María Zambrano: el espejismo de su regreso

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María Zambrano, esa discípula de Ortega y Gasset, esa amiga de Miguel Hernández, esa mujer cuyo pensamiento fue reconocido por sus amigos y sus detractores, es el nombre que el Ministerio de Universidades escogió para la creación de un programa de «Ayudas de excelencia para la atracción de talento internacional». El hecho de que el ministerio decidiese por fin dar el nombre de una mujer a una de sus convocatorias de excelencia invitaba al optimismo: parecía que algo estaba cambiando en el ámbito académico. Así, el 28 de enero de 2021, el entonces ministro Manuel Castells, junto con el secretario general de Universidades, José Manuel Pingarrón y el subsecretario de Universidades, Luis Cerdán, hacían público el plan del que formaban parte las Ayudas María Zambrano, cuyo objetivo era «fomentar la recualificación del sistema universitario español y promover el desarrollo profesional de su personal docente e investigador» y cuyo requisito principal era que la persona que optase a ellas debía estar investigando en el extranjero. De nuevo, buenas «intenciones», que, finalmente (y con el fin del plazo para ejecutar los fondos Next Generation EU en el horizonte, el próximo 31 de diciembre de 2024), han volado con los vientos de la inadecuada gestión del conocimiento, tan típica del sistema español.

Tres años han pasado desde entonces, tres años en los que ha quedado claro que la elección del término «atracción» no parece haber sido adecuada, ni mucho menos: hubiese bastado ver lo que el DLE propone como definición de ‘atraer’ para advertir que no se trata únicamente de «acercar» (como consiguieron hacerlo, sin duda, las ayudas María Zambrano), sino también de «retener». Se acercaron, pues, a España miles de investigadores de diversas áreas (ciencias experimentales, naturales, de la salud, ciencias sociales y humanas, ingenierías…), bien con la ilusión del retorno a su país (algunos volvieron acompañados de su familia, otros pudieron hacerse cargo de la que habían dejado por largos años en su tierra), bien llegando de otros países de Europa y de América a iniciar una nueva carrera en España. Para todos ellos, que en muchos casos dejaban una carrera reconocida y estable en el extranjero, fue llegar y constatar, con la firma del contrato en las distintas universidades españolas, que habían sido atraídos, pero que, dejando totalmente de lado el ‘espíritu de la norma’, ningún plan se había ideado para su estabilización. No solo eso: fue también con la recepción de la primera nómina que constataron, además, que la remuneración anunciada por el ministerio en la convocatoria no se aplicaba en las universidades: en la mayoría de los casos se ha empleado el monto total de la ayuda para pagar la cuota patronal correspondiente a las mismas universidades (práctica declarada ilegal por numerosos TSJ autonómicos y, actualmente, elevada al Tribunal Supremo), haciendo de estos «talentos» una suerte de ‘falsos autónomos’. ¿Llegará la hora en la que las universidades tendrán que dar cuenta de los suculentos beneficios derivados de estas prácticas fuera de la legalidad laboral?

A 1 de enero de 2024, la cuenta atrás de esos años de contrato (uno, dos o, en el mejor de los casos, tres) ha empezado, y hay quienes ya han pasado a engrosar las listas del paro. La corta duración contractual, junto con la negativa de la mayoría de las universidades a firmar compromisos de permanencia a los investigadores ‘de excelencia’ María Zambrano (viéndose obligadas a correr con el ‘coste’ total del contrato de haberlo hecho), impide a estos investigadores optar a cualquier programa de financiación pública o privada (proyectos de Generación del Conocimiento, o ayudas de la Fundación BBVA, por citar algunos de los más prestigiosos), o incluso solicitar sexenios. Con ello, se están asfixiando lentamente sus carreras científicas.

Hasta el momento, nada ha valido a estos «talentos internacionales» para conseguir un plan digno para estabilizarse en España: ni ese doctorado en Yale, en la Freie Universitat de Berlín, en la de Friburgo, en la University de Connecticut, en la Nottingham Trent University, la de Lancaster, en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Sorbona… Tampoco les ha servido su experiencia en Harvard, Oxford, Manchester, Basilea, en Venecia, en la Universidade Federal do Rio de Janeiro, en la Nottingham Trent University, la Queen’s University Belfast, la Hellenic Open University, los años de investigación en el CONICET… No les ha servido el ‘flamante’ R3 o la consolidación investigadora de la Agencia Estatal de Investigación. Muchos se han dado de bruces con la endogamia escondida detrás de baremos a disposición del parecer de evaluadores que en algunos casos tenían mucho menos currículum que los postulantes, incluso para plazas del nivel docente universitario inferior, el de ayudante doctor. Quienes cuentan con la acreditación a profesor titular o a catedrático en países de la Unión Europea deben, por tanto, volver a empezar ‘desde abajo', optar a dichas plazas de ayudante doctor. Si bien un «doctorado europeo» vale mucho más que cualquier otro, una acreditación de un país de la U. E. no vale en cualquier país de la U. E., y ese contrato María Zambrano de atracción de talento internacional no vale lo que vale una Ramón y Cajal o una Juan de la Cierva. Es más, se invita a aquellos que aún estén en plazo a presentarse a estas y a otras convocatorias autonómicas equivalentes. Habiendo ya demostrado ya su valía investigadora y su internacionalidad, ¿los logros de investigadores María Zambrano dejan de ser válidos simplemente porque se acaba la financiación europea? 

Tras la conclusión de estos contratos, este sinsentido de ‘atraer’ sin ‘estabilizar’ va a resultar en un masivo ingreso de «talentos» al paro, por un lado, y, por otro, en una masiva fuga de cerebros (como ya se conocieron otras en el pasado y de las que tanto se hablaba), aunque hoy la fuga se confunde con la palabra ‘movilidad’. ¿Qué hay del retorno a España de la inversión en ciencia? Quizás están dispuestos a malgastarla una vez más ¿Y qué sucede con los proyectos vitales de estos investigadores? Tendrán que abandonar a su familia una vez más, y esta vez sin billete de vuelta. 

Este contrato ha sido una prueba más de que, a pesar de todos los discursos y banderas de igualdad y feminismo que ondean en los últimos tiempos, un contrato español de «talentos» con nombre de mujer no conlleva estabilidad. Hay que buscar el ala protectora de un contrato con nombre de hombre que, al parecer, nos augura más estabilidad que una María Zambrano que, una vez más, sufre el exilio. Palabras, estas, que no se escriben desde la frustración o la amargura, sino desde la inmensa pena y la irremediable tristeza.