El hito de tirar las pertenencias de los sintecho

16 de junio de 2026 22:02 h

0

Si me permiten, empezaré por el final. El ayuntamiento de Madrid ha ordenado no avisar a las personas sin hogar, que viven y duermen en la calle, de que van a tirar sus pertenencias cuando se activa, sin notificarlo tampoco, el protocolo de limpieza. Hasta ahora los llamados Equipos de Calle sí les advertían para que pudieran recoger al menos lo último que les queda: su ropa, zapatos, medicamentos, documentación completa y hasta recuerdos personales. Han sido algunos de estos empleados municipales los que han dado la voz de alarma mostrando su preocupación al Colegio Oficial de Educadores Sociales de la Comunidad de Madrid.

Es un signo de crueldad extrema quitar lo poco, aunque esencial, que tienen estas personas que no disponen de un hogar en la ciudad con la vivienda más cara de España, gracias a las políticas para ricos del PP de Madrid. Y creo que es importante destacar esta noticia a pesar de que nos inunden supuestos finales de guerras, campeonatos de fútbol en el país que las genera o la lucha —presunta pero implacable— contra la democracia que se libra en España, incluida la alianza de las derechas-ultraderechas española y catalana para exigir un adelanto electoral fuera de los cauces de la lógica parlamentaria. Ha sido rechazada por la Mesa del Congreso y tampoco sabemos si Junts planeaba votar con PP y Vox o hacerles quedar en ridículo.

No son comparables, pero podría decir que casi me indignan de forma similar esos avatares en los que nos encontramos, incluido el atropello a los sintecho. Sobre todo porque quitarle a los más pobres lo único que tienen, no es el final, como les decía, sino un punto y seguido. Más bien dos puntos ortográficos que llevan a mucho más. Porque así ha venido sucediendo. No es sino aprender de la historia. Tirar a la basura lo que las personas atesoran porque son pobres y no disponen de la vivienda que debería garantizarles el Estado de Derecho, según la Constitución, es el aperitivo con el que sueñan los fascistas antes de tirar a la basura también a los humanos que consideran inservibles. Prioridad nacional se atreven a llamarlo a veces.

Antes, han ido minimizando buena parte de los derechos que tanto costó conseguir, robando la capacidad de resistencia y hasta la percepción de lo que realmente ocurre que es la base de todo. Porque, quizás, solo cuando duermes en la calle y vas a lavarte a los baños de una cafetería y al volver ya no hay nada de lo que tenías precariamente en la calle, entiendes de qué se trataba todo esto. O, también, cuando te pones en la piel de esas personas. Algo que los fascistas y asimilados no hacen ni en sueños.

 Viví en Nueva York en los 90, en pleno apogeo de George Bush. Y conocí el fenómeno de los “homeless” que no había llegado al menos con cierta notoriedad a España. El parque de Tompkins Square, situado en el East Village al Sur de Manhattan, registraba una “rebelión” de los sin casa. Unos 200, atrincherados en el lugar, mostraban resistencia al desalojo, a pesar de que ocasiones anteriores se habían resuelto con duras agresiones policiales. El alcalde Koch también les envió esta vez a la policía y las tanquetas se llevaron por delante sus escasas pertenencias. Pero los homeless no se marcharon. “Hasta el dueño de un apartamento te avisa con 72 horas de antelación” se quejaba en extraña lógica una chica norteamericana (había gente de toda procedencia). Se quedaron. Pasaban el día entre músicas y comían o cocinaban la comida que les bajaban los vecinos y organizaciones sociales diversas. “¿Cómo encontrar trabajo y alojamiento si uno se pasa la noche tirado en la calle?”, decían. Leo que aún sigue siendo ese parque un símbolo.

Los sin casa con carrito de supermercado como armario volante pululaban por Manhattan. Con las mantas y la ropa, Carlo, un puertorriqueño en la treintena, llevaba una escoba para barrer donde decidiera dormir. Cada día, al ir a tomar el autobús, me encontraba a un egipcio de 43 años con una pierna que mostraba inicios de gangrena. Apoyado sobre la otra, sana, agitaba un papel con el diagnóstico de su enfermedad y su carencia de seguro médico para pedir dinero y tratar su grave dolencia. Un día dejó de aparecer por allí. Es el espejo del futuro por este camino.

Y lo que viene, paso a paso y ya acelerado. Pregunté entonces por lo que parecía ser una llamativa afición de los ancianos por las mascotas, dada la cantidad de latas de comida para perros o gatos que adquirían en el súper del barrio. Era la Séptima Avenida con la 46, no un suburbio, y resulta que los ancianos compraban las latas de animales para alimentarse ellos por su menor precio. Aquí ya van a por las pensiones. Es el futuro, sí. Vean a Trump, a Milei, al Madrid de Ayuso que no por casualidad le condecoró con su medalla de oro. Tenemos que hablar un día a fondo de eso. Siempre queda relegado.  

Empiezan a escribir sobre el fracaso de la socialdemocracia, cómo ha defraudado. Y, si bien no ha reaccionado al tremendo envite del capitalismo salvaje, la causa de esta degradación de la vida social no es precisamente de la izquierda. Esos años 90 venían con la caída del Muro de Berlín y la rápida reacción del otro lado de la muralla: el capitalismo que enseguida, sin freno alguno ya, se trocó en desbocado.  En el mismo mes de noviembre de 1989 que se festejaba la apertura de Berlín, se firmó el Consenso de Washington y en enero el de Bruselas. Participó en su redacción hasta el FMI.  Ahí estaba todo. Desregulación, separación de la banca comercial de la de inversión que favorece que el capital financiero crezca sin control, recorte del gasto público, reforma fiscal para favorecer a los más ricos, bajada de salarios, liberalización del comercio internacional, y privatizaciones, con mayor hincapié en sanidad y educación que son las más rentables en varios sentidos.

Ha ido a más. No faltaba sino el estallido de nuevas formas de comunicación. Políticos desaprensivos usan la mentira como arma de destrucción masiva. De ahí el éxito de Trump, de Ayuso, del PP de Feijóo y sus medios serviles… De la ultraderecha fascista que se cuela como potable en una sociedad deliberadamente abotargada. Casi es increíble que esté cayendo todo lo que se ve. Miren España qué degradación de la política, la justicia, el periodismo.

Arrasar con las pertenencias de los sin techo en Manhattan era solo el principio. El presidente actual de Estados Unidos se permite arrasar... los derechos humanos hasta de futbolistas de otros países. Y el resto del mundo sigue manteniendo a sus equipos allí. El seleccionador de Irán lo denuncia y nadie mueve un dedo para solucionarlo. De eso se valen.

Trump se dedica también a perseguir a rivales políticos, como denuncia el exitoso gobernador de California. Asegura -y los medios lo corroboran- que es víctima de una investigación prospectiva ordenada por el presidente.

Y, si no hay nada, se inventa como hicieron aquí las cloacas policiales del gobierno de Rajoy para cambiar rotundamente el curso de las elecciones de 2016, con complicidades mediáticas que siguen impunes. El principal encausado, el exministro Fernández Díaz, se enfrenta a una petición de 15 años de cárcel, y sigue con su pasaporte y su vida y mucho nos tememos que así continuará. La última jugada de la justicia española ha sido la de Pedraz contra el dirigente del equipo fundador de Podemos, Miguel Urbán. Este juez le ha retirado a Urbán la condición de víctima en el caso del montaje de la coca que urdió contra él la cloaca del Partido Popular justo en aquella época. Rechaza imputar al confidente porque le ha dicho que no recuerda nada de lo ocurrido. “Es completamente increíble que no reconozca su propia firma ni que alegó que lo hacía por el bien de España”, dicen los abogados de Podemos. Lo increíble es que el juez le crea.

 Son las tanquetas que se han llevado múltiples derechos ya, la honestidad y la conciencia también. Desposeer a los sin techo de lo último que tenían no era el final, no. Les queda mucho más con lo que arramplar. No hay más que ver la tranquilidad con la que operan; el aplauso de muchas víctimas, verdugos improvisados, incluido. Mientras se dejen, ¿verdad? Aquel Nueva York queda tan lejano, ya. Ha elegido ahora, sin embargo, a un alcalde honesto y demócrata, no es mal camino. Pero el país está en manos de un indeseable que opera sin control. Aquí todavía estaríamos a tiempo de no dar un paso más hacia ese futuro. Al menos en el gobierno del Estado. Es obvio que la deriva sí ha llegado a algunas administraciones locales. Pero las barreras diarias, los gritos, los bulos si se tercia, la ley del embudo en su máximo esplendor, los pobres diablos con techo y sin alma, casi oscurecen el camino. Ojalá una luz. Una hoguera de San Juan. Algo.