En medio del barullo que lleva armando el PP desde que no le salieran las cuentas del 23J, ha llegado la hora de la verdad para Alberto Núñez Feijóo. Este martes y miércoles se celebra el debate de investidura del líder popular, de cuyo programa lo único que se sabe es que está dispuesto a poner patas arriba a España si no llega a la Moncloa, porque Pedro Sánchez es un okupa al que hay que echar por las buenas o por las malas. Feijóo cuenta con 172 votos (PP, Vox, y sendos diputados de UPN y Coalición Canaria), pero para salir elegido a la primera necesita la mayoría absoluta del Congreso, que son 176. Si no los consigue –como se da por descontado–, el viernes habrá una segunda votación que se dirimirá por mayoría simple –que los síes superen a los noes–, y también se da por descontado que no lo logrará. Salvo que se produzca algún repentino terremoto. Vamos, un tamayazo.
Después de intentar sin éxito ganarse los favores del PNV y de Junts –al que incluyó de manera provisional entre los partidos constitucionalistas con la esperanza de mover las fibras de Puigdemont–, y después de suplicar con poca fortuna a Sánchez que le permitiera gobernar al menos dos añitos que se pasan pronto, toda la estrategia del PP se ha reducido a apelar abierta y descaradamente al transfuguismo en el PSOE. A cuatro “socialistas buenos”, como los recordados Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, que en 2003 traicionaron a su partido y permitieron la llegada de Esperanza Aguirre a la presidencia de la Comunidad de Madrid. El problema es que, esta vez, encontrar cuatro socialistas buenos que permitan salvar a España de su destrucción a manos de Sánchez se antoja tan improbable como lo fue encontrar a los 10 hombres justos que Dios exigía al patriarca Abraham como condición para librar a Sodoma y Gomorra de su destrucción con fuego y azufre.
Por lo visto, el líder socialista, que de tonto no tiene un pelo, tuvo la precaución de armar unas listas al Congreso a prueba de indeseables tentaciones, a diferencia de lo que sucedió hace 20 años con el ingenuo Rafael Simancas. Sánchez se tomó ese trabajo no solo por el talento demostrado por el PP para reclutar tránsfugas, sino porque es consciente de que, pese a haber ganado en dos ocasiones consecutivas las primarias socialistas, tiene poderosos enemigos en el interior del partido, como lo comprobó en sus propias carnes con el golpe palaciego que le asestaron en 2016. Esos enemigos, con Felipe González y Alfonso Guerra al frente, no solo siguen activos, sino más enconados que nunca ante la constatación de que se les está difuminando la influencia que creen merecer en el partido. Sería interesante que el CIS preguntara en su próximo barómetro por la popularidad de González y Guerra; es probable que serían mucho más valorados en la derecha y la ultraderecha que con tanta saña los atacaron en el pasado, que entre la izquierda que antaño se refería a ellos con veneración citándolos por sus nombres de pila.
Salvo sorpresas, pues, el debate de investidura permitirá constatar la impotencia del PP para tejer alianzas en un país cada vez más consciente de su pluralidad, que ya no responde a la dinámica de la hegemonía de los dos partidos mayoritarios de ámbito estatal. El escenario es hoy tan voluble que el diputado de Coalición Canaria, pese a haber comprometido su voto a favor de la investidura de Feijóo, apoyó días atrás la utilización de las lenguas cooficiales en el Congreso, duramente rechazada por sus aliados de la derecha. Hoy por hoy, el PP solo puede alcanzar acuerdos con su sucursal navarra UPN y con el partido ultraderechista Vox, con el que ha llegado a pactos en varias comunidades autónomas y más de un centenar de ayuntamientos para inquietud de los demócratas europeos.
El ‘matrimonio’ con los ultras y la asunción de su discurso reaccionario, el secuestro del poder judicial desde hace casi un lustro, el desconocimiento de la legitimidad del Gobierno progresista, la convocatoria de actos callejeros para enardecer los ánimos de la ciudadanía ante la imposibilidad de conseguir el poder por los cauces institucionales... convierten al PP en una formación alejada de la Constitución que tanto alardea defender. Y que utiliza a su antojo, sea para meter y sacar a Junts de ella según la conveniencia política o para oponerse a una amnistía que no solo tiene encaje constitucional, sino que es un instrumento utilizado con normalidad en las democracias europeas más avanzadas para salir de sus laberintos políticos sin que se acabe por ello el mundo.
El compromiso del PP con la democracia es, en este momento, frágil por mucho que traten de apropiarse impúdicamente del lema de la Revolución Francesa. Ya lo hicieron con la palabra Libertad, que en sus manos se convirtió en el derecho a tomar cañas en medio de una pandemia en la que murieron miles de ancianos en las residencias por falta de atención médica. Ahora, como lo evidenciaron en el acto pretendidamente “histórico” del domingo en Madrid, van a por la palabra Igualdad, que circunscriben de modo torticero al terreno judicial con el único fin de arremeter contra la posible aministía a los encausados por el procés, mientras promueven, allí donde pueden, políticas económicas que ensanchan la brecha entre ricos y pobres hasta niveles insoportables. Solo les falta la Fraternidad, con la que presumiblemente se referirán a las ventajas de unirse como una piña bajo el carné de Nuevas Generaciones para negociar chupitos gratis en las mejores discotecas de Madrid.
La derrota de Feijóo en la investidura que hoy comienza a debatirse parece inevitable. Pero este PP echado al monte, quizá mucho más exacerbado por su previsible crisis interna, es lo que habrá en la oposición –con o sin Feijóo al frente– en el caso más que probable de que Sánchez siga en la Moncloa. Un horizonte nada tranquilizador.