Indiferencia por La Roja en el feudo 'indepe': “A Lamine que no lo toquen”
Uno de cada tres convocados de la selección es catalán, pero lo de Catalunya y La Roja es complicado, que diría Rajoy.
“¿Por qué algunos aficionados apoyan a los jugadores de su equipo cada fin de semana, pero luego desean que pierdan en el escenario más importante del deporte?”, se preguntaba hace poco el New York Times, en un artículo sobre la curiosa relación entre Catalunya y la selección.
Hay gente que se alegra cuando gana España y a su vez cuando pierde. Hay independentistas que celebran sus goles en silencio, que se justifican diciendo que hay muchos jugadores del Barça, o que solo ven el partido para ver si ocurre el desastre. Hay, también, gente alejadísima de la política o de cualquier sentimiento nacionalista incapaz de apoyar a La Roja.
En resumen, ni todos los independentistas van en contra de La Roja ni todos los que quieren que pierda son independentistas. Es un sentimiento contradictorio, no sé si mayoritario, pero desde luego transversal y, a la vez, compatible con encontrar bares copados de forofos y barrios en los que parece que nadie se haya dado cuenta de que hay partido.
Hace unas semanas, cuando se debatían los artículos que se publicarían en esta sección, pareció una buena idea desplazarse a un feudo independentista para tomar la temperatura de la afición a la selección en la Catalunya de los estertores del procés.
No ha sido fácil encontrar el lugar. La mayoría de los municipios del Top10, esos en los que más del 90% de los vecinos apoyaron a los partidos nacionalistas, no es fácil encontrar un bar. En los pueblos donde sí lo hay el local o estaba cerrado por descanso del personal el lunes o responden que no tienen intención de dar el fútbol.
Encuentro refugio en Els omells de na Gaia, un bonito pueblo de casitas de piedra en la comarca del Urgell (Lleida), que cuenta con apenas 126 habitantes. En las últimas autonómicas, el 87,2% de los vecinos optaron por opciones independentistas.
Llamo al único bar que hay en el pueblo, que suele cerrar a las 22.00 horas, y Naiara me confirma que este lunes alargarán un poco el horario para poder ver el fútbol.
El bar, a falta de dos minutos para el España–Portugal, está desierto. Solo hay un tipo de pelo blanco en la barra, bastante dicharachero, de espaldas a la televisión. Se llama Ramón. Suena el himno de España y la televisión se apaga.
“¡Boicot!”, espeta Ramón entre risas. “¡Es broma hombre!”, añade, antes de explicar que la televisión se debe haber apagado porque lleva horas sin que nadie pulse el mando. La vuelven a encender y empieza el encuentro.
Justo en ese momento llegan tres tipos más, parece que con intención de ver el partido. “Poca gente”, dice uno de ellos. “Lo deben estar viendo en casa o trabajando”, añade.
“Bueno, es que da vergüenza quedar para ver un partido de la selección, ¿no?”, dice Ramón sin que nadie le haya preguntado. Ramón cenará un pincho de tortilla, una cerveza sin alcohol y un helado y no se girará para mirar la televisión en ningún momento del partido.
El grupo de tres amigos, el único termómetro al alcance para poder elaborar esta crónica, resultará ser el prototipo de catalán que no sabe qué hacer cuando juega la selección.
Lo primero que hacen es pedir el mando y cambiar la retransmisión de Dazn, en castellano, por la de 2Cat, el canal en catalán de RTVE.
Gritan “¡Uy!” con la primera ocasión fallada de Oyarzabal, y un jubiloso “¡mira!” cuando Cristiano Ronaldo está a punto de marcar el primero de Portugal. “A Lamine que no me lo toquen”, será una de las pocas salidas de tono que se les escuchará en los 90 minutos.
Naiara, la camarera, añade una capa más en las contradicciones que flotan en el ambiente del bar. “Normalmente, quiero que pierda España, pero es que hoy juega contra Portugal”, explica. “Entre España y Cristiano Ronaldo, creo que odio más a Cristiano”.
Se acerca el minuto 90 y Naiara debate con su compañera si cierran el bar en caso de que finalmente haya prórroga. Lo que en cualquier local del país sonaría a sacrilegio está aquí encima de la mesa y nadie hace aspavientos.
“No sabemos qué hacer”, admite. Ramón, a todo esto, ya se ha largado, y solo queda el grupo de tres amigos en todo el local.
Por suerte para Naiara y para este periodista — el pueblo está a una hora y media en coche de Barcelona y se ha hecho tarde—, Mikel Merino marca en el 90 y España logra pasar a cuartos de final.
No se escucha nada. Ni un “gol”, ni un “joder”. Nadie alza los brazos, nadie da un golpe de rabia en la mesa. El árbitro pita el final y el grupo de amigos sigue observando el televisor impasible, sin saber si se alegran o no por lo que acaba de ocurrir.
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