No fue Sánchez, fue la derecha
En tiempos de odio, un abrazo es una afrenta y un beso, una provocación. La caverna vomita bilis porque Pedro Sánchez abraza en público a su esposa y la mira como lo que es: su compañera de vida, la madre de sus hijas y un pilar fundamental en su día a día. Sin ella, el presidente del Gobierno no sería nada y él además no lo oculta. De ahí el gesto de amor ante las cámaras que ha hecho brotar a los odiadores profesionales, a los que prefieren la repugnancia al amor, la inquina al cariño y el aborrecimiento a la empatía. No recuerdan cuando hizo lo propio Feijóo con su pareja, Eva Cárdenas, en 2016 tras su victoria electoral en Galicia o cuando Aznar se deshizo en elogios sobre Ana Botella en un mitin del PP.
Llevan casi tres años intentando acabar con ella, esparciendo fango sobre su actividad, persiguiéndola por tierra, mar y aire, escrutando cada uno de sus pasos y los de sus hijas y, ahora, la denuestan porque Sánchez la abraza en público. Pero, no ha sido el presidente del Gobierno quien ha metido a su esposa en campaña, sino la derecha política, judicial y mediática. Ellos fueron quienes la denunciaron ante los tribunales, quienes la acusaron de ser una corrupta sin una sola prueba, quienes extendieron un manto de sospecha sobre lo que hacía y quienes la acosaron en su trabajo, en su universidad y en su vida privada.
La derecha nunca tuvo un caso Begoña, sino una campaña contra Begoña cuyo único objetivo era hacer insoportable la vida personal de un adversario político para que abandonara. Fue el PP quien cruzó esa línea que nunca se debiera cruzar en democracia y, ahora, trata de invertir la realidad porque, tras el comentado beso entre la pareja en un mitin en Fuenlabrada, el problema es que Pedro Sánchez “usa” a Begoña Gómez, la “expone” y hace “campaña con su mujer”.
Es la última boutade que han puesto a circular entre su trompetería mediática para tapar que se han saltado todas las líneas rojas de la política decente metiendo a las familias en la refriega partidista y que quienes han hecho campaña con Begoña, contra Begoña y a costa de Begoña han sido ellos. El líder del PSOE y candidato a la reelección, lo que ha hecho, como consecuencia de todo lo anterior, es reivindicar a su pareja después de que sus adversarios encontraron en ella un filón para atacarle.
Fueron ellos quienes convirtieron su nombre en un titular diario, su trabajo en un delito y su matrimonio en un arma arrojadiza. Fueron ellos quienes pasearon su vida por los platós de televisión, los que la llevaron a los juzgados con una denuncia construida con recortes de prensa y los que convirtieron su vida en un circo mediático. Así que lo que les molesta del beso no es el beso, sino la normalidad que representa y que mientras ellos viven instalados en el rencor, en el que “te vote Txapote” y en el “Sánchez, hijo de puta”, su odio no ha conseguido que la pareja desista y abandone la esfera pública.
Dicho todo ello, no hay intención alguna entre los estrategas de la campaña del PSOE de convertir a Begoña Gómez en el eje de esta campaña electoral y mucho menos que su presencia sea constante. De hecho, lo del pasado sábado, abrazo y beso incluido, no es la primera vez que ocurre en un mitin protagonizado por Sánchez, aunque se haya sobredimensionado por la explícita declaración de amor del presidente. Begoña Gómez ha ido a todos los actos electorales en los que Pedro Sánchez fue proclamado candidato a la Presidencia del Gobierno, además de a otros puntuales celebrados en Madrid. El primero fue en 2015, en el escenario del Teatro Circo Price, cuando el aspirante del PSOE apareció, para sorpresa de propios y extraños, envuelto en una enorme bandera de España y junto a su esposa vestida de rojo. Curioso que entonces fueran los suyos quienes criticaran la estampa, y no la derecha.