La portada de mañana
Acceder
El Gobierno achaca a la falta de colaboración el retraso en la respuesta en Ceuta
De las noches tropicales a las “infernales”: el calor no da tregua ni para dormir
OPINIÓN | 'Hasta el último ucraniano', por Regina Laguna

Por qué soy un fan del filósofo Mario Bunge

17 de agosto de 2026 21:44 h

0

Necesitamos admirar. No solo es recomendable; puede llegar a ser una cuestión de supervivencia. Nuestra capacidad de admiración, mitad innata, mitad adquirida, tiende a disminuir con la edad. Quienes la pierden por entero se sumergen poco a poco y sin darse cuenta, no en un nirvana de serenidad escéptica, sino más bien de indiferencia y atonía; pueden llegar a ahogarse en el hastío. Sin embargo, en cuestión de admiraciones hay que ir con tiento, porque a veces acertamos y a veces no. Es recomendable rechazar a los profetas y no ponerse ciegamente en manos del maître à penser de turno (hoy escasean, no sé si por suerte o por desgracia).

Con tales cautelas, y si no se me demuestra lo contrario (cosa muy difícil), el filósofo y físico argentino Mario Bunge está en un lugar destacado de mis admiraciones. He aprendido de sus libros y artículos muchas cosas que considero ciertas, no solo sobre qué hay que pensar, sino sobre cómo hay que pensar.

Cuando murió, en febrero de 2021, Mario Bunge estaba a punto de cumplir 101 años. Quizá haya una relación entre el ejercicio de la filosofía y la longevidad. Jesús Mosterín recordaba que Gadamer vivió 102 años, Bertrand Russell, 98; y Platón y Kant más de 80, “cosa que en su época era una proeza”. Pocos años antes de morir, Bunge todavía daba conferencias por todo el mundo y, a juzgar por las entrevistas telefónicas que le hicieron cuando cumplió cien años, su cabeza funcionaba a toda máquina. En aquellos tiempos, Arcadi Espada lo escuchó en Madrid: “No conozco un caso igual. Jamás había visto a un hombre de 94 años dar una conferencia, no meramente deportiva, de más de hora y media y con su correspondiente coloquio, afectando solamente una sordera que, además, no estoy seguro de que no fuese coquetería o estudiada aduana de alguien que debe seleccionar los estímulos con cuidado”

“Alrededor de los 16 años, cuando empecé a tomarme la vida en serio”, escribió Mario Bunge en sus memorias, “me enamoré enseguida de la filosofía y la ciencia -en ese orden- y he intentado intensificar su interacción desde entonces.” Había nacido en Buenos Aires en 1916, hijo de una enfermera alemana y de un médico y diputado socialista. Estudió y enseñó física, matemáticas y filosofía, y en 1963 se expatrió a los EE. UU. y después a Canadá. Decía que su país “vivía bajo el yugo de la cruz y de la espada, a cuya sombra no crece casi nada”.

Es un caso curioso, el de Bunge. A pesar de ser considerado un filósofo muy notable, ser doctor honoris causa por una veintena de universidades, haber publicado decenas de libros y cientos de artículos, y haberse prodigado en múltiples congresos y conferencias, ni es muy conocido ni demasiado reconocido. Quizá porque fue incómodo, polemista, heterodoxo y realista a ultranza. Era de izquierdas, pero inmune a las modas. Criticó sin contemplaciones el izquierdismo del Berkeley de los años sesenta del siglo pasado (“Algunos líderes estudiantiles fueron engañados por filósofos que afirmaban que la ciencia era una herramienta del capitalismo tardío.”) Los consideró oscurantistas en la medida en que rechazaban aplicar las normas científicas al estudio de los problemas sociales, y “por tanto, no estaban ayudando a su propia causa”. Era un firme defensor de las ciencias sociales, aunque consideraba que “todavía están en la infancia”. Decía que “a la gente de derechas no les gustan las ciencias sociales serias”, y que “intentan impedir el estudio objetivo de la realidad social porque es peligroso”. Criticó sin miramientos tanto las pseudociencias como las corrientes académicas predominantes: “Entiendo por cháchara académica la que se produce en ciertas universidades, consistente en una mezcla de cosas sin sentido, falsedades y banalidades enunciadas en lenguaje hermético y más o menos rimbombante”.

Probablemente también le perjudicó el hecho de ser argentino. Bunge decía que para llegar a ser popular un filósofo tenía que ser alemán y hermético. Se refería sobre todo a Heidegger (“No hizo otra cosa que juntar palabras”). Se preguntaba qué había querido con una frase como «das Sein des Seiendes». Añadía que no solo no sabría cómo traducirla al castellano («¿El ser del ser?, ¿el ser del Ser?, ¿el Ser del ser?, ¿el Ser del Ser?»), sino que era intraducible incluso al alemán.

La tesis central de su libro “Filosofía política” (Gedisa 2009), de lectura más que recomendable, es que la política responsable no se basa en la ideología sino en la filosofía, especialmente en la ética, así como en la tecnología social, la cual resulta efectiva únicamente cuando está sustentada en ciencia social seria. Miraba con ojo muy crítico los modelos de la politología contemporánea, especialmente los surgidos de la teoría de juegos. Decía que no son científicos porque ni son conceptualmente precisos ni están validados empíricamente. Conceptos como probabilidad subjetiva, utilidad subjetiva o beneficio podían ajustarse a voluntad para obtener los resultados deseados.

Bunge hablaba del “efecto Rashomon”, en honor a la película clásica de Akira Kurosawa. “Se trata del hecho”, explicaba, “de que casi todo hecho social es percibido de manera diferente por los distintos actores o testigos”. En ocasiones, esto se debe a intenciones aviesas, pero lo más frecuente es que se deba al prejuicio o a la falta de información: “Por regla general, entendemos mucho mejor a la ‘gente como nosotros’, es decir, a los miembros de nuestro grupo de pertenencia, que a ‘ellos’, los miembros del grupo ajeno”.

En el contexto actual de sobreabundancia de “verdades alternativas”, “posverdades” y “fake news”, la reivindicación de la verdad lógica y factual que Bunge exigía es más necesaria que nunca. Bunge añadía, además, que existe también la “verdad moral”, que “se refiere a hechos morales, tales como ayudar a las personas que sufren, e inmorales, tales como bombardear poblaciones civiles”. La tesis de que hay verdades y falsedades morales, afirmaba Bunge, “es propia del realismo moral”: si hay hechos sociales que afectan para bien o para mal a otras personas, tiene que haber también verdades morales. He aquí algunas de las que Bunge mencionó como ejemplos: “La justicia es buena”, “Mentir es malo”, “El fin no siempre justifica los medios”, “La explotación es injusta”, “La crueldad es abominable”, “El altruismo es loable”, “La lealtad es una virtud”, “Una paz justa y duradera es preferible a la victoria”. No se trata de verdades establecidas por dogma, sino estrictamente científicas, en el sentido de que sus reglas pueden y deben ser compatibles con el conocimiento que la investigación científica ofrece acerca de la naturaleza humana y de la vida social.

Respecto al “grupo de pertenencia” de Bunge cómo filósofo, es ilustrativo este fragmento de un artículo suyo: “Los filósofos tienen fama de serios, secos, pomposos, a menudo sombríos e iracundos, siempre abrumados por problemas insolubles, y nunca capaces de hacer bromas. Las caras avinagradas de Hegel, Nietzsche, Unamuno y Heidegger confirman esta impresión. Pero esta no es la regla. Las caras atribuidas a Aristóteles, Epicuro, Spinoza, Leibniz y Russell, entre otros, denotan serenidad”. Añadía a esta segunda lista el nombre de su amigo Ferrater i Mora, “un filósofo sereno y sonriente, que me honró con su amistad y me hizo reír tanto como pensar”. De todos ellos, le dijo Mario Bunge a Juan Claudio de Ramón en una interesante entrevista, “Aristóteles es el filósofo más importante de la Antigüedad y quizá de todos los tiempos. Fue el primero en insistir en que la verdad no se encuentra en los libros viejos, sino investigando”.