John Berger, con la esperanza entre los dientes
Este año se conmemora el centenario de John Berger, uno de los escritores más originales y visionarios de la segunda mitad del siglo XX y principios del siglo XXI. Aunque según sus propias palabras España fue el país donde más influencia tuvo su obra, me sorprende el escaso interés que está despertando esta efeméride, precisamente cuando más necesario es regresar a una obra que nos enseñó a mirar de otra manera y a resistir con las manos bien enraizadas. Como los grandes autores de todos los tiempos, Berger fue capaz de encender una vela en la oscuridad. Casi diez años después de que nos dejara (falleció en enero de 2017), el mundo se ha vuelto aún más oscuro. Vivimos una época que araña nuestros corazones y convierte en polvo nuestros sueños y utopías. Por eso es más urgente y necesario que nunca regresar a sus libros.
El autor de Puerca tierra o Con la esperanza entre los dientes fue uno de los primeros en alertar de que se podía tener agricultura sin agricultores y defendió la cultura campesina frente al monopolio del negocio agroalimentario. Como digo, Berger mantuvo una relación muy especial con España. Aparte de una legión de lectores, tenía amigos (Manuel Rivas, Isabel Coixet, Lali Bosch, Juan Cruz o Marisa Camino, entre otros), venía a presentar sus libros o a participar en los numerosos actos a los que le invitaban.
Y tenía El Prado. Junto a Susan Sontag, Berger es quizás el crítico de arte más influyente de las últimas décadas. Modos de ver, la serie que hizo para la BBC, cambió nuestra manera de mirar la pintura. Novelista, poeta, autor de cuentos y de numerosos ensayos, guionista, pintor, dibujante, activista de todas las causas que nunca estarán perdidas, su obra, híbrida y heterodoxa, está atravesada por un profundo humanismo que bebió de sus lecturas de Marx y de Spinoza.
Su visión del arte la trasladó también a su escritura, con una prosa plástica, conmovedora y vibrante, sensual, que nos interpela y nos lleva a habitar en ella, a vivir con una mirada crítica, pero a la vez combativa. “Para los hacinados, para aquellos que tienen muy poco, o nada, excepto algunas veces el arrojo o el amor, la esperanza funciona de manera distinta. Es entonces algo que morder, algo que poner entre los dientes. No olvides esto. Sé realista”, le escribió al poeta NÈzım Hikmet. “Con la esperanza entre los dientes, llega la fuerza para seguir aun cuando la fatiga nos acose, llega la fuerza, cuando es necesaria, para elegir no gritar en el momento equivocado, llega la fuerza, sobre todo, para no aullar. Una persona, con la esperanza entre los dientes, es un hermano o hermana que exige respeto. Quienes en el mundo real no tienen esperanza están condenados a estar solos”.
Ante el desamparado y el dolor que produce mirar hacia fuera, no me extraña que cada vez haya más gente que haya decidido cerrar los ojos o ponerse unas anteojeras, que prefiera vivir como si nada ocurriera, atenazada por un miedo que paraliza, como si el destino, catastrófico, fuera inevitable. Pero, ¿y si no lo fuera? ¿Quién ha dicho que todo está escrito? “Nos hicieron creer que el capitalismo era inevitable. Pero también lo fue la monarquía, la esclavitud o la inquisición. Cada sistema que parecía eterno cayó. Y este caerá también”, sostenía la escritora Ursula K. Leguin. El mundo va mal, aseguraba ya hace años el historiador Tony Judt, muy mal, es verdad. La realidad, o una parte de ella, es dolorosamente insoportable. Asistimos a guerras, bombardeos de escuelas, bosques que arden y un planeta que se calienta rápidamente.
Para afrontar nuestro destino no necesitamos ni podemos ser optimistas, pero sí tener esperanza e imaginar que un mundo diferente es posible, construir nuevas utopías, y resistir: libreros que se niegan a cerrar su negocio en Gaza, ciudadanos que se movilizan en Galicia contra la construcción de una celulosa, la lucha de los pueblos-selva de la Amazonia contra el extractivismo y la destrucción del corazón del mundo. Desde Byung-Chul Han a Jane Goodall (en su última entrevista manifestó, con ironía, que ojalá los Trump, Netanyahu, Putin y Cia se fueran a Marte en uno de los cohetes de Musk) son muchos los escritores, pensadores y activistas que apelan a la esperanza como un recurso contra el nihilismo y la derrota. “Probablemente, de todos nuestros sentimientos, el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida defendiéndose”, escribió Julio Cortázar.
La esperanza es contagiosa, sí, es la vida defendiéndose, y hay autores que, como John Berger, muestran una crítica demoledora al sistema y a la vez son capaces de alentar la resistencia. La esperanza fue el hilo de la red que tejió a lo largo de su vida, con sus libros, con sus colaboraciones, ajenas siempre a esa jerarquía tan habitual que imponen otros autores o intelectuales.
Entre otras cosas, el autor británico nos enseñó que “la realidad es todo lo que tenemos para amar”. Y quienes amamos el mundo tenemos el deber moral de defenderlo. “Mientras quede una rosa, aquí seguiré”, le dijo a su amiga Marisa Camino en su casa de Quincy, en un huerto poblado de rosas, de belleza y de esperanza. Ahora que hace casi diez años que nos dejó John Berger y el tecnofascismo busca adueñarse de nuestras vidas y la de los otros habitantes del planeta, está en nuestras manos impedir que se marchite esa rosa y con ella toda la belleza del mundo.