El padrastro de la democracia
La democracia española tiene muchos padres, según quién te cuente la historia. Tiene padres oficiales, aquellos siete “padres de la Constitución” que redactaron nuestro texto supremo y que los niños de la EGB recitábamos como los afluentes del Tajo o una alineación futbolística: Cisneros, Herrero de Miñón, Peces-Barba, Pérez-Llorca, Solé i Tura… Tiene también padres repudiados, como el rey Juan Carlos, al que algunos siguen reconociendo la paternidad, pero nadie quiere sentarlo ya en la mesa familiar. Tiene muchos otros padres, no reconocidos pero más queridos que aquellos: líderes sindicales, políticos, vecinales y sociales que en las calles, instituciones y centros de trabajo empujaron la democracia más allá de donde pretendían aparcarla algunos. Y tiene por supuesto madres, mujeres luchadoras que quedaron fuera del relato oficial durante años y solo recientemente reivindicadas.
Y también tiene un padrastro: el ex teniente coronel Antonio Tejero, fallecido por una ironía de la Historia el mismo día en que se desclasifican los documentos del 23F. Digo padrastro, no en el sentido civil del término (el segundo marido de tu madre), sino en las otras acepciones que recoge la Real Academia: 2. Mal padre. 3. Obstáculo, impedimento o inconveniente que estorba o hace daño en una materia. 4. Pedazo pequeño de pellejo que se levanta de la carne inmediata a las uñas de las manos, y causa dolor y estorbo.
“Mal padre” lo fue sin duda: Tejero es, a nuestro pesar, otro de los padres de la democracia pues su golpe de Estado marcó el paso a la recién nacida democracia, que no volvió a ser la misma tras la experiencia traumática. Un padre violento, claro. Somos hijos de aquellos padres y madres del primer párrafo, pero también un poco de aquel guardia civil malencarado que subió a la tribuna del Congreso y gritó una de las frases más populares, repetidas, temidas y parodiadas del último medio siglo español: “¡Se sienten, coño!”.
Con su golpe, Tejero metió en cintura a la jovencísima democracia, en un momento en que la agitación política y social amenazaba desbordar el cauce. No sabemos dónde estaríamos hoy sin el “tejerazo”, pero sí podemos decir que el 23F, como los ruidos de sables que lo precedieron (la “Operación Galaxia”, en la que también estaba Tejero) metió miedo a los españoles y moderó mucho las posiciones. Por ejemplo, frenó en seco las exhumaciones de fosas y retirada de símbolos franquistas que ya habían empezado en tantos ayuntamientos democráticos. La España desmemoriada, en la que todavía hoy el franquismo es motivo de disputa política y reaparece con fuerza la ultraderecha, es en muchos sentidos hija, o hijastra, de aquel tipo siniestro que aterrorizó a nuestros padres.
En la acepción de “Obstáculo, impedimento o inconveniente” también fue Tejero el padrastro de la democracia: un tronco en la rueda de un país que empezaba a caminar solo, y que a partir de su acción frenó el ímpetu democrático. Sabemos ya que Tejero era solo un mandao, un peón a las órdenes de la España más retrógrada, y que además facilitó la épica del rey Juan Carlos, que como sabemos “paró el golpe” (guiño, guiño, codazo, codazo). Aunque su golpe fracasó, bien pudo Tejero decir “misión cumplida”: el suyo fue un aviso, un susto bien orquestado, tras el que nada sería igual.
Y ya puestos, el padrastro Tejero fue también un “pedazo pequeño de pellejo que se levanta” causando “dolor y estorbo”. A la democracia española se le levantó un pellejo con tricornio o bigote, un grano molesto que nos recordó dolorosamente de dónde veníamos, quiénes habían ganado una guerra civil y se habían beneficiado de cuatro décadas de dictadura, y no estaban dispuestos a desmadres democráticos. Otro residuo de la España más negra muere con él.