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Opinión - 'Cuando el ciudadano deja de creer', por Esther Palomera

Equidad

6 de julio de 2026 21:57 h

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Hace poco, después de un encuentro con jóvenes lectores, hablando con unas chicas de catorce o quince años, me llamó la atención que algunas decían que el tema del feminismo y la lucha de mujeres y hombres por llegar a la igualdad empezaba a resultarles “un poco cansino”. Según ellas, no teníamos de qué quejarnos y en la actualidad ya no hay diferencias entre hombres y mujeres. Lógicamente, me pareció preocupante no solo por la ingenuidad, sino más bien por la ignorancia que demuestran este tipo de opiniones. No era el momento ni la situación adecuada para insistir en temas tan serios como el de la brecha salarial, que incluso ahora que es la más baja de la historia se encuentra en un 15.74 según el Instituto Nacional de Estadística, el techo de cristal, que frena las legítimas aspiraciones de las mujeres mejor preparadas, o la falta de investigación médica y farmacológica adecuada para el funcionamiento del cuerpo femenino, pero me fui con la sensación de que mucho de lo que se está haciendo para que chicos y chicas comprendan de una vez ciertas cosas obvias está cayendo en terreno yermo y no fructificará. Posiblemente porque ciertas estructuras están tan arraigadas que ni siquiera nos saltan a la vista.

El machismo está en la lengua, lo sabemos, y su través, en la mente y en la cultura; también está en el arte, en el urbanismo, en la arquitectura… en todas partes, pero tenemos tanta costumbre de que las cosas “son así” que ya no las vemos.

Un ejemplo clásico: un aeropuerto, una estación, un restaurante cualquiera, en toda Europa. Una mujer se levanta para ir al aseo, llega a la puerta y se encuentra con una cola más o menos larga según el momento del día. A su lado, los hombres que entran a los lavabos masculinos pasan a toda velocidad, hacen lo que han ido a hacer y salen en un par de minutos. Unos miran a las mujeres con condescendencia, otros se ríen, otros ni siquiera se fijan. Las mujeres esperan, a veces protestan, comentan entre sí, esperan, esperan. Las que van en grupo charlan como si no estuvieran haciendo una cola, como si estuvieran allí por gusto. Todas se quejan, pero casi todas lo encuentran normal y se lo toman con calma.

Cuando en alguna ocasión, por una avería, los hombres tienen que hacer cola junto con las mujeres, se sienten ofendidos, a veces humillados. Otras veces, se dan media vuelta diciendo “ah, no, cola no” como si fuera un insulto que ellos, varones, tuvieran que esperar para satisfacer una necesidad fisiológica.

Todos sabemos que las mujeres necesitan más tiempo en un baño público, que todas ellas tienen que entrar en una cabina porque nuestro cuerpo y nuestra ropa no están concebidos para orinar de pie en un urinario de pared. Sin embargo, todos los aseos conceden el mismo tamaño al de hombres que al de mujeres. ¿Eso no es desigualdad? ¿No es discriminación? ¿No sería más lógico hacer baños más grandes para mujeres que para hombres? Pues no. Por razones de “simetría arquitectónica” y de “estandardización de planos” en aeropuertos, estaciones y demás, las mujeres siempre nos vemos obligadas a hacer largas colas.

Otro detalle curioso en el que llevo décadas fijándome es que, si los aseos no están uno al lado del otro (en bares, restaurantes, etc.) el de más cómodo acceso es el de hombres. Si uno está al final de una escalera mientras que el otro está en la misma planta que el resto del local, ese es el de hombres. A menos que, al estar obligados por ley a tener una cabina para personas con discapacidad, ese lavabo tenga que ser fácilmente accesible y en ese caso será -a la vez- el de mujeres y el de personas con problemas de movilidad,-juntos, para los dos grupos, independientemente de su sexo o género. Se ve algunas veces, aunque no es frecuente, que el acceso para personas con discapacidad se combine con el lavabo masculino. Suele ser siempre el de mujeres. Igual que cuando hay un cambiador de bebés (salvo en una conocida tienda de muebles sueca) también está en el aseo femenino.

No es grave, por supuesto. Llevamos décadas haciendo colas, subiendo o bajando escaleras, compartiendo ese servicio público. Somos mujeres, tenemos costumbre. Y si nos quejamos, o protestamos incluso –qué pesadez, qué atrevimiento- somos intensitas, o cansinas, o tiquismiquis.

La semana pasada me contaban que en una reunión de personal de museos en Austria, se había decidido invertir una pequeña parte del presupuesto en poner a disposición de las empleadas productos de higiene femenina como tampones y compresas para facilitarles la vida laboral. Un representante de uno de los grandes museos públicos protestó, diciendo que esa era una medida discriminatoria para los hombres, que no necesitaban ese tipo de productos, y acabó preguntando: “¿Y a nosotros qué nos van a dar por el mismo valor?”

Sé que hay muchos hombres que estarán leyendo estas líneas y pensarán, igual que yo, que ese tipo era un imbécil, pero también sé que todos y todas conocemos a muchos hombres que reaccionarían como él y se sentirían ofendidos por no recibir algo equivalente, aunque no les haga ninguna falta.

Es como si a alguien que se ha fracturado un tobillo se le da una muleta mientras que a otro paciente que no se ha roto nada no se le da y protesta por ello. Absurdo, pero frecuente. Muchos hombres están tan acostumbrados a que todas las normas se hayan hecho pensando en ellos que ni siquiera se dan cuenta, salvo cuando se sienten preteridos. Que las mujeres hayamos sido preteridas durante siglos les parece normal.

Lo peor, claro, es cuando a las mujeres también les parece normal y no solo no se quejan sino que desprecian a las que protestan, sin darse cuenta de que gracias a las protestas de esas mujeres que no se callaron hace un par de siglos ahora tenemos, por ejemplo, el derecho al voto. También era normal que las mujeres no pudieran acudir a las urnas, que fueran analfabetas, que necesitaran el permiso del marido o del padre o del hermano para cualquier cosa, incluido un contrato laboral, que no pudieran tener una cartilla propia en el Banco o un pasaporte. Es lo que en este mismo momento les parece normal a los hombres en Afganistán, por ejemplo.

La igualdad es muy importante para la vida civilizada -hasta ahí llega la mayor parte de la población- pero la equidad, que es al menos igual de importante, es lo que da la sensación de que aún no se ha extendido y comprendido, y eso es lo que nos falta a muchas mujeres.

Voy a poner un ejemplo muy simple y bastante más claro que las definiciones que ofrece el diccionario: imaginemos que hay una mesa a la que nos vamos a sentar varias personas para comer juntas. La igualdad sería que cada persona tuviera una silla a la que sentarse para la comida. Si tienes silla, te han otorgado el mismo derecho que a todos los demás comensales y no tienes por qué quejarte. Pero si resulta que tienes cuatro años, no llegas bien a la mesa; si tienes noventa y cinco y la espalda destrozada, tampoco podrás comer con comodidad, si mides dos metros, la mesa se te queda muy abajo mientras que si mides uno cincuenta, te llega por la barbilla.

La equidad es que cada uno tenga una silla adaptada a sus necesidades, a su edad, a su tamaño. Unos tendrán una silla más grande, otros más alta, otros más sólida. La igualdad que de verdad necesitamos no es que todos tengamos lo mismo -tanto si nos hace falta como si no-, sino lo que mejor nos va para desempeñarnos con la misma facilidad que todos los demás.

No lo hemos conseguido todavía, de modo que no nos queda otra que seguir llamando la atención sobre ello -aunque nos pongamos pesadas, aunque tengamos que descender a las aparentes pequeñeces que ya no lo son tanto cuando nos afectan-, protestando y luchando para alcanzar nuestras aspiraciones, que son también nuestros derechos.