España es aconfesional, pero lo disimula muy bien
Entre los muchos artículos olvidados de la Constitución, esta semana hay uno que ha pasado especialmente desapercibido: el que establece que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Es cierto que el texto también contempla relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones religiosas, pero lo que hemos visto estos días parece ir mucho más allá de esa colaboración y encaja difícilmente en un Estado que se define como aconfesional.
Como ocurrió con sus predecesores, cada cual se ha quedado del Papa con aquello que mejor sirve a sus intereses. Los sectores progresistas destacan, con razón, su defensa de los migrantes. En plena ola reaccionaria y con acuerdos de gobierno entre PP y Vox que apelan a la “prioridad nacional” para criminalizar la inmigración, es importante la contundencia de León XIV en defensa de los derechos humanos.
Los gobernantes de izquierdas se han mostrado, en general, entusiastas con la visita papal. Más allá del interés electoral cortoplacista en buscar el aura de la figura de León XIV, cabe una reflexión sobre los efectos a largo plazo de la falta de distancia del poder político con el líder de los católicos. Sobre todo, en un país donde los ultras no han tenido piedad para combatir judicialmente, y contra la voluntad de los solicitantes, derechos como la eutanasia.
Esos sectores más conservadores, por su parte, celebran su rechazo al aborto y la muerte digna, expresado además en la misma Cámara donde se aprobaron ambas leyes. Como cada grupo político hizo suyo el fragmento del discurso que más le convenía, el hemiciclo respondió con una ovación de siete minutos.
Algo parecido ocurrió con su llamamiento a rebajar la polarización. Todos lo aplaudieron porque nadie se sintió interpelado. La responsabilidad siempre recae en el adversario. Quienes se emocionaron con la fotografía de dirigentes del PP, PSOE y Sumar compartiendo sonrisas y aplausos deberían recordar que esa imagen tiene mucho de excepcional y poco de duradera. Como en la canción de Sabina, tras el café del desayuno volverá la guerra fría. El lunes es metafórico, porque la bronca regresará antes. No les quepa duda.
Este diario es de los pocos que no se ha conformado con las cifras genéricas sobre el coste de la visita papal. Preguntamos y repreguntamos, pero las administraciones -desde el Gobierno central hasta comunidades autónomas y ayuntamientos- siguen sin ofrecer una cifra completa. Dicho de otro modo: PSOE, PP, PSC y Coalición Canaria no aclaran cuánto han supuesto para las arcas públicas las deducciones fiscales a las empresas, la cesión de espacios públicos o el despliegue de miles de funcionarios para los distintos actos.
Tampoco sabemos por qué un Airbus militar del Ejército del Aire fue el encargado de trasladar el Papamóvil ni la factura que también hemos pagado entre todos.
Se agradece que León XIV reconociese públicamente que los abusos sexuales en la Iglesia son una “plaga” y que lo hiciese ante muchos de los que han estado encubriéndolos durante décadas. Pero no es suficiente. Su encuentro reducido y casi clandestino con unas víctimas seleccionadas por la propia Iglesia enfadó y con razón a las asociaciones que representan a centenares de supervivientes de la pederastia y a las que se decidió dejar en la calle. Literalmente, porque tuvieron que resignarse a seguir alzando la voz solo ante los medios que quisimos escucharles.
El aluvión de informaciones acríticas difundidas desde el sábado, incluidas las emitidas por las televisiones públicas, ha construido un espejismo que poco tiene que ver con la realidad sociológica del país. El número de personas no religiosas se ha multiplicado casi por cinco desde 1980. Un informe de la Fundació Ferrer i Guàrdia señala que Catalunya y Euskadi son las comunidades con menor grado de religiosidad, una realidad que contrasta con la implicación del Govern de Salvador Illa en esta visita. Madrid ocupa el tercer lugar, con una población no religiosa que supera el 45%.
Hay más datos reveladores. Solo uno de cada diez contribuyentes marca exclusivamente la casilla destinada a la Iglesia católica en la declaración de la renta. El porcentaje de quienes marcan simultáneamente la de la Iglesia y la de fines sociales se mantiene en el 21,4 %.
Durante uno de sus discursos en Madrid, el Papa animó a los jóvenes a contraer matrimonio. Sin embargo, nueve de cada diez bodas celebradas en España son civiles. Por muy viral que se haya hecho el testimonio de Álvaro, un joven de 33 años que pidió la bendición de León XIV antes de pasar por el altar, las cifras siguen describiendo una realidad muy distinta.
La cuestión de fondo no es la relevancia del Papa ni el interés que pueda despertar su visita. Lo que resulta llamativo es la distancia entre la imagen proyectada por buena parte de las instituciones y los medios de comunicación y una España que se declara aconfesional.