La fina refinería de la violencia machista
Es una obviedad decir que todo hijo de vecino reconoce la violencia cuando la ve, igual que se reconoce que el agua moja, pero si algo ha quedado claro en la última década es que la violencia machista no solo no es reconocida: es negada, invisibilizada, desplazada y ridiculizada. Y cuando las defensas contra la violencia machista —igual que contra cualquier tipo de violencia— titubean o se quiebran a propósito, esta coge muchísima más fuerza.
A fuerza de rodeos argumentativos que se presentan como debates razonables, la realidad de la violencia machista termina tan difuminada como un cristal de coche empañado. ¿Cómo? Pues repitiendo que la violencia machista es un invento ideológico, caricaturizando el feminismo, tildándolo directamente de cáncer, o desplazando el debate hacia fenómenos reales pero marginales, como las denuncias falsas. A veces no es tanto una negación frontal, pero sí una maniobra sutil —y lucrativa, claro— de distracción.
Estos marcos no solo condicionan la conversación pública, hacen algo más peligroso: legitiman discursos. Por ejemplo, podemos considerar algunos canales misóginos de YouTube como simples y tristes cloaquillas digitales. Pero funcionan como finísimas refinerías: un caldo de cultivo perfecto para incubar y producir machismo al por mayor. Todo esto se va filtrando, poco a poco, pero con ritmo, pero sin pausa. Que una parte significativa de los jóvenes en España —en torno a uno de cada cinco— considere ya que la violencia de género es un invento ideológico es un síntoma clarísimo de ese desplazamiento cultural. Señala hasta qué punto la disputa por el reconocimiento de la violencia machista lleva implícito también un menor reconocimiento a lo que nosotras decimos, a nuestra credibilidad.
Desde su irrupción en 2018, Vox ha manifestado una y otra vez su intención de derogar la ley de violencia de género, una promesa que mantiene en sus programas electorales, no solo en sus discursos. Pese a lo cual, la presidenta extremeña en funciones, María Guardiola, decía el otro día que su feminismo es el mismo que el de Vox. Palabras que luego matizó, claro, que es que la malinterpretamos los que repartimos carnés feministas: “Lo que he dicho es que no entiendo que sea un escollo defender la igualdad real entre hombres y mujeres. Ese es el feminismo que debería defender Vox y cualquiera”, apostilló.
A algunos hombres cuesta verlos como potenciales asesinos o agresores machistas porque están muy adaptados a la sociedad. Eso dicen los expertos. Pero también cuesta verlos de ese modo porque se pone en duda constantemente a las víctimas. Y esto es algo deliberado y refinado, como decía.
El pasado 24 de enero, a Victoria la mató su expareja y padre de sus tres hijos. Figuraba en el sistema VioGén con “riesgo bajo”. En diciembre había sido condenado por quebrantar la orden de alejamiento, aunque no entró en la cárcel bajo la condición de no cometer ningún otro delito. Un mes después entró en la casa familiar y la acuchilló hasta la muerte. Además de Victoria, cinco de las mujeres asesinadas en lo que llevamos de año tenían denuncias previas.
Hay fallos evidentes en el sistema. Subestimar los testimonios de las mujeres o interpretar la violencia como un episodio aislado sigue retrasando la activación de medidas de protección eficaces. El problema —que lleva mucho tiempo siendo más una emergencia que un problema— exige coordinación interinstitucional, vigilancia y recursos suficientes. No los hay. Pero también exige una responsabilidad política y social: dejar de legitimar discursos que banalizan, niegan o desplazan la violencia machista. Porque por ahí, por las palabras, es por siempre comienza a filtrarse todo.