No suelo llevar chándal. Me gusta reservar el atuendo para situaciones en las que se da por hecho que no voy a ir en chándal. Por ejemplo, ahora: la vigilante de seguridad de la oficina del servicio municipal de estadística y notificaciones lleva un rato mirándome de arriba a abajo; estamos solos en la sala. Sé que me mira con ese gesto inquisitivo de quien está segura de que, en cuanto abandone las dependencias del Ayuntamiento, voy a ir a engancharme a la luz del vecino para poner una indoor de maría. Yo la miro a ella con el gesto sosegado, confiado y temerario del que está a punto de ponerse de pie, estirarse el chándal dignamente y preguntar por el jefe del área de planimetría, porque tengo que entregarle unos planos.
Todo esto está por ocurrir todavía, porque he pensado que quizá sería más provechoso para todos si antes de vivir esta situación la simulo por escrito. Ustedes me leen, yo hago un breve pero onanista ejercicio literario y a esta señora le queda un poco de margen para seguir prejuzgándome antes de la sorpresa. La primera vez que vine, y las siguientes, había otra señora muy parecida. Cuando llegué, me dijo: «Me avisó Mari Nieves de que vendría un muchacho rubio y muy guapo preguntando por ella. Pensé que lo decía de broma». Yo me reí con cierta desvergüenza, como dando por hecho que todo eso era cierto y que a Mari Nieves le había bastado con mi foto de perfil de Whatsapp para ponerse un poquito cachonda. Mari Nieves es una arquitecta de sesenta años con la voz de Marge Simpson; me cae bien. Además, no solo piensa que soy guapo sino que además lo va diciendo por ahí. Sé como Mari Nieves y difunde la palabra.
Pero llevo un pantalón negro de chándal que casi podría parecer dos o tres pantalones más, cosidos unos junto a otros, una camiseta cubierta por una sudadera y unas Vans viejas que uso para patinar aunque ya no patino. El Jota llamaría a esto «la ropa de pintar», pero lo que no sabe ni Jota, ni Mari Nieves, ni esta nueva señora vigilanta, ni la anterior, ni tampoco el concejal, es que me he puesto un chándal porque si no todo esto parece demasiado serio. Si les paso una factura de tres mil pavos y llevo camisa, esto se convierte en un trabajo y deja de ser un joseo. Y para mí, el joseo siempre ha sido el «no quiero nada serio» del mundo laboral. Es que el mundo laboral ya es demasiado serio. Además, mi amigo Dani ya me dijo una vez que los geógrafos podíamos ir en chanclas a todas partes si queríamos, porque somos tan pocos que somos imprescindibles en cualquier sitio. Imprescindible es un sinónimo de poder ir a trabajar en chanclas. Pero hace mucho frío para llevar chanclas, aunque anoche volviendo a casa me crucé con un muchacho de etnia yoruba en los soportales de la estación de autobuses de San Andrés que llevaba chanclas y vaqueros en mitad de la tormenta. Cuando solo tienes un calzado y ese calzado son unas chanclas, todo trabajo al que accedes es un joseo.
Voy en chándal porque así me reafirmo en que solo estoy de paso. En que solo voy a ir a entregar unos planos y a cobrar mi factura. En que yo tengo otros planes, y es verdad que tengo otros planes, pero no hay razones para que no pueda ponerme un pantalón rígido y una camisa o una chaqueta más acorde con lo que estoy a punto de hacer, que es ponerme de pie, aclararme la garganta con un mínimo carraspeo y decirle a la señora vigilanta si puede avisar a Roque o a Mari Nieves, incluso a Julián, el geógrafo, si hace falta, para poder acabar el trámite y seguir con mi vida. La tipa me está mirando y estoy seguro de que se pregunta qué coño quiero y qué hago tanto rato escribiendo en el móvil. Yo me pregunto si tan malo es dar por hecho que se llama Charo. Nada en contra de las charos, al revés: ellas son la última línea que nos queda contra el fascismo.
Las Charos y los Julianes, las Mari Nieves -los Roques no- son gente que no vota a nazis ni piensa en cosas extrañas. Es peña que juega o jugó al Candy Crush, que utiliza Facebook y que tiene una fijación extrañísima por los estados de Whatsapp. Es el funcionariado state of mind y loadas sean sus vidas normales; la utopía tranquila. Lo aspiracional no va con ellos porque ellos son lo aspiracional, aunque a todos los que vamos de edgy nos dé un poco de cosica acabar siendo una Charo o un Julián porque creemos que eso va a implicar disolver nuestro yo en una amalgama cómoda de catorce pagas y días de asuntos propios. Creo, ahora que lo estoy pensando, que no he disfrutado en toda mi vida de esa conquista social llamada vacaciones retribuidas. Más de la mitad de mi vida laboral, tengo treinta años, ha sido como autónomo; un tercio ha sido en negro y otro tercio ha sido trabajo por cuenta ajena en el que no he estado más de 7 u 8 meses seguidos. Mi trabajo más largo, más estable y por el que me conoce todo el mundo es el de columnista. El mundo está del revés.
Me pondré en pie y le preguntaré por estos. Se asomará desde el hueco de la escalera para ver si la puerta del despacho de Mari Nieves está abierta. Me dirá que sí -siempre está abierta- y yo subiré por las escaleras marmóleas y silbando la Internacional -siempre es una cuestión más melódica que ideológica, aunque también sea ideológica- y me sentaré frente a ella con una media sonrisa. Asentiré a todas sus quejas: «tenemos mucha carga de trabajo» o el mítico «son fechas muy malas» y le diré, con un generismo aterrador: «si es que eso es como todo».
Miraré de reojo la pantalla de su monitor, esos polígonos perfectos que he dibujado estas semanas, los planos de mi ciudad, los que se van a usar en los próximos treinta años en todos los planes urbanísticos y que a partir de hoy serán de mi invención, y le diré que está todo genial. Ella me dará las gracias y yo aprovecharé para zorrear un poquito -zorrearle a una señora como Mari Nieves consiste en hacer malabares entre recordarle a su hijo y a ese profesor de zumba que quién lo pillara con treinta años menos- para ver si se acuerda de mí la próxima vez que necesite unos mapas o que a su departamento le vuelvan a sobrar unos cuantos miles de euros de dinero público -europeo, en concreto- muy mal gestionado. Mal gestionado porque cada céntimo que no vaya destinado a engrandecer la figura del alcalde en su último o penúltimo año de vida, cada euro que no caiga en el bote para la construcción de la pirámide municipal de su sepelio, en estos años locos, me parece un derroche. Saldré de aquí con dos sensaciones. La primera sensación será la de victoria porque ahora SÍ me queda hueco en la mente para coger esta naranja amarga que tengo por cráneo y exprimirla para sacar de sus fibras tiesas una novela que pueda vender, yo qué sé, diez mil ejemplares. Después sentiré que todo esto está muy bien, pero dónde coño están mis novelas escritas; no publicadas, escritas. La segunda sensación será de flagelo, y esa será inevitable. Luego iré al gimnasio.