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El arte de leer el bochorno

24 de junio de 2026 22:00 h

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En la última temporada de El ala oeste de la Casa Blanca, el candidato demócrata a la presidencia del gobierno de EE.UU. está en serios apuros. Su contrincante, Arnold Vinick, le saca una pegajosa ventaja en las encuestas. Por más que los demócratas intentan recortar, la experiencia de Vinick y la habilidad política de su spin doctor, Bruno Gianelli, neutralizan una y otra vez sus maniobras. Entonces ocurre algo que debería cambiarlo todo: una central nuclear en California sufre un accidente que amenaza con convertirse en un desastre. Vinick siempre ha sido pro nuclear mientras que Matt Santos, el demócrata, ha abogado por sacar las centrales del pool energético. Sobre el papel, la crisis debería hundir la campaña republicana.

Pero la política rara vez sigue el guion.

A medida que pasan los días, Alda resiste los ataques, mantiene su apoyo a las nucleares y lo convierte en una demostración de convicción y de principios. Tan bien lo hace, que termina recuperando la iniciativa. Mientras tanto, en el campo demócrata crece la desesperación: la victoria parece escurrirse entre sus dedos justo cuando debería ser más fácil agarrarla.

En esa tensión, un asesor demócrata descubre que Vinick había hecho lobby para facilitar la puesta en marcha de la central. Si esa información sale a la luz, coinciden todos los protagonistas, la campaña republicana estará acabada. Es el tipo de revelación de la que nadie, ni los mejores operativos, se recupera.

Pero Vinick también sabe que los demócratas tienen esa información. Y hace un cálculo político brillante: no intenta ocultarla y no intenta adelantarse. Espera. 

Su estrategia consiste en producir una calma tensa. Desaparecer del plano, no decir nada y dejar que sean sus adversarios quienes la hagan pública. Cuando eso ocurra, responderá acusándolos de utilizar una tragedia para obtener ventaja electoral. La discusión dejará de centrarse en la central nuclear y pasará a girar en torno a la falta de escrúpulos de Santos. La historia del lobby quedará enterrada bajo otra más poderosa y podrá salir reforzado del momento más difícil de la campaña. 

En la oposición en España debieron perderse ese episodio. De otra manera no se explica la alegría con la que celebran la sucesión de sentencias, filtraciones y decisiones judiciales difíciles de explicar que estamos viviendo.

En la opinión pública —al menos, en la izquierda-– esas actuaciones cumplen una función muy parecida a la revelación de los documentos sobre la central nuclear. Los casos de corrupción son una vergüenza para el gobierno, pero si las sentencias se perciben como injustas o interesadas, la lectura jurídica queda inmediatamente sepultada por una nueva historia que es, quizá, la única capaz de tapar o de neutralizar el olor que desprende en estos momentos el PSOE. La idea de que existe una parte del aparato judicial que está dispuesta a estirar la legalidad para conseguir que solo gobierne quien cuenta con su beneplácito.

Y este es un momento de bochorno político en la izquierda. Es verdad, parece que no queda nada a lo que agarrarse que no esté cubierto de mierda –perdón por la expresión. Pero bochorno es, de hecho, la palabra más adecuada para describir este momento. La sensación se parece mucho a la que precede a una tormenta de verano, cuando el calor y la humedad quedan atrapados bajo una capa de aire frío y la atmósfera adquiere esa densidad extraña que hace que todo parezca inmóvil. El aire se vuelve tan pesado que cuesta respirar y todo el mundo está como loco porque empiece a llover y se nos quite el dolor de cabeza. 

No hay más que abrir un periódico para comprender que hoy la realidad compartida se ha vuelto tan densa que mucha gente está pidiendo a voces que pase algo que acabe con este impasse. Y en España, este país que arrastra un déficit crónico de emprendedores económicos, nunca han faltado los emprendedores políticos. Hoy las redes sociales están llenas de ellos: los hay a izquierda y derecha, aunque abundan especialmente en la extrema derecha.

En El ala oeste de la Casa Blanca, al final del episodio, la camarilla demócrata capitula. El jefe de gabinete de Santos envía a una colaboradora a filtrar la historia a la prensa, con tan buena suerte que ella llega a cumplir su misión justo en el momento en el que los periodistas acaban de encontrar la noticia por sí mismos. Salvados por la campana, la campaña de Vinick se ve atrapada entre un montón de preguntas de difícil respuesta sobre la central y los demócratas terminan por ganar las elecciones. 

Si yo tuviera que anticipar qué va a ocurrir en los próximos meses, diría que no serán un tiempo manso. Al contrario: no me sorprendería que esta demostración de fuerza del deep state judicial impulsara la confluencia que las izquierdas alternativas no han conseguido conjurar por sí mismas. Tampoco descarto que haya, como está pidiendo mucha gente, algún tipo de escisión o de movimiento en el PSOE. Si Pedro Sánchez consigue retomar la iniciativa y hacer un relato de la ofensiva judicial, tampoco sería extraño que la derecha piense que a Feijóo se le ha vuelto a escapar el presidente y haya bamboleos a ese lado de la bancada. En última instancia, tampoco perdería de vista la posibilidad de un nuevo momento Podemos, donde una iniciativa ciudadana harta del espectáculo bochornoso que nos están dando, suba a la palestra. Esa calma tensa, esa frustración silenciosa que se respira en la sociedad de hoy nos dice que la tormenta está cerca, lo que nadie puede decir exactamente es cuándo va a comenzar.