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¡Oh, Jerusalén!

1 de abril de 2026 22:16 h

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Isabel Díaz Ayuso es muy de “los de la cruz” y entiendo que se refiere a los cristianos. Hace unos días quiso enmendarle la plana a Felipe VI, que había admitido sottovoce que los conquistadores hispanos de las Américas cometieron “abusos”, y proclamó con su acostumbrada desfachatez: “Llegamos los de la cruz y pusimos un nuevo orden, había que civilizar”.

Por “civilizar” Ayuso se refiere a sustituir a sangre y fuego unas culturas indígenas por otra foránea, algo muy discutible y no solo con los ojos algo más humanistas del presente, como dicen esos analfabetos nacionalcatólicos que desconocen la historia de las Españas. Ya en el mismísimo siglo XVII el sevillano fray Bartolomé de las Casas puso el grito en el cielo ante el cruel trato otorgado a los indios por los conquistadores. Y no fue el único, señora Ayuso y compañía.

Pues bien, ahora estamos en plena Semana Santa y no he oído a Ayuso, tan de “los de la cruz”, protestar por la tropelía cometida el pasado Domingo de Ramos por Israel en la mismísima ciudad de Jerusalén, escenario de los hechos de la pasión de Jesús de Nazaret. Manu militari, Israel impidió al patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pizzaballa, acceder a la iglesia del Santo Sepulcro, el lugar más sagrado del cristianismo. Por cierto, unos días antes, la soldadesca israelí había apaleado a palestinos musulmanes que pretendían celebrar el final del Ramadán en la mezquita de la Roca, el tercer lugar sagrado del islam.

No soy en absoluto una persona religiosa, pero sí le tengo un gran respeto a lo sagrado, que no es lo mismo. Sagradas son para mí la vida humana, la inocencia de los niños, la limpieza del mar, la vida de los bosques, los monumentos y obras de arte de la humanidad, las ideas de libertad, igualdad y fraternidad. También lo son los lugares y los momentos donde otros seres humanos se recogen en oración ante dioses en los que yo no creo. Jamás se me ha ocurrido burlarme de las procesiones de estos días en mi querida Andalucía, comer, beber o fumar por las calles durante el Ramadán en las ciudades de mayoría musulmana donde he vivido, o encender fuego en casa de anfitriones judíos que siguen el Shabat.

A las religiones les pido que no intenten imponerme sus dogmas y sus ritos, que respeten la libertad de los demás a creer o no creer, que se atengan escrupulosamente a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por lo demás, las considero libres de desarrollar sus cultos. Con urbanidad, eso sí.

Por eso me escandaliza lo que Israel está haciendo en Jerusalén, lo veo como un paso más en esa su permanente violación de todas las reglas que permiten considerar democrático a un Estado. Sintiéndose impune por el padrinazgo de Estados Unidos y la cobardía de Europa, Israel lleva décadas practicando el apartheid con los palestinos, anexionándose ilegalmente los territorios que ocupó en 1967 y exhibiendo la máxima brutalidad con sus vecinos libaneses, sirios y persas.

Bajo Netanyahu, Israel ha salido por completo del armario y nos muestra el rostro del totalitarismo. Tal es su descaro que hasta insignes ciudadanos suyos como Avraham Burg, expresidente de su Parlamento, empiezan a dudar de que tenga derecho a la existencia. Ya no es un refugio para judíos perseguidos por el antisemitismo, es un poderoso Estado que quiere conquistar todo su espacio vital, su Lebensraum, ese Gran Israel desde el Nilo hasta el Éufrates de la Biblia. Con el apoyo, sí, de la gran mayoría de su población, señora Ayuso. Como lo tuvo el Führer entre tantos sus compatriotas para el Reich de los Mil Años.

Israel ya no oculta que quiere hacerse con todo el territorio del antiguo Mandato Británico en Palestina, ni tampoco con el sur del Líbano y un bocado de Siria, cosas todas ellas radicalmente contrarias a la legalidad internacional. A la par está arrasando Irán, el último país en la zona que le hacía frente, y legalizando la ejecución en la horca de aquellos palestinos que sus tribunales militares consideren terroristas. Señora Ayuso, si a esto puede llamársele democracia, yo soy Elvis Presley y usted la Dama de las Camelias.

Lo de impedir a cristianos y musulmanes que accedan a sus lugares santos en Jerusalén debería ser de juzgado de guardia hasta para seres como Ayuso, Abascal y los ultras descerebrados que, en la noche del pasado martes, en el partido entre España y Egipto, corearon lemas islamófobos. Jerusalén no puede ser patrimonio exclusivo de ninguna religión, ni tan siquiera de la que se recoge ante el Muro de las Lamentaciones. ¿O es que queremos apresurar la llegada del Apocalipsis?

Supongo que Ayuso, Abascal y los suyos ignoran que hay miles de palestinos que son de religión cristiana. Yo no lo ignoro, miren por dónde. Una vez, hasta estuve con ellos en una misa de Nochebuena en la Basílica de la Natividad de Belén, y les aseguro que fui mucho más respetuoso con el lugar y el momento que la tropa israelí que patrullaba el lugar. 

He ido varias veces a la Ciudad Santa de las tres religiones monoteístas y siempre he sentido allí algo especial, la sensación de que es uno de los polos magnéticos del planeta, un lugar donde, si el dios único existiera, se manifestaría de preferencia. Así lo ha visto también la comunidad internacional que, a través de la resolución 181 de la ONU, la consideró en 1947 un lugar especial, un corpus separatum merecedor de administración internacional.

En fin, quizá sea otro signo de estos tiempos el que a un descreído como servidor de ustedes le indigne más el acoso a mano armada en pleno Domingo de Ramos al cardenal Pizzaballa que a alguien tan de la cruz como la señora Ayuso.