De fanatismos supremacistas
Ineludiblemente comenzaré rindiendo mi más sincero y cordial homenaje a TODAS LAS PERSONAS que, con su trabajo, su constante esfuerzo y su valiente exposición al contagio, siguen realizando día a día las labores básicas y esenciales para que la sociedad española pueda seguir disfrutando de lo necesario, aunque sea en confinamiento. Y al decir “la sociedad española” no se puede dejar de incluir también, inevitablemente, a los viles explotadores neoliberales que han arruinado durante décadas los escasos logros sociales que una economía keynesiana había conseguido.
Me parece, por tanto, un acto elogiable y de justicia que cada tarde, a las 8, se les dedique a esos servidores públicos un caluroso aplauso desde ventanas y balcones. O que, a continuación, con espíritu democrático, las personas confinadas prolonguen su homenaje âen merecido desahogoâ y vayan, espontánea y sucesivamente, interpretando alguna pieza con algún instrumento musical, cantando alguna canción, recitando algún poema, o elevando la voz en algún ¡viva! elogioso.
Pero â¿siempre ha de haber un 'pero'?â lo que no es 'elogiable' ni 'de justicia' es que haya personas que, sin ninguna consideración, ciscándose en la democracia y en los derechos de los demás vecinos (entre los que hay enfermos y ancianos delicados), se arroguen el privilegio exclusivo de sacar un potente altavoz al balcón y montar un estridente aquelarre verbenero de zafio y ramplón patioterismo barato que, además, mantienen durante tres cuartos de hora (aunque quizás por denuncias hechas por vecinos a la policía, últimamente dura 'solo' media hora). A mayor abundamiento, hay que hacer constar que esas personas mantienen, desde antes del estado de alarma ây sobresaliente del balcónâ, una gran bandera española con largo mástil (aunque sin aguilucho), además de una colgadura con una imagen religiosa sobre la baranda.
¡Y si solo fuera eso! Pero es que resulta que esas tan “democráticas” y “consideradas” personas son miembros (y ‘miembras’) de una ultrafundamentalista secta archicatólica radicada en la parroquia del barrio. Y, como es natural, también en viviendas de las fincas próximas habitan unas cuantas familias que serán de la misma secta, con proles numerosas como ordena la doctrina de la retrógrada ‘hermandad’. Así que, cada canción que los autoproclamados “grandes jefes hierofánticos” hacen tronar por su altavoz es aclamada y ovacionada estruendosamente con gritos y alaridos de un fanatismo histérico por las (repito sin intención machista: “las”) adolescentes y jóvenes adictas, desde balcones y ventanas de otras viviendas (que en realidad solo son 6 o 7 pero resuenan como si fueran cientos).
Y así día tras día desde que se decretó el estado de alarma.
¡Es todo tan “democrático”, tan “humanitario” y tan “cristiano”! Sobre todo si pensamos en a qué partidos votarán en las próximas elecciones esas personas tan 'entusiastas' de la Sanidad Pública. ¡Cuánta hipocresía!