresson, pertenecía al círculo de Sartre y Foucault. André, de la mano de Françoise, abrazó el maoísmo, según cuenta Raphaël, al que abandonó para centrarse con los años en los derechos humanos y terminar junto a Nicolas Sarkozy.
El hijo hizo el camino inverso: comenzó muy joven apoyando causas liberales en Georgia y Ucrania, dentro del marco del europeísmo, y giró después hacia la izquierda para fundar el movimiento Place Publique.
Por su experiencia política de aquellos años en los países del este, como consultor y especialista en comunicación, Jean-Luc Mélenchon le acusa de haber estado a las órdenes de un dictador, el expresidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, un conservador que, a pesar de estar en la cárcel por causas de corrupción, asumió el resultado de las elecciones al perderlas y, por su parte, Jordan Bardella, el copiloto de Marine Le Pen, le reprocha haber «trabajado para intereses extranjeros».
Glucksmann también es rechazado por la alta élite política por no ser un “enarca”, es decir, no haberse formado en la Escuela Nacional de Administración (ENA, por sus siglas en francés), donde se han formado casi todos los presidentes franceses. Sin embargo, está graduado en la prestigiosa Sciences Po, el Instituto de Estudios Políticos de París. Al margen de esto, ha trabajado durante años en medios escritos y es un prolífico ensayista.
Hay dos libros suyos que vertebran su pensamiento político. Uno es de 2015, Génération gueule de bois. Manuel de lutte contre les réacs. [La generación de la resaca. Manual para luchar contra los reaccionarios]. Este ensayo es un manifiesto contra el fin de la historia que se plantea en 1989 y está dirigido a la generación que nace bajo ese dogma efímero. Glucksmann pone en valor a la Primavera Árabe, la Revolución Naranja en Ucrania, y las estelas del movimiento Je suis Charlie como contestación a los atentados contra el semanario satírico francés. Sobre estas líneas intenta armar un argumento contra todo el arco reaccionario de la extrema derecha francesa que no acaba con la dinastía Le Pen, al contrario, es el punto de partida. Y antes de que ocupen un espacio mediático notorio, ya saca a relucir los nombres de Steve Bannon, uno de los autores del relato de MAGA; Alexander Dugin, el filósofo del Kremlin y Alain de Bonist, líder de la Agrupación de Investigación y Estudios sobre la Civilización Europea (GRECE, por sus siglas en francés), un think tank que desde hace varias décadas trabaja para la batalla cultural de la extrema derecha.
En el otro ensayo, Les Enfants du vide. De l’impasse individualiste au réveil citoyen [Los hijos del vacío. Del callejón sin salida del individualismo al despertar ciudadano], publicado en 2018, año en el que funda Place Publique, Glucksmann intenta articular una comunidad organizada alrededor de la solidaridad frente al conflicto político: «volver a tejer los vínculos y reinventar lo común», escribe. Según cuenta, la idea del libro surgió en una charla que mantuvo con un jubilado de la siderurgia, quien, hablando sobre la generación de jóvenes actual, le dijo: “yo tenía el sindicato, tenía el partido; quienes creían tenían la Iglesia; ellos no tienen nada”. Ahí está el foco de Glucksmann: recuperar el hilo de la historia para implicar en un movimiento social a las nuevas generaciones.
Cuando lanza Place Publique plantea cuatro compromisos de actuación urgente: en el plano social, el ecológico, el rol de la democracia y Europa frente a la emergencia de las ultraderechas. Glucksmann señala como problema de la izquierda en estas últimas décadas poner el énfasis solo en las narrativas y cierto desdén por la acción ante unas clases medias y bajas víctimas del tándem formado por las crisis económicas y los planes de austeridad que, lejos de resolverlas, ahondan más en la degradación social.
Mientras Marine Le Pen sale al rescate del orgullo nacional, la “prioridad nacional” (Vox tendría que pagar el copyright a Agrupación Nacional), los treinta años gloriosos y al general De Gaulle (¿qué diría el viejo Jean-Marie si escuchara a su hija proclamar esto en las tribunas políticas?), Glucksmann rescata el 68 francés por enterrar los mitos gaullistas, tanto aquel que dice que todos los franceses lucharon contra los nazis como pretender que Francia es aún un imperio poderoso.
Place Publique por la reactivación de la industria francesa; si bien esto tiene un propósito en el campo laboral le facilita, además, hablar de cierta independencia nacional para contrarrestar la narrativa de Le Pen y articula, aunque parezca un arcaísmo en estos días de disolución, los principios de la Revolución Francesa, un proceso que, entre otras cosas, le dio nombre a la izquierda y habla de igualdad y libertad sin omitir lo nacional porque lo lleva implícito.
En las legislativas de 2022 Place Publique apoyó al NUPES, la plataforma de partidos de la izquierda, que integraban entre otros, los socialistas y La France Insoumise. Dos años después, Glucksmann se presentó al frente de la lista de su partido para las europeas apoyado por el socialismo. Consiguieron ser la tercera fuerza muy cerca del partido de Mélenchon. Ahora se presenta como candidato para las presidenciales en las primarias de los socialistas, sin ingresar orgánicamente, sino simplemente, confluyendo con Place Publique.
Si, hipotéticamente, Glucksmann y Mélenchon, compiten en primera vuelta, es probable que el mejor posicionado deba enfrentar en la segunda vuelta a Marine Le Pen.
Por alguna razón, más táctica que posible, Glucksmann declara que quien le puede aguar la fiesta es François Hollande, quien se puede presentar –amenaza con ello– por fuera del PS. Toda una broma. Hollande es justamente quien enterró al Partido Socialista y no solo en una elección: lo eliminó biográficamente. Hollande representa aquello que Glucksmann señala como error mortal de la izquierda: confundir el relato con la acción.
En la campaña electoral que lo llevó al triunfo en 2012, Hollande se sirvió del filósofo Edgar Morin quien permitió que se publicara un libro con una larga conversación suya con el candidato. Hollande, en esa charla, llega a decir que se siente capaz de despertar la capacidad de Francia de intervenir en la historia. Uno lee esa línea y cuesta imaginar el rostro de quien la pronuncia. Un año después –tan solo un año–, Morin visitó España y dio una entrevista en la que dijo, resignado, “sigo esperando (...) pero creo que el presidente, que ha crecido en el seno del Partido Socialista, proviene de una formación que ha perdido su pensamiento.”.
A Glucksmann, cuando hace menos de una década comenzó su carrera política, se le comparó con un “Kaspar Hauser intelectual” por su aparente confusión en los debates públicos. Tiempo después, algunos le llamaron Hamlet por su recurrencia a la fórmula “ser o no ser” y, también, atendiendo a la relación con su padre, en tanto hijo de un filósofo que intenta emular la figura paterna: el intelectual comprometido que se convierte en una figura política.
Es de esperar que Glucksmann y Mélenchon no se lastimen con la espada envenenada mutuamente como Hamlet y Laertes al final de la tragedia. Si esto sucede, sería complicado decidir a dónde enviar la réplica de la estatua de la Libertad instalada en París, en el Sena, en la isla de los Cisnes.