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Jirones

Eduardo Pascual

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Oigo que la Comunidad de Madrid va a limitar el acceso a los abonos de transporte público a los empadronados en ella y de primeras, y en contra de la opinión popular, me parece una medida sensata. Me parece sorprendente que alguien haya tomado esta decisión en una región que se viene empeñando en los últimos años en ser hostil para con quien la habitamos: los fondos buitres nos echan de nuestros barrios, los macroeventos nos impiden la movilidad, el turismo masivo nos arrebata espacios y nos recuerda que la ciudad se subasta al mejor postor. Sin embargo, alguien parece haber caído en la cuenta de que los beneficios y facilidades que nos proporciona la Administración pública deben mejorar la calidad de vida de quienes habitamos y desarrollamos nuestro proyecto vital aquí y no para quienes (turistas, expats, fondos de inversión) la usan como parque de atracciones de bajo coste.

Pero también pienso en el niño de provincias que llegó a Móstoles con 18 años y con lo que parecía todo por hacer. Recuerdo cómo ir a una oficina del Consorcio de transportes era una suerte de rito iniciático, un evento canónico para todos los Niños de Provincias™ que como yo, acudíamos a algún espacio pobremente iluminado del subsuelo metropolitano con una foto tipo carnet siempre desagradecida (un peinado experimental que nunca más caló, un ojo medio bizco, una erupción de eccema en los mofletes) y salíamos con un pasaporte que nos permitiría llegar a sitios de los que solo habíamos oído hablar por la tele: Malasaña, Gran Vía, Plaza de España, el Retiro, Moncloa… sitios que sonaban a oportunidad, a prospectivas risas compartidas, a alguna que otra lágrima: a nueva vida, y también a canto de sirenas.

Ahora, los nuevos Niños de Provincias™ que lleguen a la región (con el mismo batiburrillo de inquietudes, miedos, y ganas de comerse el mundo) deberán pasar por un nuevo peaje identitario: deberán decirle a un funcionario, mediante copia compulsada, firma digital, navegadores compatibles Internet Explorer o Mozilla Firefox, que son de aquí; es decir, que no son de allí. Certificar: esta es mi residencia habitual. Y echar sal en la herida que nos atraviesa a todos los Niños de Provincias™: los que venimos a Madrid, a Barcelona, a Valencia, a Sevilla buscando trabajo o emprender nuestros estudios y que por fuerza de la inefabilidad nos hemos ido quedando aquí. Las raíces y la identidad se nos revolotean. Cuando viajo al extranjero siempre respondo “I’m from Pamplona, in the north of Spain”, cuando me preguntan por el acento “sí, soy de Pamplona”, “no, no hablo euskera”, cuando me dicen que les invite “sí, tenemos que ir a Sanfermines”. Digo soy, pero llevo un lustro fuera de donde nací y no me parezco en nada al chico que cogió aquel primer tren. En vacaciones o puentes deambulo por los andenes con una maleta ligera —“solo son unos días, la última vez dejé en el cajón un par de calzoncillos, unos calcetines y la sudadera que ya no me pongo tanto”, me digo— y de regreso vuelvo con el corazón pesado. Tengo tantos compañeros de carrera que decían esto es temporal, yo me volveré, que no soporto vivir lejos de mis padres, que me quiero quedar juntito al mar… pero la vida se interpuso en nuestros planes y nos ha anclado aquí. Hemos tomado esta decisión libremente, persiguiendo ambiciones profesionales, nuevos amores, placeres más intensos o simplemente por escapar de donde veníamos. Entonces, ¿por qué este pesar tan crudo que nos ataca en nuestros momentos bajos, nos revuelve el estómago, nos deja sin suelo bajo los pies?

Ojalá poder decirle a un funcionario: soy de Pamplona, pero solo me he enamorado en Madrid, pero mi amigo que mejor me entiende está en Zaragoza, pero algunos de mis mejores recuerdos se quedaron en Portugal. ¿Puede apuntar eso en el Padrón? ¿Puede codificar en el sistema que he ido dejando jirones de mí en cada lugar en el que fui feliz?