La portada de mañana
Acceder
2,5 millones de horas de trabajo no se pagan cada semana en España
La sequía lleva al límite a pueblos enteros del norte
Opinión - ¡Y el gobierno de vacaciones!, por Isaac Rosa

Batalla naval

16 de agosto de 2026 21:31 h

0

En Vallecas ya es tradición. Como el barrio es puerto de mar, todos los años sus calles se inundan de un traqueteo salvaje, entre ametralladoras de agua, cubos, francotiradores desde los balcones y globos predispuestos para bañar al más insensato. Su origen, en principio, tiene que ver con las intensas olas de calor a las que se ha visto sometido Madrid (y toda España ahora, si ampliamos): refrescarse y después añadirle una dimensión reivindicativa, de cualquier causa, de manifestación incluso. Es un día divertidísimo en el cual se instaura el conflicto con mejor rollo del mundo. Me acuerdo de una vez que un hombre estuvo a punto de empaparme y al final no lo hizo sólo por haberme reconocido, de tertulias o de columnas como esta; me acuerdo también de todos los cubos de agua en los que sí que me han bañado, con malicia o sin ella.

Por primera vez, en las fiestas de La Paloma, las terceras del ciclo de verbenas de todo el año en Madrid, se ha instaurado una fiesta del agua en la calle Calatrava, en el barrio de La Latina. No tiene nada que ver en escala con Vallecas: lo que aquí es una calle allí es un barrio entero de apunta y dispara, lo que allí es una tradición aquí es una fiesta neonata. Con un mes de diferencia, el que separa ambas celebraciones, un día así, tan excepcional, instaura una explosión de goce urbano inaudita. Puedes disparar a los guiris, quizá debes disparar a los guiris, pero quien más disfruta de los disparos son siempre los vecinos. En el primer día, la calle se ha llenado y ha habido manguerazos y carreras; raro es, en unas fiestas tan gentrificadas, que existan actividades en las que se pueda participar gratis, sin gastar un euro. Y corren por igual, en la calle, niños y mayores, que hacen referencia a cómo se lo pasan como críos.

La Latina no es Vallecas, aunque a Vallecas también llegará la gentrificación. La Latina es un barrio lleno de lugares donde depositar maletas y repleto hasta rebosar de apartamentos turísticos; por primera vez en estas fiestas, se meten sin querer en una calle y se sienten perdidos. A escasos metros de donde la gente se da manguerazos se ejecutaban hace no tanto desahucios con los que lograr la clausura definitiva del barrio. Unas plazas más allá, por primera vez, McDonald’s inaugura su caseta en medio de las de partidos políticos y asociaciones vecinales. No existe una receta concreta para acabar con los procesos de turistificación que nos expulsan cada día a más personas de estos barrios, pero no está de más que algo, durante un instante, convierta unas calles ya más suyas que nuestras en el escenario de una fiesta puramente vecinal, un jolgorio para los oriundos de un mismo sitio. Es tarde para que La Latina se convierta en un puerto de mar, pero no aún para que sobreviva todo lo que en ella vale la pena conservar como oro en paño. Ojalá el año que viene se repita hasta volverse tradición, en el último día de las fiestas, mientras medio barrio aguarda superar la resaca; que cualquiera, en pleno verano, pueda aliviar el sofoco con la sensación de un cubo helado que se derrama sobre sus hombros.