Ayuso o la embriaguez de la impunidad
Los atenienses iban al teatro no solo a pasar un buen rato, también para aprender a gobernarse. Por eso desarrollaron en sus tragedias una palabra que describía lo que consideraban uno de los mayores peligros del poder: hybris. La hybris era el estado mental de quien confundía el poder con algo bastante más superior como el derecho.
Los dramaturgos griegos repitieron una y otra vez el mismo argumento en sus tragedias: el protagonista triunfa, el éxito lo embriaga, deja de escuchar a la gente porque se cree con la razón absoluta, empieza a despreciar a quienes intentan ponerle límites y acaba convencido de que nada puede salirle mal. Evidentemente, es entonces cuando todo empieza a salirle mal y solo entonces aparece Némesis como el regreso inevitable de una realidad que el todopoderoso había decidido ignorar. En este sentido, estas tragedias griegas no eran tanto historias sobre el castigo o la venganza, como sobre la ceguera de quienes dejaban de ver la realidad ensimismados en sí mismos.
El ático de lujo comprado por la Comunidad de Madrid para las supuestas labores oficinísticas de Ayuso tiene mucho de hybris porque transmite justo esa relación viciada con el poder. La compra por parte de una empresa pública del ático de lujo situado frente a la vivienda de la madre de Ayuso, coincidente en el tiempo con la venta de los áticos de su pareja, proyecta la sensación de que el sentimiento de impunidad puede haber terminado por devorar a su creadora. Parece que ni siquiera pretende dar una explicación verosímil o razonable (probablemente porque no existe) porque para qué si cada conflicto de intereses que no le ha pasado factura previamente ha ampliado un poco más su sentimiento de impunidad y el margen de lo aceptable.
Hace no tanto tiempo (poco, de hecho), un solo escándalo de esta dimensión hubiese bastado para destruir una carrera política; hoy la estrategia parece reunir tantos comportamientos reprochables que la opinión pública pierda la capacidad de distinguir entre lo verdaderamente grave y lo anecdótico, hasta que entre en escena lo siguiente en discordia. Es como si la saturación hubiese sustituido al escrutinio.
Tendemos a pensar que la impunidad va simplemente de escapar a un castigo, una sentencia o una dimisión, pero el sentimiento aparece mucho antes cuando quien ejerce el poder deja de contemplar siquiera la posibilidad de tener que responder por sus actos, cuando la hipótesis de dar explicaciones desaparece del horizonte mental y la crítica deja de percibirse como un límite razonable para convertirse en una molestia, una conspiración o directamente un ataque personal.
En su libro 'En el poder y en la enfermedad' (Siruela), el neurólogo y exministro británico David Owen, dice que la hybris produce “self-imprisonment”, una especie de autocarcelamiento. Es decir, que el líder o lideresa se siente cada vez más libre en el poder, pero en realidad vive más y más encerrado dentro de su propio relato porque solo escucha ya a quienes confirman sus creencias, interpreta cualquier discrepancia como un ataque y acaba instalado en una realidad construida por y para la adulación.
Los griegos explicaron muy bien que veces el verdadero castigo no es la derrota, si no la incapacidad para verla venir. Aunque desde un ático supuestamente se vea mejor.