Qué bien se respira en este vergel del mundo nuevo

10 de enero de 2026 22:45 h

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No hay que desanimarse, sólo verlo de otro modo. Slavoj Zizek tituló un libro magnífico ‘Bienvenidos al desierto de lo real’. No tenía nada que ver con Venezuela, pero ese concepto, “el desierto de lo real”, es útil ahora. Me ayuda a ver que la realidad es árida, seca y nos mata de sed.

Varados en esas dunas, defendíamos en un raca-raca ritual la ONU, la UE, el multilateralismo, el derecho internacional, en fin, esas “cursiladas”. Lo dábamos por sentado: lo real tiene esa textura incontestable. Entretanto, trumpistas, ultraderechistas y reaccionarios de toda laya, se unían para aventar su utopía retro. Seducían a la gente, prometían volver a hacer grandes los países (esto sólo aplica a los que ya son grandes, pero dejemos las contradicciones de Vox por el momento). Garantizaban industrias y riqueza material, “oh, drill, baby, drill”. Honraban al trabajador de cuello azul en trance de perder su identidad varonil, dándole aranceles por doquier. Como buenos visionarios, vociferaban sus augurios: una nación blanca de nuevo, todo lo grande es puro, las mujeres son criaturas encantadoras. Etcétera.

Difundían su preciosa retroutopía mientras nosotros vivíamos encadenados al soniquete burocrático: procedimientos, cumbres, consensos a 27, toda esa maraña de directivas y reglamentos que cambian la vida de la gente. ¿Cómo iba a funcionar en el capitalismo de la atención una trama basada en procedimientos y no en aventuras? ¿Cómo, hablando por turnos y no con insultos? ¿Qué son 80 años de paz si no hay ni una foto épica que los simbolice? Y cuando digo épica, me refiero a épica, no a dos señores estrechándose la mano. 

En cambio, los ejércitos de Trump han pasado tres minutos en Venezuela y han grabado en nuestra retina la imagen viva del poder en acción, la guerra en marcha con sus misiones cumplidas. Esos helicópteros volando en fila india hacia el enemigo... Ya lo dijo Trump, fue un espectáculo. Es tal la fuerza de las imágenes de la captura de Maduro que, sin verlas, hemos sentido su poder arrollador. Los ejércitos de Trump las censuraron. Se convirtieron en obscenas —del griego ‘ob skene’, fuera de la escena—, y así han eludido engrosar la enojosa categoría de “contenido”. En lugar de perderse en el océano de bytes, se alojan ya en nuestra memoria. Porque no las hemos visto, pero hemos visto a Trump viéndolas y eso basta: la imaginación siempre será más poderosa que la imagen. 

Admitámoslo, la paz europea era desértica, de tan real. En ella nos sucede como a aquellos protagonistas de la fábula de David Foster Wallace. Un pez viejo se cruza con dos peces jóvenes y les saluda: “¿Cómo está el agua?”. Los pececillos siguen nadando y al rato uno pregunta: ¿qué es el agua? Así nos preguntábamos nosotros: ¿qué es la paz? Ahora lo sabemos: una cursilada donde respirar.

Ha sucedido todo al mismo tiempo. Al pobre cerebro humano, limitado y alucinógeno, no le da tiempo a procesar. Pero en Europa sabemos que ha sucedido algo que afecta a la economía, la energía, la geopolítica, el derecho…, tantas cosas. Todo parece pintar mal y corremos el riesgo de abatirnos.

No desfallezcamos. También ha ocurrido algo epistémico. Veámoslo de este modo: la irrealidad se ha desplazado, ha cruzado la frontera y ha mutado en su naturaleza. Cuántas veces hemos tomado a Trump por loco al oír sus bravatas. Cuántas hemos dicho que vivía en una realidad inexistente, paralela… 

Ahora ha atravesado una linde: la del desierto.

Todos esos retroutópicos enardecidos por la grandilocuencia, la cultura bélica y el olor a abrótano macho, son ahora lo real. Y nos hemos quedado fuera de la realidad quienes creemos en cosas inexistentes: el derecho internacional, la ONU, e incluso la UE. Hemos accedido al vergel de lo ficticio. Y aquí viene lo bueno: es maravilloso.

Celebremos el ser ahora los locos, los utópicos, por ponerlo en lenguaje político. Festejemos: la utopía ha cambiado de bando. Si nos esforzamos un poco y nos organizamos, veremos claro que estamos en minoría, pero somos muchos más. Lo haremos. Esta nueva realidad de la guerra y la fuerza es una excelente materia prima con la que trabajar. Hay mucho por hacer. 

Bienvenidos, bienvenidas. Como no lugar, la utopía siempre fue más bella que los aeropuertos. Y bien pensado, ya no tendremos que exaltar un reglamento en tramitación. Vamos derechos a lo primordial: los ideales. A saber, un mundo justo, en el que no siempre ganan los fuertes; en el que los humanos nos cuidamos y colaboramos; un mundo de ciudadanía y no de súbditos; un sentido de la dignidad intrínseca de las personas, al margen de su sexo, su color o su valor económico. ¿No es hermoso? Somos los pececillos de Wallace arrojados del río, pero decididos a ir en su busca. A por el agua pues, no hay tiempo que perder. Estas nieves traerán un abundante deshielo.